La carreterita serpenteaba entre la tupida arboleda, ascendiendo y descendiendo en busca de la primera parada, Monterroso al Mare. Sabía que los pueblos tenían prohibido el tráfico en su casco histórico así que me había hecho el cuerpo a tener que dar algún que otro paseíto desde el aparcamiento hasta el pueblo. Bajamos por la escarpada carretera hasta la entrada del pueblo, desafiando nuestra suerte, optimistas. Tal como llegamos tuvimos que volvernos carretera arriba teniendo que dejar el coche en el arcén de la carretera casi a un kilómetro de distancia. Pero éramos turistas felices así que no nos importó (bueno un poquito sí) e iniciamos la visita a Monterroso.
Cruzamos la barrera y empezamos a bajar por la calle principal de la que partían callejuelas que se entramaban entre sí. No nos llevó mucho tiempo llegar hasta el mar en una pequeña plaza tras la que se encontraba la playa donde la gente tomaba el sol plácidamente. Pasamos bajo el antiguo túnel del ferrocarril (actualmente pasa a escasos metros) decorado en plan marinero y que conduce a la parte nueva de Monterroso. Recorrimos el paseo marítimo dejando a nuestra izquierda la playa con sus establecimientos de hamacas que dejaban poco espacio para los bañistas de toalla y sombrilla con publicidad, y a la derecha la peña sobre la que se elevaba la torre vigía y un poco más adelante edificios fruto del turismo.
Al final del paseo encontramos lo que andábamos buscando y visto en distintas páginas de Internet, la estatua del gigante, realizada a principios de siglo e incrustada en la roca como si hubiese sido creada por la erosión del mar. Era una imagen imponente, con las barcas de pescadores a sus pies, empequeñecidas por la escultura. Con tanto caminar arriba y abajo nos había dado la hora de comer, o casi. Así que para preveer que nos diera el hambre canina en el camino a Vernazza, el siguiente pueblo, nos tomamos un almuerzo preventivo, concretamente una focaccia, producto de la gastronomía italiana, algo así como una pizza con una masa algo distinta. Una vez alimentados, volvimos a nuestro cochecito aparcado carretera arriba, llegando ya un poco tocaditos y con la focaccia en los pies. Destino, la segunda terre, Vernazza.
¿Había dicho que la carretera por la que circulábamos era estrecha y con curvas? Pues ese concepto quedó obsoleto cuando tomamos el desvío para Vernazza convirtiéndose en una vía de un solo carril pero de doble sentido. Enfrentaba cada curva haciendo sonar el claxon y tratando de no preguntarme que pasaría si me encontraba con alguien en sentido contrario. Tras pasar algunos tramos en obras al haberse desprendido el terreno dejando la carretera levitando sobre la ladera llegó el momento de encontrarnos con coches en sentido contrario que se vieron obligados a dar marcha atrás hasta encontrar un punto donde había un pequeño ensanche que permitió que cada uno pudiéramos llegar a nuestro destino. La historia se repitió en otra ocasión y por fin llegamos a Vernazza. Una vez más una barrera nos impedía el paso al pueblo y el parking estaba completo así que volví a dejar el coche en el arcén en esta ocasión inexistente. Es decir, medio coche en el campo al borde del cauce de un arroyo y el otro medio en la calzada, como el resto de coches aparcados. Una vez más tuvimos que andar un buen trecho hasta llegar al pueblo, en esta ocasión caminando junto al arroyo que más adelante quedó embovedado por la calzada. En Vernazza se repetía el trazado urbano y arquitectónico de Monterroso, aunque más pequeño. Las barcas de pescadores aparecían estacionadas en la calle, algo que me sorprendió porque el mar quedaba un poco lejos para tener que desplazar aquellas embarcaciones hasta él. Un poco más adelante llegamos al pequeño puerto y playa, completamente ocupado por bañistas, donde pudimos tener una visión muy bonita de Vernazza sentados en el puerto mientras comíamos nuestro picnic del día. De vuelta al coche nos encontramos un bonito regalo del municipio italiano en forma de multa, en fin, espero que nunca me llegue. Relativamente enfadado continuamos camino buscando Manarola y Riomaggiore.
Abandonamos Vernazza en busca de nuestra siguiente parada, Manarola y Riomaggiore. En mi cabeza ya había eliminado la opción de llegar a Corniglia ya que habíamos perdido bastante tiempo en ir y venir del coche al pueblo y viceversa, además, según había leído era el único pueblo de las cinque terre que no estaba abierto al mar y tenía un acceso aún peor que los anteriores ya que al parecer había que dejar el coche en la estación de tren cercana al mar y subir unas largas escaleras hasta llegar al pueblo que se encuentra en lo alto de un acantilado. Aún así, pasamos por su vera y por la de otro pueblecito similar. La verdad es que tenían un aspecto enigmático y evocador. Nuestro plan era llegar a Riomaggiore que según mi información era más grande y desde allí ir hasta Manarola paseando por la Via dell Amore, un camino que une ambas poblaciones circundando el mar por la escarpada costa. Pero nuestros planes iban a truncarse de nuevo, una vez más por las dificultades para aparcar, de hecho fue imposible encontrar un estacionamiento en Riomaggiore, sobre todo después del multazo anterior, así que volvimos tras nuestros pasos dispuestos a intentarlo en Manarola. Allí nos sonrió la suerte y encontramos un parking legal, aunque de pago. Manarola me dejó una imagen grabada en la retina, la de sus casas derramadas desde la cima del acantilado hasta el mar con el que se unía mediante su pequeño puerto ocupado por los bañistas. Allí buscamos la via dell amore y nos encontramos con una de las consecuencias de Internet. Se ve que todo el mundo ha leído sobre ella por lo que se ha convertido en una atracción turística. Cobraban 7 euros por el paseíto.
Manarola era eso, una mirada de postal que quedaría grabada en mi retina. Nos quedamos unos minutos disfrutando de aquella vista apostados en el inicio del sendero que llevaba hasta Corniglia, la otra vía de comunicación entre los pueblos de las cinque terre, el cual recorrimos brevemente, lo suficiente para tener una vista de Corniglia encaramada al acantilado. La tarde había avanzado con velocidad, debido a las estrechas carreteras y a los largos paseítos entre aparcamiento y pueblo así que iniciamos el camino de retorno a Lucca.
Atrás se quedaron Monterroso, Vernazza y Manarola por lo que las cinque terre se quedaron en tres. Riomaggiore y Corniglia se quedaron anotadas en mi lista de cosas pendientes con una anotación indicando que la próxima vez visitaríamos las cinque terre utilizando la red ferroviaria que los comunica y cuyas estaciones te dejan en el mismo centro del pueblo. En aquella lista anoté también Porto Venere, el pueblo que completa la ruta por la costa de los poetas donde Lord Byron, uno de aquellos escritores románticos, llegó a vivir. Más adelante también dejamos a un lado la localidad de Viareggio. Sí, mi lista de cosas pendientes se ampliaba y mi corazón me decía que algún día las tacharía, pero mi cuenta corriente no era de la misma opinión. |