Siempre nos movemos con cierta conciencia, con cierta honestidad y no vamos al médico así como así. Hace tiempo una doctora se quejaba de que tenía un paciente demasiado impaciente, que no sólo iba casi todos los días, sino que además siempre quería colarse. Total, que el hombre, mayor ya, no estaba muy bien. ¡Claro que una persona así abusa y hace un uso excesivo del servicio sanitario! Pero sabemos que no es lo común y que como contrapartida, también se dan muchos casos de personas que no van casi nunca al médico, incluso aunque tengan algo y hay muchas otras que se alivian con alternativas tradicionales, caseras, naturistas, homeopáticas... Una amiga nuestra que fue a varios especialistas, porque no le daban con lo que tenía, nos contó que un médico, al ver todo lo que llevaba de pruebas, exclamó: ¡Qué “comeero”! |
Otro amigo fue al médico y le dijo que se lo pensara, pero que habría que operar. Le mandó un analgésico para un mes, mientras se lo pensaba. Al pasar el mes, y quedarse sin medicación, le volvieron las molestias. Como no se decidía, fue a otro médico que le recomendaron y que, después de ver las pruebas y reconocerlo, le recetó además de analgésicos otros medicamentos y le facilitó tablas de ejercicios. Y es más, el tratamiento era primero para tres meses, luego uno de descanso y, al final, otros tres meses de tratamiento. “Y no me vengas hasta dentro de siete meses”, le dijo. Además, el médico seguía cobrando lo mismo que hace dos años. Todo este mundo contemporáneo se da la mano con las tijeras en ristre para recortar en servicios sociales, en sanidad, educación... Hace más de veinte años una noruega, madre de un alumno, me contaba todo el calvario que llevaba, porque estaba enferma y el mareo que le traían con las atenciones sanitarias. Tanto es así, que terminó diciéndome: “Es que en España para ponerse enfermo, hay que tener una salud de hierro”. Ahora parece ser que nos hemos cansado de tanta asistencia y hay que poner dificultades para que las personas no sean tan atendidas y poder volver, desde Servicio de Salud, al antiguo Seguro de Enfermedad, que suena a chiste, porque parece asegurar que vamos a enfermar. Esta piel de toro, por donde desfilan a pecho descubierto los novios de la muerte, con su Cristo de la Buena Muerte (Eutanasia), se rinde a los pies de las botas de nuestros legionarios. Esta piel de toro estira el territorio, utópicamente, porque ya no hay lugar para contemplaciones, y amplía el horizonte del Centro de Salud dificultando el acceso a los que lo necesitan más cerca, porque no cuentan con coches oficiales que los lleven y los traigan. Esta piel de toro ha desplegado los meridianos y ya hay más tiempo, pero sólo para que las listas de espera sean más largas y se den la mano con la eternidad. En este panorama (visión total) hay que estar muy ciego para no ver que ya no necesitamos de una ley que desarrolle el tema de la eutanasia. Ya no necesitamos ni la eutanasia pasiva ni, mucho menos, la activa. Hemos descubierto, sin despeinarnos al aire libre, sin quemarnos los ojos en un laboratorio y sin derretirnos los sesos en la cámara legislativa, una dimensión vital de la muerte digna: la eutanasia reactiva. Llamamos eutanasia reactiva a la eutanasia que consagra la buena muerte mientras nuestros nombres dormitan en las listas de espera o la buena muerte nos sale en cualquier curva del camino, como reactividad de la inocencia económica que gusta de ignorar las necesidades de las personas y se consagra a sanear sus arcas y las de los suyos, en unos “centros de salud económica” que bien pueden denominarse paraísos fiscales o cajas de seguridad. Además podemos llamarla eutanasia reactiva, porque va a encargarse de reactivar la economía. Ahora esta nueva religión de la economía, que nos promete la felicidad a costa de apretarnos el cinturón, al igual que la política, vende gratuitamente palabras y más palabras, que sabemos que les cuestan poco, pero que no podemos olvidar que nos pueden salir caras. Siempre hay que pecar por acción o por omisión. Por acción, vacunando a todo el mundo por el negocio de unas multinacionales que sobredimensionan los problemas para hacer una colecta, también reactiva, de recursos. Por omisión, con los recortes. Siempre nos dan la vara con que hay que priorizar. El problema está en quiénes deciden lo que es prioritario. Como dice el refrán: “Para poca salud, ninguna”. Ya lo único que nos hace falta es que la crisis salpique a los seguros de decesos y que, como buenos novios de la muerte, todos marchemos con paso firme, a pecho descubierto y con una pala zapadora a las espaldas, por si fuera menester.
Josemª Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |