La atroz masacre del nazismo en la segunda guerra mundial contribuyó a dar fuerza a esta surrealista demanda sionista y, aprovechando que Palestina estaba bajo dominio colonial británico, se creó “legalmente” el estado de Israel para lo que hubo que echar de las tierras en que habitaban a unas 500.000 personas: los que no eran judíos sino musulmanes (¡vaya por Dios/Javeh/Ala!) Desde entonces, con la beligerante (en su sentido más literal) oposición de los países árabes vecinos, el apoyo fiel de USA y la habitual indiferencia europea, Israel no ha parado de colonizar ilegalmente territorios que no le fueron asignados en el reparto del 47 usando la fuerza que les ha parecido oportuna. Palestina, forzada por el paso del tiempo y la inutilidad de cualquier acercamiento, ya acepta las fronteras anteriores al 67 (que ya es aceptar) y la existencia de Israel. Pero a los sionistas no les basta.
El vergonzoso veto americano vuelve a poner de manifiesto varias cosas interesantes:
1) Los dirigentes políticos no obran en defensa de los derechos de los pueblos sino de los intereses de los poderosos, es decir, Obama no puede. No puede con el poderoso lobby judío americano. No puede con el Tea Party. No puede con nada.
2) Mientras la comunidad internacional (es decir, los gobiernos que nosotros elegimos) siga avalando injusticias históricas (desde Palestina al Sahara pasando por la miseria del tercer mundo) y negando las pocas salidas pacíficas aceptables no habrá paz en el mundo.
Y es que todos los terroristas son iguales.
* Exodo 3, 8
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