Es curioso que tengamos que pasar por estos pasos perdidos de las credenciales, cuando precisamente no se nos puede acreditar que los restos de Santiago están en Compostela. En estas fechas también podemos celebrar “El día de los Abuelos”, porque contamos con la onomástica de San Joaquín y Santa Ana, aunque dándole un repaso a los libros sagrados no aparecen por ningún sitio. Tampoco aparecen si leemos entre líneas así como tampoco en la letra pequeña.
Todos somos libres de creer lo que queramos, deseemos o pensemos. Pero aquí ya nos podemos acercar a los arrabales del pensamiento. Pensar es darle entretenimiento a la mente para, simplificando, inducir, deducir y construir todo tipo de teorías. Es después de estos ejercicios cómo nos encontramos con los pensamientos. Los pensamientos nos vienen de dentro, aunque el material se nos ofrezca desde fuera; así, poquito a poco, nos formamos, nos construimos. Las creencias nos vienen desde fuera, aunque la formalidad nos salga de dentro; en cierto sentido, así, poco a poco, nos conformamos.
¡Cómo estará el patio, la casa y el camino, que hasta en los discursos de la política se utiliza , actualmente, más veces la palabra creer que la palabra pensar! A diestra y siniestra se nos invita a la creencia que llevan todos como banderín de enganche. No nos atrevemos a decirle a nadie que usen la palabra sabemos, porque sería, además, presuntuoso para todos. Aunque también podemos pensar que no lo hacen por humildad. Cada día que pasa nos dicen que creen y puede ser sencillamente, porque no se lo creen ni ellos. Además se nos viene a la mente aquella constatación, de aquellos tiempos, en que alguien nos dijo: “En España, en Política, que es un arte, todos piensan igual; mientras que en Economía, que es una ciencia, hay pensamientos para todos los gustos”. ¡Qué arte conseguir la congregación del pensamiento único!
Nos da que pensar, aunque no nos lo creamos, que podemos volver a aquellos tiempos pasados (en los que un palio lo podía cubrir todo por muy pequeño que fuera), cuando, hace pocas fechas, una ministra, de mucho trapío, nos consuela con un capote de la Virgen del Rocío; cuando un alcalde ha expresado su confianza en que llegará la ayuda anticrisis del propio Cristo, cuando un presidente se hace con el Códice Calixtino para poderlo devolver a su iglesia. Como estas consideraciones y manifestaciones nos dejan fríos, estamos en un tris de volver la mirada a la Virgen de las Nieves, pero como “año de nieves, año de bienes”, nos tenemos que conformar con la Virgen de la Escarcha. Estos engarces parecen ser las joyas de la corona. No hay más que ver cómo nos ha quedado el tema, dos renglones más arriba, cuando lo tratamos los mortales. Estamos ante una orfebrería mental, que mezcla lo divino con lo humano, políticamente correcto; que hace del engaño una muleta, taurina, para escurrir el bulto y poder salir a cuerpo de rey, mientras toca la música, o sea, nos torean; que invita a mirar la Luna, mientras nos sacan la tierra de debajo de nuestros pies, o sea, nos hunden. Esta orfebrería, cuando no cuida de escoger los materiales adecuados, degenera en bisutería. Por eso, a veces, nos empeñamos en que dejen la religión aparte, tranquila, aunque no se queje.
Si de arte hablamos, cada arte, cada religión, cada política, tiene sus materiales y sus virtudes, sus filigranas y sus peanas, sus brillos y sus reflejos. Queremos ser testigos de las luces, pero no queremos que nos cieguen con tantos y tales resplandores.
Quizá el problema de España, como decía un amigo, es que “los españoles pensamos bien, pero tarde”, o ¿no? A lo mejor, o a lo peor, es que creemos demasiado pronto, y no lo sabemos hacer demasiado bien.
Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |