 Cerré la cremallera de mi maletita a prueba de compañías Low cost, comprimiendo el vestuario que contenía y que habría de acompañarme los siguientes días en la Toscana italiana, valga la rima. Unas vacaciones que iba a pasar subido a un coche de alquiler, degustando vino toscano, queso pecorino y visitando pueblecitos y algunas de las ciudades consideradas más bellas del mundo, entre ellas Florencia. El avioncito nos llevó hasta Milán, después de cambiar nuestro vuelo inicial a Pisa por desconfianza coyuntural en Ryan Air que en el momento de la reserva amenazaba con cancelar su actividad en España. Sin embargo nos vino bien, porque en la práctica, a pesar de estar Milán a tres horas en coche de nuestro destino, llegamos antes que con el plan inicial. Cosas de los horarios de los vuelos. Hicimos el trayecto desde la región de Lombardía hasta la Toscana subidos en un Alfa Romeo Mito rojo en plan deportivo, más propio de un chavalote de veintipocos años que de mi. Pero la verdad es que íbamos la mar de contentos, más que nada porque cuando recogimos el coche entendimos que iban a darnos una "Vito" y pensábamos que nos iban a dar una furgoneta. En este caso, cosas del lenguaje. Nos tocó soportar algunas retenciones propias de la operación salida, la verdad es que hay cosas que no cambian aunque estés a miles de kilómetros.
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Llegamos a Lucca, la ciudad donde teníamos nuestro primera parada y fonda. De las tres reservas de hoteles que teníamos esta era la que despertaba más incógnitas. Era el Bed & Breakfast el Anfiteatro, muy próximo a la plaza del mismo nombre que es el icono de la ciudad. Resultó bien, nos alojamos en un pisito como si fuéramos un lucchese más, parecíamos protagonistas de una película de esas en la que el protagonista se va a Italia a encontrarse consigo mismo. Para acceder al pisito tuvimos que subir un trecho de escaleras bastante empinado dejando a un lado el carrito de bebé de algún vecino. Era tan escarpada que parecía que uno iba a caerse para atrás, sensación que yo contrarrestaba agarrándome con firmeza al pasamanos. Al cruzar el umbral se entraba directamente al salón con cocina americana, bastante amplio. En él había un sofá-cama que ocupó una de mis compañeras de viaje. El resto del apartamento constaba del baño y el dormitorio que ocupé yo, ambos grandecitos. Todo estaba limpio y en buenas condiciones. En nuestra estancia en el apartamento solo se me hizo cuesta arriba la escalera (evidente por otra parte) y las camas. Dormir en ellas fue una auténtica experiencia de dormir en la antigua casa del pueblo, en mi caso, con un ligero hundimiento central del colchón que me tenía ligeramente inclinado hacia dentro, aunque si digo la verdad, las dos noches dormí perfectamente, probablemente por el cansancio de estar todo el día para arriba y para abajo. Bajar las escaleras resultó más sencillo, aunque no negaré cierto vértigo en el descenso. Salimos a las calles de Lucca, esquivamos algunos lugareños en bicicleta e iniciamos la visita a la ciudad. Caminábamos por las empedradas calles de Lucca y tuve la sensación de haber realizado un viaje en el tiempo, uno cortito, a los años en que el turismo no había conseguido cambiar el modo de vida de la gente de las ciudades. No negaré que caminaba entre otros turistillas como yo, guiris de aquí y allá con la cámara colgando del pecho, consultando un mapa y algunos modernillos calculando rutas en un ipad o herramienta digital similar. Pero en general, los comercios eran los mismos donde los Luccheses hacían sus compras y las calles las mismas donde salen a pasear o tomarse un café. Teníamos muy cerquita la plaza del Anfiteatro, lugar que recibe su nombre ya que fue construida sobre el antiguo Anfiteatro romano, lo que le ha dado su particular forma ovalada. Entre las casas construidas pude ver algunos restos de la antigua construcción romana, y adivinar su antigua estructura por las "bocanas", hoy pasajes, que dan acceso a la misma. Estos detalles romanos se mezclaban en mis sentidos con la arquitectura de la ciudad, en la línea de otras italianas, con fachadas sencillas, ventanas y balcones con postigos de color verde. Esta es la plaza más turística de la ciudad y en ella si pude encontrar algunos comercios destinados a mí y al resto de turistas que visitábamos la ciudad, tiendas de productos típicos y restaurantes, también una heladería en la que mi gula sucumbió. Desde allí paseamos a ritmo pollinico (un paso adelante, dos atrás) por la vía principal de Lucca, hasta que llegamos a la torre del reloj y el enclave medieval por excelencia de la ciudad. Nuevamente usé mi máquina del tiempo para retroceder un poco más y plantarme en el siglo XI, dando rienda suelta a mi imaginación al contemplar la torre y los edificios que la rodean, medievo puro. Una visión que hice con la mirada el cielo y el cuello forzado al estar en una calle estrechita. Nos dejamos perder en las calles de Lucca, entre iglesias de estilo Pisano, blanquitas y con muchas columnitas como la de San Michele, por puestos callejeros donde vendían antigüedades, mezclándose lo medieval con esa arquitectura italiana que mi memoria refrescaba de otros viajes. Torres medievales con encinas en su cima que nuevamente estimulaban mi imaginación infantil.
Buscando un supermercado donde agenciarnos la cena llegamos a la muralla de Lucca que rodea la ciudad y que según había leído permanecía intacta al no haber sido atacada nunca. Luego, viendo la serie de televisión "Los Borgia" aparecía un ataque a la ciudad con cañones y todo por lo que me surge la duda de quien estará peor documentado si la serie o yo. En el momento en el que me encaramaba a la muralla para recorrerla no me hacía estas disquisiciones. En el paseo por ella volví a cruzarme con ciudadanos de Lucca que disfrutaban del bonito paseo que hoy transcurre por la muralla. Paseantes, deportistas, ciclistas y algún turista. La hora de cierre de los comercios se acercaba así que nos centramos en la búsqueda de la manduca no dudando en asaltar una charcutería a punto de echar el cierre, no se si la señora que nos atendió le hizo mucha gracia (no parecía feliz) pero le hicimos una comprita apañada que a nosotros nos apañó la cena. De vuelta al pisito nos entregamos a lo que iba a ser la base de nuestra dieta viajera Toscana; vino toscano (en esta ocasión de Lucca, lo del Chianti vendría después) queso pecorino, bresaola, prosciuto y mortadela bolognesa, además de algunas patattine, lo que viene siendo patatas fritas. |