Muchos buscan el acogimiento en la pareja y en la familia, allí uno espera sentirse “bien acogido”, haber alcanzado un puerto seguro en el que es posible encontrar plenitud y hogar. Muchos padres ponen sus esperanzas en sus hijos. Sin embargo, la felicidad y la seguridad que se basan en personas o en cosas externas no son duraderas. De pronto la persona reconoce que la pareja no es lo que esperaba y la felicidad basada en la familia empieza a tambalearse; el miedo a la soledad se apodera del ánimo. Los niños se han hecho adultos y siguen sus propios caminos.
La mayoría buscan en otros aquello que no tienen. Proyectan sus deseos en aspectos que el otro parece poseer y creen que con esta persona que representa la imagen de sus deseos, podrán sentirse “bien acogidos”. Pero la realidad es que el hombre sólo atrae lo que él mismo es, y no lo que quiere tener, puesto que lo igual atrae siempre a lo igual. Si después de un tiempo el ser humano tiene que reconocer que con lo que quiere y con sus deseos no se siente acogido por esa persona, entonces se cansa de ella.
La breve felicidad se disolvió y en lugar de sentirse acogido, se está expuesto al miedo y a la preocupación. De vez en cuando se sueña con el pasado, pero también esos recuerdos sólo incitan a la amargura; uno se había imaginado esta vida como algo diferente. A más tardar en la vejez se reconoce que el “sentirse en casa”, el haber logrado sentirse acogido, era una ilusión, un autoengaño que deja un amargo sabor de boca.
Ninguna persona podrá decir a la larga “yo he logrado sentirme acogido” ya que en este mundo nunca llegaremos a sentirnos acogidos puesto que no somos de este mundo. El envejecer y estar “solo” no es una fatalidad. ¿Acaso la vejez o el envejecer o incluso el estar solo, no son indicaciones de que en esta Tierra sólo somos huéspedes y de que nuestra vida es una oportunidad para sintonizarnos a tiempo con la vida del alma, que fluye y mantiene al cuerpo físico hasta que la vida lo espira de sí?
Aprende y practica a encontrarte a ti mismo, sabiendo que en ti está la vida eterna, que tú no estás solo. Tú sólo puedes ser feliz y libre si vives de manera que le vaya bien a todos. Por eso: “yo soy feliz cuando a mi prójimo le va mejor a que a mí”. Si esa afirmación se realiza, entonces haremos todo lo que nos sea posible para que les vaya bien a todos los seres vivos, incluso a la maltratada Madre Tierra.
Del libro. ¿Estás solo en la pareja? ¿Sólo en la vejez? ¡Vivir en la unidad!
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