La primera persona a la que yo oí una reflexión sobre la decadencia de la civilización occidental fue a mi padre, hace ya quizás 20 años. Me decía que nuestra sociedad empezaba a tener síntomas de decadencia moral similares a los que debieron darse en su día en la caída del Imperio Romano. Nunca olvidé este comentario porque, más allá de que fuera mi padre, era la persona con más conocimientos de historia que yo he conocido. Posteriormente he oído argumentos similares a personas como Sampedro, Saramago, Taibo o Mayor Zaragoza. Pero no tenemos más que mirar a nuestro alrededor: injusticias “legales” cotidianas, representantes políticos que hacen lo contrario de lo que prometen, representantes judiciales que se sienten con derecho a pagar sus lujos con fondos públicos, y ciudadanos de a pie que otorgan el poder, en muchas ocasiones, a políticos más que sospechosos de corrupción al grito de: “si yo pudiera haría lo mismo”. En definitiva, la poca vergüenza generalizada nos hace llegar a la conclusión de que la degradación moral se va afianzando en nuestra sociedad. El ilusionante movimiento 15M ha sido capaz de hacernos reflexionar sobre alternativas al sistema imperante. Hace pocos días un referente en la política española reciente como Julio Anguita ha dado un paso adelante que quizá sea capaz de aglutinar de forma ordenada el descontento social general. No obstante, se echa en falta en general traer al primer plano uno de los asuntos cruciales con el que tendremos que enfrentarnos en un futuro inmediato en clara relación con la crisis sistémica que padecemos: la problemática ambiental. Desde el irresponsable mandato divino del Génesis de “creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” nuestro único afán ha sido ese. Y nos acercamos a los límites. Nuestra cultura se ha basado es estas premisas desde el origen de los tiempos, y nuestra civilización occidental, particularmente, ha basado todo su estructura organizativa en un crecimiento continuo, suicida, imparable. Pero quizá estamos empezando pararnos, y puede que tengamos que hacerlo por las buenas o por las malas, porque no podemos seguir creciendo infinitamente en población (ya 7.000 millones), en demanda de recursos energéticos (ya no sabemos dónde pinchar para buscar petróleo), alimenticios (no paramos de deforestar para abrir nuevos campos de cultivo y ganaderos), minerales (qué decir de las ambientalmente irreversibles explotaciones mineras), hídricos, de infraestructuras, de suelo disponible, etc, etc, etc. Y esto por no hablar de la contaminación generada, de la irreversible destrucción de biodiversidad (con las implicaciones en el futuro de la salud, de la alimentación etc.) del ya más que evidente cambio climático de crecientes e imparables efectos etc. Pero es que, y es a donde voy, ese paradigma inflacionista de crecimiento ilimitado está ya hoy integrado también en nuestra estructura financiera. Necesitamos pedir dinero prestado para mantener la actividad económica al ritmo que el monstruo inflacionista demanda. Si nos paramos no podemos pagar las deudas. Y esto tanto a nivel de deuda privada como pública. Pedimos prestado hoy para pagar lo que pedimos prestado ayer. La espiral de inflación financiera está desbocada. Me viene a la cabeza aquella historia de la maldición gitana de cuando yo era niño que decía: “no te de un dolor que cuanto más corrieras más te doliera y si te pararas reventaras”. Pues eso. La decadencia moral está además íntimamente ligada a los valores que sustentan la sociedad inflacionaria. Me parece particularmente significativa la aceptación social de la figura del especulador, es decir, el que vive del enriquecimiento rápido e improductivo, del tráfico de valores intangibles sin generar beneficio alguno a la sociedad, el que usa de los servicios sociales sin aportar nada positivo: en definitiva, el parásito. Y no sólo su aceptación social sino su exaltación, el ser considerado como un referente. Esta crisis de valores, financiera, laboral etc, que nadie sabe cuánto durará y hasta dónde llegará, quizá sea el indicio de que nos estamos acercando a las puertas de un cambio de sistema, de paradigma, que no parta de la falacia de que los recursos son infinitos. Un cambio que, inevitablemente, deberá ser a nivel planetario y que deberá tener en cuenta (aunque sólo sea por la cuenta que nos trae) la sostenibilidad ecológica y la igualdad social de todos los seres humanos de la tierra, dos caras de la misma inevitable utopía globalizadora. El objetivo no deberá ser el lucro individual sino el bien común. La competitividad feroz, la adoración al mejor, deberá dejar paso a la aceptación de la mediocridad (en su acepción original no peyorativa, es decir: las aptitudes medias) como la situación normal en el sentido de que no todos pueden ser el mejor (con las frustraciones que esto supone). La Eurocopa de fútbol nos ha dejado un claro ejemplo de exaltación del triunfador hasta extremos ridículos (conste que a me gusta el fútbol y he disfrutado estos días) pero sólo puede ganar un equipo (nosotros, claro: los mejores), y los demás, la inmensa mayoría, también deben seguir existiendo incluso aunque en la mayoría de los países del planeta, los niños no tengan zapatillas con las que jugar al fútbol. Y es que necesitamos un cambio total de nuestro modelo socioeconómico inflacionario por otro sistema de crecimiento cero. Es verdad que quizá debamos buscar el crecimiento económico de forma eventual para salir de la crisis, tal y como lleva defendiendo la izquierda (no, el PSOE no: la izquierda) desde el principio de la crisis y que ahora hasta Rajoy defiende. Pero a medio plazo hay que empezar a cambiar el chip. Hay que ir pensando en el objetivo de crecimiento cero (demográfico y económico) e incluso, de ser necesario, decrecer lo que haga falta para permitir un incremento en el nivel de vida del tercer mundo hasta alcanzar un equilibrio razonable, justo y ambientalmente sostenible. Esto va más allá de la utopía, ya lo sé, pero estamos abocados a plantearlo. Pensemos que las soluciones clásicas a las grandes crisis históricas han sido las guerras, que reactivan la economía (con inversión pública, por cierto) invirtiendo en armamento que hace disminuir las poblaciones a dimensiones “normales”. Pero deberíamos ser capaces, a estas alturas de la Historia, de buscar soluciones más civilizadas. Además de que tengo mis dudas sobre si una tercera guerra mundial dejaría al planeta en condiciones habitables. Que me temo que no. Y es que, conscientes de que el planeta se nos está quedando pequeño a marchas forzadas (y asolado a la vista del desprecio con el que lo tratamos); descartada por lejana la alternativa neocolonialista (otra vez a empezar) que propuso Stephen Hawking hace unos años de empezar a mirar en otros planetas para ver si hay alguno habitable, quizás “más allá de Orión”; y abandonada ya toda posibilidad de encontrar en la Tierra lugares como los que soñaba el personaje protagonista de la cita que encabeza este escrito, nos queda ya sólo la lejana esperanza de que la humanidad sea capaz de reaccionar antes de que sea demasiado tarde, mantener lo que aún tenemos y evitar el abismo. *Jeremiah Johnson (Sydney Pollack) Eduardo Sáez Maldonado |