Dentro de diez años quizá su hijo cumpla 30 o 35, y entonces llevará más de una década empalmando contratos precarios, en los que soportará jornadas de 12 a 15 horas diarias si a su jefe le place, porque su jefe podrá despedirlo gratis de lo contrario, ya que, como sabe, Esperanza Aguirre declaró no hace mucho que el derecho laboral debe ser suprimido y los contratos laborales han de sustituirse por meros contratos mercantiles. ¿Y si su hijo se le encara entonces y le reprocha que usted no hiciese nada por evitar que él se haya convertido en una mula de carga, sin futuro ni esperanza? Le responderá usted que bien valía el sacrificio regalarse la satisfacción de sacudir a los sindicatos.
Olvídese de la pensión. ¿Quién va a poder juntar 38 años de cotización a partir de ahora? ¿Y cuántos tendrán dinero ahorrado suficiente para suscribir un fondo privado? Y, aunque lo haga, ¿qué ocurrirá si el gestor de su pensión privada juega con su dinero en bolsa y usted se queda sin nada? Todo habrá que darlo por bien empleado, porque habrá usted jodido la marrana a los sindicatos.
Olvídese de la sanidad pública y de la educación pública y de la asistencia social cuando usted ya no pueda valerse por sí solo. Esos son lujos que habrán de acabarse; todo el dinero es para los financieros y especuladores que quemaron miles de millones hace dos años y llevaron al mundo al borde del abismo, y hoy ordenan a los gobiernos europeos. Pero no haga huelga, no se le ocurra; incluso dejarse robar es preciso por agriar la tarde a los sindicatos.
Yo no soy delegado sindical, no lo he sido nunca. Soy un mero trabajador, tan vulgar que el día 29 haré huelga y que incluso participaré en algún piquete. Si nos cruzamos usted y yo, llame corriendo a la policía para que me detenga. Yo no me quejaré. A fin de cuentas, por lograr ver enfadado a un sindicalista, ¡bien merece la pena convertirse en un esclavo!
Artículo enviado al Alhaurin.com por Encarna Ruiz |