Cuando oímos hablar del Producto Interior Bruto, todos pensamos que podrían ser más finos. Esta misma finura nos trae a todos de cabeza desde que se empezó a hablar de que la subida del IPC se haría por la productividad. Con estos parámetros nos es muy lastimoso encajar la situación de los jubilados, ya que no producen. Aunque, una vez puestos en el tema, podemos tratar muchos aspectos de la compleja vida contemporánea ya, pues no nos podemos permitir el lujo de llamarla moderna ni postmoderna. Están saltando por los aires las astillas de esta patera en la que nos parecía que navegábamos, en la que nos habíamos fraguado el espejismo de acogedores puertos y en la que nuestro negocio no ha pasado de ser más que un triste espectáculo del tornado de los mercados. |
Los mercados no se andan con contemplaciones ni siquiera con los extáticos políticos que viven y beben de la productividad de los demás. Los mercados han puesto a los políticos en su sitio, y si bien no les exigen una productividad para poder justificar sus suculentos y salerosos salarios, los han condenado a un endiablado consumismo de viajes, reuniones, dimes y diretes, que ya no discursos, en el que se encuentran como en una pasarela mediática, llena de presencias mudas e inefables. No hay ya nada que decir, aunque den mucho que hablar. Así aumenta la producción de suposiciones, comentarios, interpretaciones, prolegómenos y crónicas. Aumentan las comidillas a la sombra de un hambre de cinco millones, pero se espera de ellos que sigan hablando de cómo aumentar la productividad a costa de disminuir el número de productores. Así aumenta la producción, pero de ansiedad, de estrés, de tristeza, de indignación. Todo se ha convertido en una pedagogía de la inanición, física, mental, social, porque a todo se acostumbra uno. Aumentando las horas de trabajo se producirá más y habrá menos tiempo para comer y relacionarse y la jornada habrá recuperado el equilibrio económico. Los mercados se han autoabastecido sin gran esfuerzo, mientras han condenado al verdadero mundo productivo a la esclavitud de siempre. Pero hay algo más que quieren que aprendamos, por eso han puesto en valor los valores de la no producción. Para educarnos en el nuevo lenguaje, nos hablan de productos bancarios, cuando realmente se trata de consumir los pocos ahorros con los que contábamos para algo o de hipotecarnos el hipotético sueldo para consumir algo que no se consigue vender. Se ve claramente que no se trata de producir sino de consumir. ¿Cómo se puede hablar de estimular la producción, de considerarla como básica, cuando el problema está en que no se vende ni una escoba? Ya escuché en unos grandes almacenes que un dependiente le decía a un compañero: “¿De qué me hablas, si tú no vendes lo que ganas?”. Eso sí que es también un nuevo producto, contemporáneo donde los haya: destinar recursos a la servidumbre de quienes no dan un palo al agua, o de quienes no consiguen ni por asomo vender una escoba. Pero los mercados aquí se vuelven redistributivos y solidarios del que ha tenido la mala suerte de ocupar un puesto paradójicamente productivo. Aquí los mercados se perdonan espléndidamente a sí mismos; sin embargo siguen educando a los políticos y a la gente con la cantinela de que los servicios públicos no son productivos. No les importa desacreditar a lo público, precisamente porque no pueden darle el zarpazo definitivo. De conseguirlo, ya irían a por los beneficios para hacer caja. El adoctrinamiento, más que la pedagogía, del que somos objeto, no repara en destituirnos de nuestra elemental condición de sujetos. Los mercados nos tratan como mercancía, cuestión denunciada al menos por el 15M. Los mercados se han tragado a pasos agigantados la lucidez de la gente, que termina pensando que no hay otra manera de hacer ni otro mundo que construir. Los medios de comunicación de masas, en general, reproducen el discurso interesado del poder, que además va acondicionando el cuerpo legal para que sea mercenario y guardaespaldas del propio poder. Ante este panorama tan desolador no tenemos más remedio que recordar lo que nos decía el sociólogo Jesús Ibáñez en su libro El regreso del Sujeto: “Cuando algo es necesario e imposible, hay que cambiar las reglas del juego”. No nos queda otra salida que actuar y jugar de otra manera, de darle la vuelta a esta pedagogía perversa del poder. Es la pedagogía del pueblo, la pedagogía de la lentitud (“Vísteme despacio, que llevo prisa”), la pedagogía continua, sin pausa y sin prisa, la pedagogía de la reflexión, la que está en nuestras manos y la que tenemos que reconstruir y reinventar, porque los tiempos están cambiando.
Josemª Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |