Ya hace muchos años, desde que Kant diera un repaso a la filosofía, el paradigma del pensamiento fue girando y con el tiempo se fue iluminando de nuevas luces que se difundieron hasta la psicología, la pedagogía, la educación... En estos nuestros tiempos, de pretendido pensamiento único, del que todos somos víctimas propicias, se nos ha concedido la oportunidad de no volver nunca más a conceder a nuestra conciencia el estatuto de rehén. De otra manera, sin tanta literatura, nuestra conciencia ha sufrido las siete plagas, ha sido zarandeada a diestra y siniestra, por la diestra y por la siniestra, ha salido buscando un mar Rojo donde mojar y relajar sus pies y enjugar todos los sudores de su atormentada mente. ¿Cómo pasar a pie enjuto hasta la otra orilla, por lo menos para descansar de todas las caminatas por tantos y nada fáciles caminos? ¿Cómo nos podremos abrir hacia el horizonte inagotable aunque pueda ser agotadora nuestra apertura? “Todavía nos queda espacio para la libertad individual. Existen imperativos neuronales, genéticos, biológicos, sociales y culturales que nos construyen como individuos y nos determinan desde la cabeza a los pies, pero todavía nos quedan resquicios”. Esto nos decía el famoso neurobiólogo rondeño, José Manuel Rodríguez Delgado, hace más de quince años. Nosotros también pensamos que tenemos algunos resquicios para poder acceder al exterior de nuestros prejuicios. Sabemos que con la conciencia podemos rehabilitarnos en este mundo de las inercias, en el no tan lejano país “del lastre de las inculcaciones infantiles” (J.M. Rodríguez Delgado), en el “independiente” territorio, más bien protectorado, de los actuales adoctrinamientos, ya sean sociales, económicos... Quizás sea nuestra libertad, aunque sea la poca que nos están dejando, la única que nos ponga los pies en polvorosa, si bien solo sea para ir con pies de plomo y no de barro, y escudriñar en el horizonte interior de nuestra conciencia. Es en esta mina de agua clara que fluye silenciosa, aunque no con mucha abundancia, donde la conciencia nos ofrece el agua de cada día, el agua nueva, que no nos llega por ninguna red de distribución general. La conciencia a lo mejor no tiene derecho a voto, pero siempre ha gozado con ejercer su derecho a voz. La voz de la conciencia nos aborda en cualquier momento. Hoy sabemos conducirnos con la voz de la conciencia, aunque ya no la tengamos que tildar de humanista. Cada uno según su conciencia sigue una doctrina o una creencia. Cada uno siguiendo la voz de su conciencia puede escuchar una llamada externa y en conciencia asumirla. Cada uno puede, según su conciencia, cambiar de criterio aunque ello no redunde en un cambio drástico de conducta, pues su comportamiento siempre tiene una línea de honradez. Cada uno por conciencia puede renunciar a andanzas, caballerescas o no, y volver a atenerse a unos principios desde los que un día, en conciencia, descubrió un mundo de aventuras. La conciencia es la que le concedió permiso al actual Papa, Benedicto XVI, cuando dijo, en 1968, que “por encima del Papa como expresión de la voluntad de la autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”. Pensamos que Ratzinger entonces no era sospechoso de estar con los del mayo del 68, pero sí le concedemos el beneficio de seguir su propia conciencia, en aquel entonces, al igual que ahora, en las pasadas JMJ, cuando ha hablado para todos diciendo “que nadie busque a Jesús por separado”. Una vez más, podemos pensar que la conciencia y la libertad de conciencia están en el fondo de la humanidad, y que la conciencia y la religión son cuestiones que se pueden mantener aparte una de otra. Ya en algún momento hemos dicho que si alguien, (añadimos ahora: en conciencia), necesita de la religión, bendita sea su alma; al igual que si alguien, en conciencia, no necesita de ella, bendita, también.
Josemª Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |