Si don Manuel Azaña afirmó que “España ha dejado de ser católica” también se nos antoja excesivo, tanto si se supone que España era totalmente católica, que no lo era, y por tanto no podía dejar de ser católica, como si consideramos que había dejado de serlo totalmente.
La semana pasada escuché en una homilía dominical cómo se evaluaba la movida juvenil de las pasadas jornadas, cómo se citaban y encomiaban las palabras del Rey ante el Papa, cómo se llegaba a afirmar que “toda España estaba con el Papa y con esta juventud”. Tampoco nos parece acertada esta postura tan publicitaria y totalizadora que niega la evidencia de los hechos y la realidad de esta variopinta tierra, que, aunque de María Santísima, es tan diversa incluso en sus advocaciones, que no nos parecen algunas veces tan unánimes.
Estas afirmaciones tan rotundas pretenden ir rodando, como bola de nieve, para hacerse inmensamente verdaderas, solo por el hecho de ser absolutas y totalitarias.
Sin ir más lejos, un amigo de infancia, que vivía en nuestra misma calle, un día nos regaló unos folletos que se había agenciado en su casa. Mi padre, creyente y practicante, enseguida supo leer e interpretarlos y me dijo que no cogiera más aquellos “libritos”, porque eran protestantes. Antes de este incidente, ya sabíamos, por el boca a boca, dónde estaba la capilla no católica: en una bocacalle de la nuestra. En nuestra misma acera había un vecino que se había juntado con una señora y que tenía una hija que todos conocíamos. Sus otros hijos vivían en otra ciudad con su madre y de vez en cuando venían a ver a su padre. Como nosotros no sabíamos más religión que el catecismo y no éramos peritos en veredas celestiales, no nos escandalizábamos demasiado.
Estas cosas y otras más, que en nuestras vidas se tercian, no tendrían importancia en la actualidad. Pero nos referimos a una época en que España se había arrogado el espíritu de “unidad de destino en lo universal” y cuando ya teníamos hasta la Primera Comunión y la Confirmación recibidas, antes de que se firmara el concordato de 1953 por el que “La religión Católica, Apostólica, Romana sigue siendo la única de la nación española”.
Para desmesura ya tenemos de sobra con las conocidas y testificadas, porque todas responden a una matriz totalitaria y maniquea, que tantas asperezas nos han causado y no estamos dispuestos a que nos salgan callos en el corazón. Sabemos que estilísticamente las hipérboles son figuras literarias y por ello constituyen licencias que nos podemos permitir, siempre que sepamos considerarlas como tales, pero que no deben pretender que todo el mundo es una feligresía ya sea de Azaña, del Rey o del Papa.
La realidad y la convivencia, que nos exige la actualidad de esta piel de toro, no pueden ser distraídas por discursos totalitarios y tendenciosos. La religiosidad y la laicidad están a disposición de todos y no tienen por qué conformar problemáticas que se salgan de la convivencia o nos saquen al desierto.
Pensamos que son las institucionalizaciones las que nos envenenan hasta el aire que respiramos, y que, por tanto, todos tenemos derecho a una atmósfera que no esté enrarecida.
Josemª, Maestro de Primer Ciclo de Primaria.
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