- Mide como 2.20- dijo Josecito, el carpintero del pueblo, calculándole a la vista y sin ambages el tamaño pues, en ese momento, no llevaba su metro de trabajo.
Al muerto le habían dado un extraordinario y amoroso machetazo en la frente; otro en la cara que le dejó expuesta una sonrisa permanente; dos más en ambos hombros; abierto y de espanto, un quinto en el pecho; en los brazos las heridas dejaban ver los huesos; le asestaron también en la cabeza; le descargaron uno igual en la mandíbula; le faltaban tres dedos en cada mano y, tajado en pulpa se le apreciaba el muslo de la pierna derecha y su mirada tenía el desencanto de un niño distraído.
- Lo hicieron picadillo- dijo Carlos Arturo, ex policía de oficio.
El machetazo que le proporcionaron en la cara permitía se le vieran unos dientes manchados e irregulares. En la acción, parte de la lengua y de la nariz le fueron desprendidas. Su cuerpo todo, estaba salado de arena de mar. Era un negro con cara de muerto a quien, al parecer, varias personas le quitaron la vida después de una desigual pelea.
Las mujeres, en ese lunes que no tuvo bostezos de aburrimiento, igual, fueron a verle. Se pusieron para ello antiguos sombreros de paja y vestidos de consideración. A decir verdad, lo sintieron cercano, no tan desconocido.
-Murió con ganas de decir algo- dijo Matilde comandando el grupo. El resto, viéndole la parada gaita que el muerto tenía por miembro, respiraba trabajosamente y, mirándose entre sí, asombradas se llevaban una mano a la boca con caras de insatisfechas en tanto que, en silencio, sintieron detestables a sus maridos y, dando la espalda, de labios de más de una, se escuchó: -“¡Qué desperdicio!”.
-Para este pobre cristiano no hay ataúd en el pueblo ni podrá ser llevado a la iglesia porque el padre Bravo viajó- dijo el alcalde. -Entiérrelo en una hamaca- opinó “el Churre”. -Se rompería. Pesa mucho- respondió el aludido. -¿Y ya le hizo el certificado de defunción?- interpeló Juancito. -No es necesario. A este hombre lo mataron de pie a cabeza- contestó el corregidor. -Por lo que veo, este tipo no dormía en cama- apuntó el viejo Leónidas y agregó: ¿Cómo se las arreglaría? -Dormía en el suelo, primo- argumentó Balmiro y añadió: A lo largo y ancho.
Y fue más allá cuando juzgó: - Este jayán era de casa grande y pa’ negra maciza y engreída de su macho.
El muerto ahora tenía nombre propio; de boca en boca la gente empezó a llamarlo el Muerto, ¿cómo más?... “Vamos a ver al Muerto”… “Vengo de ver al muerto”…, decían. Hasta los niños, obligados por sus abuelos, llevados de la mano, con caras de espanto, fueron a conocerle más oscuro que un negro normal, estirado e inmóvil.
La otra media población que faltaba por conocer al Muerto, venida en apuros, en orden entró a la alcaldía después del mediodía.
-No es de aquí ni de por aquí- dijo Sixto Alba, mirándolo fijamente y apuntó: Apúrense o se les revienta… ¡El negro yiede!
El alcalde trajo una ancha y ordinaria sábana con la que cubrió al Muerto y, ésta hizo copa como carpa de circo apuntalada en el parado miembro viril del fallecido. Las gentes se miraron y por primera vez veo en los presentes una sonrisa forzada y guardada por dentro.
La fila de los últimos en verlo, sigue entrando. Varios policías se presentan con una lona o cubierta de las que llevan los camiones en la troja y traen, además, dos gruesas vigas de Caña brava. Abren con navajas cuatro orificios en los costados de la cubierta y, por éstos, introducen las traviesas. Es la hora del entierro, pero no sé de qué entierro porque si para el Muerto no ha habido ataúd, mucho menos habrá tumba, pienso.
Cuatro hombres de perrenque y de los más fornidos del pueblo: Chicho, Cayetano, Álvaro Pacheco y “el Carlón”, perfumados con hojas silvestres, con cierta dignidad expresiva, y como honradamente debían corresponder a la condición y categoría de cargar a un cipote difunto, levantando la pesada carga, salen a la calle seguidos por una gran multitud rumbo al cementerio que va a enterrar a un muerto que es de nadie pero que a todos inspira un raro sentimiento de compasión.
Las mujeres, asomadas por las ventanas, sin acordarse de que en los fogones dejaron el arroz secando, ven pasar al Muerto y, otra vez, poniendo caras de frustración consideraron posible que, de haberlo conocido antes, le hubiesen esperado de corazón, sin remordimientos, satisfechas de haber sentido en sus entrañas el gozo de lo que él se llevaba para siempre.
El cortejo marchaba silencioso. Podría creerse que quienes asisten al entierro, participan de un dolor de todos y de nadie. La muerte les une y un muerto sin deudos tiene ahora a todo un pueblo dándole cristiana y humana sepultura porque no fue un mulo el que murió.
El alcalde, sudoroso en extremo, parece intranquilo, más bien desesperado. Tiene la impaciencia de los alcaldes que quieren que las cosas siempre les salgan bien y, ansioso, se adelanta con paso firme al panteón; pero antes dice a los cargueros: -“Aprieten el paso. Trae muchas moscas”.
Por fin llegamos al cementerio, sitio donde los gusanos no dan tregua a los muertos y, convertidos en una virulencia colectiva, le comen a éstos lo último que lleven vivo. Una mujer, no le negó la piedad y dejó correr por el Muerto algunas lágrimas gratis; otra, que sabía rezar muertos, para que éste no se fuera sin Dios, diciendo: -“Y brille para él la luz perpetua”…, con buenos ojos terminó su obra de misericordia.
Los cuatro cargueros, enteros de conciencia y más humanos que nunca, bajaron la lona de la emergencia. Creí que encontraríamos una tumba común y corriente. A las volandas y aún con el cemento fresco, “el Pibe Pardo”, Cástulo Cabo y Celsito Molina, ordenados por el alcalde, habían levantado en un costado del panteón un obelisco abierto en la parte superior y en el cual, empolvado en cal, con cabuyas y andamios, metieron ahora sí cómodamente al Muerto sin arrojarle baratijas. El profesor Alfonso, con un discurso, quiso rendirle su tributo final pero no tuvo palabras para hablar bien de un hombre que nunca había visto en su vida. Los albañiles taparon con una extraña forma ovalada, hecha en ladrillos, la abertura del obelisco y hubo quien dijera: -“Sólo le faltaba eso. Hasta su tumba tiene la forma de la vergüenza parada conque murió”.
Ya deben ser casi las seis de la tarde. En medio de un silencio definitivo, ha quedado el cementerio. Todo parece acabado. “El Pibe Pardo”, traído no sé de dónde, puso al pie del obelisco una flor de romero y con la punta de un clavo, sobre la húmeda argamasa, con letras francesas, le puso el segundo nombre al muerto escribiendo: -“El Muerto de la Playa, septiembre 12 de 1940”.
Sopló un viento inesperado y con él también sopló la vida y, sembrado en la memoria del pueblo se quedó el recuerdo de un muerto impropio por el que se sintió tanto como por los nuestros. Al día siguiente era martes y tuve escuela.
Por; Walter E. Pimienta Jiménez.
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