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EDUCACIÓN Y NADA MENOS

Jose Maria Barrionuevo Gil. 30.08.12 
A todos se nos llena la boca cuando hablamos de educación, incluidos los ministros, consejeros y delegados del ramo o de la rama. Ahora bien, todos nos quedamos colgados, cuando intentamos, con todo el atrevimiento de que somos capaces, ponerle apellidos al sacrosanto sustantivo de la Educación. Es que la Educación no tiene nombre, es sustantivo y nos sustenta, aunque vengan las riadas, las tormentas, los huracanes. Cuando hablamos de Educación, sin apellidos, estamos hablando de Educación, y se nos llena la boca y no nos cabe en la boca ningún apellido. Estamos hablando de Educación y nada más, pero de Educación y nada menos.

Nuestra experiencia es ancha y larga. Hemos tenido una experiencia ancha que ha acogido con nuestras manos y nuestros ojos, con nuestras voces y nuestros oídos, un amplio surtido de estudiantes y colegiales. Estudiantes y colegiales brillantes y también con necesidades educativas especiales. Hemos tenido aulas estrechas de espacio, pero anchas de ratio, porque una ratio de 64 hacía pequeño cualquier espacio. Incluso en nuestros años mozos de maestro de clases algo numerosas, ojo al dato anterior, hemos albergado en las mismas aulas niños y niñas que compartían todo el aprendizaje durante todo el curso, aunque al final tuvieran que ir los niños a examinarse a un Instituto Masculino y las niñas, a un Instituto Femenino. Es que legalmente no podía ser de otra manera, porque hasta la Escuela de Magisterio estaba dividida por un  muro, separando  los aspirantes de las aspirantes a ejercer el Magisterio, eso sí, el Masculino y el Femenino. En el frontispicio de las Escuelas de Magisterio quedaba clarito, con letras mayúsculas, que estábamos ante el templo laico de la ESCUELA NORMAL DE MAGISTERIO MASCULINO “Poeta Salvador Rueda” o la  ESCUELA NORMAL DE MAGISTERIO FEMENINA “Teresa Aspiazu”.
 Ya en estos días se está removiendo el suelo patrio por la sentencia del Tribunal Supremo. La Educación (con apellido) diferenciada discrimina a los estudiantes por su sexo, cosa que no hace ni la lengua con la palabra estudiante. Tampoco se separaba a los estudiantes, como hemos referido más arriba, cuando la directora era de misa y comunión diaria, aunque la enseñanza pública los tuviera separados.
 Poco a poco nos dimos cuenta de que en la familia, en la calle, en la plaza, no hay discriminación de sexo. Hay integración y compañerismo entre los niños y niñas más inteligentes y los que tienen necesidades especiales. Los que hemos vivido en nuestra infancia la discriminación fue porque eran otros tiempos y España era un erial de pedagogía y otras yerbas. Los que hemos vivido la integración en las aulas desde hace más de treinta años, tenemos experiencias positivas de la coeducación y la integración. No queremos detenernos en anécdotas para no sonrojar a nadie. Es más ya entonces criticamos la palabra “integración” por lo que tenía de extraño, ya que suponía que antes se había desintegrado una situación que rompía la dinámica de convivencia que provenía de la familia y de la calle. Pero tampoco vamos a hablar de los prejuicios que provocaban esta ruptura.
 De todos modos nos sentimos felices, porque se habían superado algunas proclamas como que  “La coeducación o emparejamiento escolar es un crimen ministerial contra las mujeres decentes. Es un delito contra la salud del pueblo” (Onésimo Redondo), que recoge Mª T. Gallego en su “Mujer, Falange y Franquismo” (1983). Es verdad que la Constitución necesita una buena puesta al día, pero con la que tenemos, el Tribunal Supremo nos ha dicho que no se subvencione la educación segregada.
