El espectáculo del ejército desembarcando en las playas de Málaga, simulando reducir a un “enemigo”, apuntando con sus fusiles de asalto a todo el mundo (fusiles que, conviene no olvidar, han sido diseñados para matar a otras personas y para nada más), y haciendo mil cabriolas por tierra, mar y aire atrajo la atención de decenas de miles de personas. Debo aclarar que no soy contrario al ejército (hice la “mili” como Alférez de complemento) y considero que su existencia es necesaria en toda sociedad, pero convertirlo en un espectáculo supone una banalización innecesaria del uso de la violencia. Banalización que, por otra parte, está calando en la sociedad desde muchos frentes y que repercutirá, necesariamente, en un aumento de la violencia (ya lo está haciendo) en el ámbito cotidiano. Mientras, un grupo de jóvenes de aspecto no tan ortodoxo (con el apoyo de miles de ciudadanos que se han manifestado con ellos por las calles) reclaman más justicia, más libertad, más democracia y menos violencia.
El otro espectáculo multitudinario al que me refería fue la final de la Copa de Europa de fútbol. Debo aclarar que a mí me gusta el fútbol y que ví el partido en televisión. Pero no podía dejar olvidar que, en el mismo telediario, vimos imágenes de jóvenes barceloneses saltando felices por las calles mientras otros jóvenes, también barceloneses, se enfrentaban (es un decir) a una violenta carga policial ordenada por el gobierno catalán. Nuestra sociedad aclama como héroes a los futbolistas, ricos y famosos, que ciertamente nos deleitan con su habilidad deportiva, pero nada más. Los del Barça, además nos mezclan el triunfo deportivo con una aspiración de supremacía nacionalista que deben acatar todos los muchachos del equipo que, cuando hablan ante su afición, han de decir obligatoriamente “visca el Barça y visca Catalunya”, ya sean de Albacete, Sudamérica o África. Pero ya sabemos que el Barça es más que un club. No es muy distinto, en el fondo, de la exhibición patriótica del ejército en Málaga. Lo nuestro es lo mejor.
A mí, sin embargo, me parece mucho más heroico aguantar semanas en la calle para pedir más democracia, más libertad y más justicia. Me parece mucho más heroico reunirse en largas asambleas para debatir propuestas que mejoren la sociedad. Me parece mucho más heroico resistir la violencia gratuita y desmedida de un estado que no sabe cómo reaccionar ante una revuelta que altera el orden establecido. Y no con la intención de desestructurar la sociedad, sino para conseguir un mundo más justo, donde los privilegiados que deciden por nosotros (protegidos por sus partidos dictatoriales, sus leyes D’Hondt, sus inmunidades y sus prebendas) no se sientan con el derecho de mandar a unos energúmenos con casco a aporrear a todo aquel que se les ponga por delante. Aunque lo haga pacíficamente. Aunque lo argumente intelectualmente.
Ya es hora de echar del poder a esta casta de sinvergüenzas. El inesperado movimiento 15M puede ser el origen de un cambio. Pero debemos respaldarlo, deben contar con el apoyo multitudinario del pueblo. Es nuestro futuro: los gobernantes y los que los dirigen ya tienen resuelto el suyo. De nosotros depende que en esta era de decadencia del sistema occidental seamos capaces de dar cuerpo a una concepción más justa de la política, más respetuosa con los demás habitantes del planeta, y con el propio planeta en sí. Fuera de España ha empezado a cuajar. Quizá estos jóvenes se conviertan en héroes de leyenda, aunque no ganen la Champions.
De nosotros depende. Eduardo Sáez Maldonado.
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