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¡Por favor, Sra. Schaefer, no nos deje!

Paco Acosta. 17.07.06 

Soy un asiduo lector de Alhaurín.com, y alabo y agradezco a nuestra prensa digital que no sólo nos tenga al corriente de cuanto pasa de importante en nuestro pueblo, sino que nos dé la oportunidad de emitir nuestra más o menos valiosa y nuestra más o menos sincera o interesada opinión. Pero, aun leyéndola de cabo a rabo cada día, les aseguro que no soy muy dado a criticar a nadie ya que la crítica, por blanda que sea, suele encerrar algún tipo de descalificación. Por eso, Sra Schaefer, no opiné sobre su artículo del 16 de junio pasado, no para criticarla, que no me considero con derecho a hacerlo, sino para que me aclarara algunas incongruencias que me pareció ver en su escrito. Pero de eso hablaré luego.

Como he dicho anteriormente, no suelo criticar a nadie, salvo que me ataquen personalmente o, como en este caso, me sienta aludido en el conjunto de los habitantes de un pueblo que a todos (menos a usted, perece ser),  nos ha acogido con los brazos abiertos. Y eso es lo que usted ha hecho, Sra. Schaefer, atacarme, como a todo el pueblo, con palabras incalificables.
Y he titulado mi escrito “POR FAVOR, SRA. SCHAEFER, NO NOS DEJE”, porque me ha metido el miedo en el cuerpo pensando que puede marcharse de aquí cuando, en su escrito del 14 de julio he leído: “Me quedaría aquí a vivir y colaboraría con mi capacidad a participar en levantar el nivel cultural que tanta falta hace”. Esa duda entre si se va o se queda ha abierto mis sensibles carnes, Sra Schaefer, porque créame si le digo que es mi deseo que, a cualquier precio, continúe entre nosotros.
Y porque quiero que se quede aquí estoy seguro que no ha querido tratar de asnos desorejados a los torrealhaurinos; antes al contrario, su único y encomiable interés ha debido de ser el espolear nuestro amor propio y que nos interesemos en escuchar a gente culta como usted para que con su capacidad despierte y avive nuestra cultura que, según se desprende de sus palabras, debe de estar por los suelos.
Aunque estoy seguro que los habitantes de este pueblo (que deben inspirarle una pobre opinión) van a tomar esas ridículas y ofensivas palabras como un insulto personal yo sólo voy a interpretarlas, para que no vea ninguna ofensa en las mías, como una pobre y desafortunada chorrada dicha seguramente sin reflexionar, pero indigna de un intelecto brillante como el suyo.
Pero ahí no termina la cosa, Sra Schaefer: usted parece abrigar la, a todas luces loable intención, de que nuestro pueblo (al que no debe de estimar como suyo) sea el primer interesado en defender su patrimonio natural porque, “cuando eso ocurra, será porque este pueblo habrá alcanzado el nivel cultural que se merece y podrá despegar hacia una vida mejor sin las ataduras de la ignorancia”. No sé de qué tierra o país de súper genios viene usted, Sra. Schaefer, pero en nuestro pueblo (en el que quizás no se sienta usted muy a gusto) y dicho sea con toda humildad, hay muchísimas personas que, según se desprende de las incoherentes ideas y prepotentes palabras de sus escritos, podrían darle lecciones de cultura y, sobre todo, de humildad. Porque de lo que se presume es, con harta frecuencia, de lo que se suele carecer.
Y puesto en el tajo de la escribanía, según mi corto entendimiento y, sobre todo, sin ningún derecho salvo el que me confiere el sentirme ofendido por su más reciente declaración sobre nuestras carencias culturales paso, como señalé más arriba, a enjuiciar su escrito del 16 de junio. En dicho escrito usted, Sra Schaefer, dice que en el año 2003 buscaba un sitio tranquilo donde gozar de un, sin lugar a dudas, merecido y bien ganado descanso. Después, y siempre según usted, de mucho indagar, de preguntar y de interesarse por el cómo, el cuándo, el por qué y el dónde, encuentra y adquiere la parcela de sus sueños pagando por ella 35 millones de pesetas más, supongo, ya que usted habla solamente de parcela, la cantidad, seguramente amplia, de la construcción de la casa; y es aquí, Sra Schaefer, donde me pierdo un poco. 
