Cuando nos movemos un poco, sobre todo, si nos movemos más que una criba, o como decía un amigo mío: “más que el cedazo de la Curruca” (pronúnciese en malagueño, que también es cultura), nos vamos dando cuenta de que, con las granzas, se pueden perder pequeñas joyas; de que con las prisas y la fuerza, pueden saltar fuera piedras preciosas y de que lo que queda es demasiado uniforme, que sirve para lo que sirve y nada más. Estamos a pique de naufragar con el crucero del pensamiento único, que nos quiere hacer ver que ha defenestrado todos nuestros temores por los ojos de buey, que incoscientes miran al océano, como si sus aguas fueran tranquilas y cristalinas. No siempre la cultura necesita de discursos, pero los discursos si necesitan de cultura. No siempre los ministros necesitan de asesores, pero también todos necesitamos de cultura. Un discurso es un producto y se puede intercambiar de manos; nos lo puede mostrar cualquiera, sin que lleguemos a saber quién es el hacedor. Se puede pasear todo el mundo con discursos que han sido fabricados incluso por encargo. También hay discursos únicos, que definen a las mil maravillas no sólo al portador, sino más, si cabe, a su creador. También nos puede pasar que muchos discursos no son productos de un brillante discurrir ni fluyen de “manantial sereno”, sino que son engendrados en momentos locos, que entorpecen el quehacer de los pensamientos. Incluso los funcionarios, también los de carrera, tan vilipendiados actualmente, no son dados a montar discursos ni a que se los monten los asesores. La cultura y la educación son mucho más que un producto, son mucha más harina y además harina de otro costal. Todos somos costaleros y sabemos el peso que tienen la cultura y la educación. Los discursos son fardos o pacas constituidos por parvas de paja de poco peso. No suelen tener mucho grano. Se ha instalado en la piel de toro, un deporte típicamente nacional, una especialidad, endémica por más señas, que consiste en echar balones fuera o en echar la culpa a los demás. Un deporte que no es de hoy, sino que nos viene, por lo menos, de las manos de Felipe II, o de sus asesores, cuando el desastre de la Armada Invencible. No se nos da muy bien, al parecer, el asomarnos por la “pérfida Albión”. Con lo poco que hemos visto de las olimpiadas, a lo mejor no estamos en las mejores condiciones como para poner pegas al éxito de los nuestros, aunque hayamos presenciado, por ejemplo, errores en los bloqueos de la final de baloncesto. Ahora bien, si algún ministro, o algunos de los muchos asesores, que se han visto obligados a presenciar y analizar nuestra participación olímpica, nos dicen, olímpicamente, que “Nos ha sobrado una semana por delante y nos ha faltado otra por detrás. Si sacamos la media de la segunda semana nos vamos a treinta medallas”, nos da que pensar que les ha faltado entrenamiento físico y preparación mental. Hemos visto que esta declaración se ha saltado el protocolo de los hechos. Pensamos que en un entrenamiento físico entra también el trabajo del sentido de la vista, que es quien nos ayuda también a situarnos ante la realidad. La preparación mental es más compleja, pero no nos permite confundir estadísticas con futuribles. No nos podemos permitir el lujo de confundir la gimnasia con la magnesia y, mucho menos, tratando el tema de los deportes. Nos explicamos: si ha sido el ministro, él solito, quien ha lanzado al aire semejante pensamiento, desde luego le ha faltado tiempo por delante. Lo mismo podemos decir del asesor o asesores que le hayan puesto en bandeja semejante declaración para su consumo mediático. En este último caso, ha sido también el ministro quien, desde su responsabilidad, como gustan de decir, nos ha obsequiado con una verdadera joya de la corona, pues también es él el responsable de lo que dice, ya que lo rubrica a los cuatro vientos. Del lema olímpico “Citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte), no nos debemos ir a la ligera con el “citius”, ya que “las prisas no son buenas consejeras”.
Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |