En un pleno verano del siglo XXI, nos complace reconsiderar que el espíritu no tiene vacaciones. Estamos trabajando continuamente por la espiritualidad y no dejamos al azar el tiempo que nos puedan quitar el mundo, el demonio y la carne. El mundo, porque es nuestro; el demonio, porque nunca duerme, ni la siesta; la carne, porque todos sabemos que es flaca (podemos decir “débil”, como nos recuerdan Las Escrituras). Hay que reconocer el mérito de la juventud mundial que ha atravesado la tierra roja de la piel de toro, para llegar a Madrid y reunirse con el Santo Padre, que se atreve en nombre del espíritu a adentrarse hasta el corazón de la laica España. |
Esperamos que todo sea un éxito mediático, una apuesta por la convivencia ciudadana de la ciudadanía, una propuesta de respeto mutuo entre los “perseguidos” y los perseguidores, un borrón y cuenta nueva del victimismo y la escatología. “¡Qué alegría de verano, que todo lo verde lo seca!”, dijo uno en la puerta de un cuartel, antes de que le hicieran sitio a la sombra, para que no cogiera una insolación. En este verano de cuerpo presente, es decir, de presencia real, y con sus calores, se secan los brotes verdes de las diatribas contra el aborto, ya que vamos a ser positivos y nos vamos a aligerar de ropas, para que no se nos agobie el personal con una moral más que tridentina, pues estamos ya en el siglo XXI, que “será lírico o no será”. Cantemos, hermanos y hermanas, pues el perdón neotestamentario del “y no peques más” ha llegado a esta tierra tan fértil y prolífica de María Santísima. Hace más de dos años, cuando la Jerarquía Religiosa se echaba a la calle, para tomar el calorcito del sol de invierno y derrochar calor familiar y de hogar, y calentar el ambiente frío de esta descreída parte de Europa, que legislaba sobre el aborto; cuando parecía que el PP era el partido de su religiosidad, de su moralidad y, ¿por qué no?, de su oportunidad, no tuve más remedio que añadir mi opinión en un periódico digital (30-3-2009). Fue entonces, cuando me sentí obligado a escribir un pequeño texto, que no estoy seguro de que llegara a manos de nuestros amigos religiosos, pues el comentario que aportaba al tema del aborto, según mi consideración, está muy próximo, hoy en día, con esa sensibilidad que la Iglesia gasta con su feligresía. Los de fuera, puede ser, incluso, que sigan en pecado aunque no cometan un delito. Entonces llegué a afirmar lo siguiente: “La Iglesia tolera el aborto, porque lo perdona. A finales de los años 60, una mujer española iba a “Londres”, abortaba, se volvía, se confesaba con todos los requisitos de contrición, penitencia y propósito de la enmienda, y el confesor la perdonaba. El sacerdote, confidente, por el secreto de confesión no la denunciaba, protegía la privacidad de la mujer y ésta no iba a la cárcel. Parece ser que lo que la Iglesia no perdona es que una mujer que no pertenece a su comunidad no vaya a la cárcel. “Perdonad y seréis perdonados”. De los abortos psicológicos provocados por las religiones ni te cuento. Paz y bien para todos y todas”.
Josemª Maestro de Primer Ciclo de Primaria
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