 Ahora, “vuelve la cigüeña al campanario” (esperamos que no sea la vuelta de la gaviota al muladar), porque ha encontrado una tabla de salvación para justificar sus apriorismos sexistas. Se difunde que las niñas maduran más rápidamente que los niños, cuestión de la que, desde que pisamos este mundo, nos habíamos dado cuenta, ya que todas las mamás hacían alardes con sus crías (femeninas) porque hablaban mucho, eran muy graciosas, cantaban de maravilla... Pero esto no nos quita la experiencia de que hay niñas muy normales que no maduran intelectualmente con más rapidez que sus compañeros. Tenemos comprobado que no siempre los números uno son niñas. Seguir con estas músicas celestiales nos da mucho que pensar.
 Pensamos que la Educación, con mayúscula, no debe ser segregada ni diferenciada, como se dice ahora con este eufemismo.
 La Educación empieza en la familia y atiende a todos. Ni la familia ni los que dicen defender la unidad de la familia tienen que dividir ni romper la familia, mandando a sus hijos a colegios distintos.
 La educación segregada priva a todos los escolares de una convivencia completa, ya que hace dejación de muchas oportunidades por motivos que no tienen nada que ver con la educación misma. La educación diferenciada renuncia a una serie de posibilidades, de relaciones, de reconocimientos, de tratos y de aprendizajes.
 La educación diferenciada refuerza el sexismo, en vez de paliarlo, ya que crece el machismo de los machos, como sucede con los albañiles (o los antiguos soldados) en cualquier rincón del mundo, porque les llama la atención toda mujer que pase cerca, aunque no la conozcan de nada. La verdad es que las anteojeras corporativas y gremiales nos impiden ver el bosque de la diversidad.
 La educación diferenciada fomenta los estereotipos de género, porque no concede experiencias ni conocimientos directos de las virtudes, cualidades, temores, reticencias, timideces... que ponen en oferta a diario todos los compañeros.
 Es nuestra experiencia, también, que los mellizos de distinto sexo presentaban una aleación de caracteres en que la niña mostraba rasgos algo, por lo menos, masculinos y los niños, femeninos. Y algunos casos con problemas serios de identidad. De todos modos irían cada uno a un colegio unilateralmente sexista. Nos resistimos a hacer chistes, por respeto, a qué colegio mandaríamos a chicos y chicas que ya apuntan maneras de preferencias homosexuales.
 Además (no queremos que se nos pase) nuestra experiencia nos ha enseñado que hay etapas y momentos en que a los niños les gusta jugar preferentemente con niños y a las niñas, con niñas. Son curiosos estos movimientos, que pueden ser de ida y vuelta y que no excluyen la realidad de niñas que juegan siempre con niños y niños que se encuentran mejor con las niñas, como si les importara poco el cambio de preferencias que muestran sus compañeros.
 Quizá la diversidad, que cada día nos salta a la vista, nos puede permitir comprender, que la coeducación es un tesoro y una riqueza que no debe quedar recluida en unos paraísos (no fiscales, aunque haya dinero por medio) pedagógicos que excluyen la circulación de relaciones y afectos, siempre que las aulas no sean únicamente transmisivas de “conocimientos”, que obvian el conocimiento de las actitudes, destrezas, valores y comportamientos de los demás. Los fracasos de muchas parejas se deben a que “de visita, todo el mundo es bueno”.
 Quienes hemos defendido siempre la integración, hemos podido comprobar que hemos tenido muy mala suerte, porque en nuestras aulas nunca ha crecido un niño o niña superdotado. Es que la  Educación que es abierta no etiqueta a nadie, pero da las posibilidades de desarrollar estrategias de aprendizaje sumamente valiosas como ayudar a los compañeros, trabajar en equipo, perfeccionar el trabajo individual, ejercer la libertad, participar en los equipos de conciliación, superar incluso la congénita timidez ante el trato con los compañeros del otro sexo...
 La Educación tiene que ser más humana, cualitativamente  más rica y no sólo cuantitativamente más eficaz. No se trata de rendir más, sino de que se nos rindan los prejuicios.

Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.  Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.

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