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Tu diario. Libertad de expresion

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Y a Diana se le paró el corazón
Cuentos y relatos globales. 06.08.12 
Cuando Diana hubo enterrado su armadura, sus armas y se quitó el arco, que cargaba en su espalda, se dirigió a la orilla. Mientras esperaba trenzó su larga melena, para verse hermosa y  que su hombre la encontrara bonita, sonrojó sus mejillas y con fresas maduras pintó sus labios, no cogió nada de su choza.
Pasaron las horas y la barca de su amado no llegaba. Ella confiaba en que sabría esperar, pero el patrón tenía prisa por amar, y esa espera no tuvo lugar. Diana no quiso regresar esa noche a su choza, permaneció alerta toda la madrugada, arropada por la luz de una hoguera, y soñando con la llegada de su amor, con poder iniciar su nueva vida, tras haber abandonado la lucha.
En las horas tan largas y solitarias, que pasó frente al mar, analizó su lucha ¿por qué empezó la lucha? ¿qué la llevó a empuñar el cuchillo por primera vez, de dónde aprendió el dominio del arco y la flecha? Y no halló respuesta, porque entendió que si no tenía amor no servía el poder, ni el oro, ni nada. Y ahora que había entendido la verdadera razón de la vida no podía dejarla escapar.
Estas reflexiones la hicieron entornar los ojos, hasta caer rendida en los brazos de Morfeo. El ruido de las olas la despertó al amanecer, despuntando el alba se veía una embarcación a lo lejos, negra, jamás había visto una nave de ese color, vestida de luto.
El capitán saltó a un bote y llegó a la orilla, le entregó un papel:
Diana, hermana mía, sé que al recibir  mis letras enloquecerás de dolor, pero el hombre al que amas ya te olvidó, una luna bastó para llevárselo todo, al hombre no puedes pedirle espera, porque el corazón suyo no late donde el tuyo. Coge de nuevo tus armas, porque la barca que esperas ya nunca alcanzará tu orilla.
Siempre tuya.
El capitán la miró fijamente, mirando la única lágrima que Diana derramó, su rostro no reflejaba ninguna expresión, pero se escuchaba a leguas cómo se le partió el corazón. Ella confiaba ciegamente en el regreso de la barca y el hombre que la salvó una vez. Ya lo tenía todo arreglado, su cabeza, y su armadura enterrada.
No se despidió, no dijo nada, se dio la vuelta y se perdió de nuevo en la espesura, fue al lugar donde había enterrado las armas, y las desenterró, entendió que el único peso que debía cargar era el de su arco y sus flechas, y desde esa mañana, su corazón no volvió a latir, su sangre se congeló, y su rostro no esbozaba gesto ninguno, ni odio ni risa ni rencor.
Y así Diana volvió a las armas, a ser una guerrera, la diosa de las guerreras, pero esta vez sin ningún pedazito de corazón, más salvaje y más herida que nunca.
María Pérez
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