Desde 2003 hasta la fecha apenas han transcurrido dos años y medio; en este corto espacio de tiempo los problemas que tanto la martirizan (no los estoy, ni por asomo, minimizando y mucho menos restándoles importancia) han crecido, aunque yo no sepa cuantificar en qué proporción; pero lo que le puedo asegurar es que en la época en que usted, seguramente para librarnos de nuestra total ignorancia, tuvo la brillante idea de incrementar el censo de nuestro pueblo (al que ahora parece querer menos que lo quiso entonces) los cráteres del monte producidos por las canteras se veían desde cualquier punto del municipio; las explosiones de los barrenos se oían claramente, el polvo siempre ha estado presente y los camiones transportando los áridos dificultaban en todo momento la circulación. De ahí mi extrañeza, Sra. Schaefer, y no por otra cosa, de que usted no se apercibiera desde el principio de todos estos problemas, y que los mismos no la indujeran a elegir otro lugar más conveniente a sus necesidades de gusto y comodidad; por lo tanto, y aunque tenga todo el derecho del mundo a protestar, la virulencia con que hoy ataca usted tales problemas, aun concediéndole su parte de razón, me parece desmedida ya que, desde mucho antes que usted apareciera en este pueblo (al que seguramente la empujaron a venir) esos mismos problemas estaban en boca de todo el mundo y las críticas y denuncias se sucedían a diario; por la tanto, y como usted puede entender perfectamente, es inconcebible que se desprendiera de esa importante suma de dinero sin saber que se metía clara y conscientemente en, según usted, en un pueblo (querido ayer, denostado hoy) inculto e inhabitable.
Y, por favor, Sra. Schaefer, no nos traiga el ejemplo de Madrid con sus idílicos Pozuelos, Majadahonda o Las Rozas; si usted leyera la prensa u oyera la radio y televisión se enteraría de que tanto Madrid como sus alrededores están, aun sin tener canteras, agobiados por otro tipo de problemas que no son menos insufribles, y aún mayores que los nuestros. Por desgracia, los lugares paradisíacos sólo existen en la mente de los simples y de los poetas; le recomiendo que lea un precioso libro, “Utopía”, de Tomás Moro, en el que verá que el mundo no es, ni aquí ni en ningún sitio, tan acogedor y cómodo como usted pretende.
En fin, Sra. Schaefer, espero que no vea en esta respuesta otro motivo que el disculparla por sus ofensivas palabras que fueron dichas, estoy seguro de ello, en un momento de oscuridad mental; el que la disculpen el resto de habitantes de este pueblo (al que no parece respetar mucho) es cosa de ellos. Pero habrá notado, Sra. Schaefer, que no le he dirigido, o al menos eso he intentado, ni una palabra injuriosa o insultante. Porque yo, Sra. Schaefer, cuando me agobian y tengo que insultar, lo hago directamente con nombres y apellidos: si le tengo que decir a alguien, porque la merezca, alguna inconveniencia, se la digo cara a cara y sin rubor; no me bastan suposiciones, Sra. Shaefer, el “se están forrando”, “hay mucho dinero de por medio”, “listos engordando sus bolsillos” no son más que descalificaciones y conceptos ambiguos que manchan a muchos sin ensuciar a nadie. Cuando se tienen pruebas palpables se moja uno sin más; pero claro, una acusación directa sin esas pruebas puede llevarnos a los tribunales y eso es harina de otro costal; preferible es encender las chispas al socaire de los vientos con las que, tranquilamente, podemos incendiar el monte sin que nos tachen y condenen por pirómanos.
Puede, Sra, Schaefer, que como respuesta a esta carta se le ocurra decir esa otra parida de “los que tenemos la suerte de no estar pagados”; no se confunda en cuanto a eso porque no lo estoy; para que vea mi integridad en ese aspecto, ni siquiera se me ha ocurrido presentar la demanda para cobrar esos 200.000 euros que tanto parecen brillar en el cielo de las reivindicaciones. Como señalé anteriormente, y según mi costumbre, no le respondo con ánimo de defender o denunciar a nadie, lo hago porque alguien tendrá que decirle que no ha derrochado, cuando menos, una inteligente finura. Lamento sinceramente que no esté a gusto en este pueblo (en el que le será imposible vivir entre gente tan lerda), ya que le ha trocado sus justos deseos de reposo en inquietudes e insatisfacciones. Aunque sus más de cuarenta años de veraneo en Marbella la han tenido que curar de espanto, porque aquello no era moco de pavo. Y me temo que a ningún sitio donde vaya a vivir pueda a encontrar, desgraciadamente, ese merecido paraíso con el que sueña. Quédese entre nosotros, Sra Schaefer; siga luchando por la consecución del bienestar de este pueblo (al que usted  ridiculiza innoblemente), que aunque no lo crea, la ha acogido, como a todos los que al él se acercan, amigablemente; no se vaya dejándonos solos con nuestra oscura ignorancia y a expensas de cualquier depredador que se quiera aprovechar de ella.
Y sobre todo, y esto se lo digo con toda seriedad, siga en esa noble y digna lucha que ha emprendido a favor del cierre ordenado y justo de las canteras porque, aunque no lo crea, a mí también me molestan desde todos los puntos de vista. Todos los que no luchamos directamente por ello se lo agradeceremos. Pero por favor, no lo haga con esa batería de insultos y descalificaciones, que no hacen sino empobrecer y desprestigiar su encomiable y dificil labor.

Con mi más respetuoso saludo,
Paco Acosta

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