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La política del Homo Faber
Jose Maria Barrionuevo Gil. 11.08.12 
Casi, y sin casi, los análisis y denuncias del movimiento 15M no están tan lejanos ni ausentes de la realidad y del fantasma que se nos quiere imponer. Cuando se dice, con todo acierto además de dignidad, que “no somos mercancías”, no se está pidiendo la Luna, sino denunciando que no se quiere que el cielo o firmamento se nos venga encima. Algunas formas coloquiales, de andar por casa, y también fuera de casa, han ido imponiéndose a fuerza de una cultura bastante materialista, por cosificadora, que ha terminado por considerarlo todo desde un prisma, podríamos decir, manufacturero y por supuesto desde una matriz manipuladora, en todo el sentido de la palabra. Ya no es el hombre la medida de todas las cosas, sino las cosas las que se encargan de asignar la talla al hombre.


 Cuando hemos escuchado a un jefe de sección o a un capataz de una fábrica, que estaban en posesión de un “buen material”, no nos escandalizábamos, porque la fuerza de la costumbre había pulimentado toda la aspereza que pudiera conllevar dicha expresión. Estábamos acostumbrados a que el “buen material” consistía en unos “buenos trabajadores”, una fuerza de trabajo estupenda que rendía todo lo posible y que hacía rentable a la empresa.
 Esta cosificación de las personas en nuestra sociedad no tenía el sentido de alienación del que se ha hablado hasta la saciedad. Era la transformación que el poder había llevado a cabo para someter a su poderío todo lo que tocaba.
 Hoy, actualmente, nos encontramos como más uncidos a esta situación. Para podernos soltar tendríamos que hacer esfuerzos titánicos para, como se dice vulgarmente, partirnos los cuernos en el empeño. El poder ha perdido los pocos reparos que le quedaban, ha inventado un galimatías para no sonrojarse siquiera cuando habla (con intención de engañar), ha transformado las leyes a su antojo para quedarse con las manos libres y podérselas estrechar a sus amigos del alma.
 Esta desalmada política, que se cisca a lo largo y ancho del país en todo lo que pilla a su alcance, es la que nos lleva a retroceder a los lejanos tiempos del “homo faber”. El “homo faber” era el que consiguió fabricar cosas, incluso herramientas, que, como sabemos,  denotaba un cierto nivel de inteligencia.
 La política del “homo faber” da un paso más, pero para atrás, y se convierte ella misma en herramienta de los mercados. Tiene una matriz de pensamiento tan adoctrinado, que no repara más que en “hacer” lo que le dicen. No se da cuenta de que se convierte en tijeras, cuando da un tijeretazo, y en llave inglesa o plana (según su propio pensamiento), cuando da vueltas de tuerca sin ton ni son y sin reparar siquiera si el artilugio puede saltar por los aires.
 Esta política de obediencia ciega es suicida, igual de suicida que la espiral capitalista que la maneja. Parece ser que le ronda por la cabeza aquel dicho que conocemos: “para poca vida, ninguna”, y  de ahí los recortes en sanidad pública, por ejemplo.
 Tampoco nos podemos creer una palabra de lo que nos dicen. Han perdido todas las oportunidades para tener el más mínimo atisbo de crédito. Si ya desde el caso de “los pepinos españoles” (en mayo de 2011) iban, no solo a desacreditarnos, sino a hundirnos, no nos podemos quejar a estas alturas de que las agencias de calificación y los mercados se han pasado tres pueblos y nos exigen lo imposible. No nos podemos quejar ahora de que exageran y que no es real la situación económica que nos achacan.
 En los primeros quince días de recortes del Gran Recortador, ya se tenía que haber dado cuenta de que iban a por nosotros, viendo que con dos sesiones de recortes lo único que habíamos conseguido era hundirnos más. El seguidismo recortador había conseguido el rudimentario y fácil efecto de la profecía autocumplida (una definición «falsa» de una situación que despierta un nuevo comportamiento con el  cual se  consigue que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera». La maquinaria de los mercados nos había convertido en máquina trituradora incluso de nuestros propios derechos. Esta desalmada máquina no repara en la superproducción de dramas y tragedias personales y familiares. Estas tragedias son la ganga de la manufactura gubernamental, que es la que se privilegia con la mena de este proceso capitalista que estamos soportando.
 La política del “homo faber” y de sus amigos del alma tendrán que tener en cuenta, así como lo ha intuido toda la ciudadanía, que no estamos en una “era” de cambios, sino en un “cambio de era”.

Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.

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