Era el hambre, bien conocido por la mayoría de nuestros padres y abuelos durante y tras la guerra fraticida. Era el hambre generalizada, compartida, pública. Un hambre no vergonzante porque era padecida por millones de españoles en una época de escasez donde medraron los estraperlistas y los usureros, que daban nada y menos por los ajuares primorosamente bordados, por los cubiertos de alpaca, por los miserables tesoros de los más pobres, que se iban desprendiendo de todo para engañar los buches vacíos.
Fue una época negra en la historia de España. Algo que nuestros ancestros nunca pensaron que volviera. El hambre era algo que tenían los chinitos y los negritos para los que echábamos monedas en las huchas del Domund. Las fábricas, la reconstrucción del país y el boom del turismo dejaron esa palabra relegada a los recuerdos que uno no desea nunca desenterrar.
Pues ha vuelto el hambre. EL HAMBRE. Sí, señor o señora: HAMBRE en el S. XXI. En pleno Estado del Bienestar, en la revolucionaria era informática, en la España de los Audis y de los Mercedes, de los pantallones de plasma, de los Ipods y los MP3, de la gigantesca producción de basura que luego nos vemos obligados a reciclar, de las celebraciones de primeras comuniones como bodas, de los viajes al Caribe, de la megaproliferación de centros comerciales y de multinacionales de comida basura…
Derroche, despilfarro, dispendio… Y entre todo esto y mucho más, VUELVE EL HAMBRE. Pero regresa silenciosa, solapada, esta vez sí vergonzante y por ello casi invisible para quien no la quiere ver. No es el hambre del que se lamentan los mendigos en sus carteles. Es hambre que padece tu vecino y tú ni siquiera te enteras. Los nuevos pobres podemos ser cualquiera de nosotros. Cualquiera que se comprara una vivienda y viviera holgadamente con su sueldo. Cualquiera que haya tenido la mala suerte de sacar la bola negra en la lotería de las estadísticas: De cada cuatro españoles, uno se encuentra en el paro. Y así comienza a caer la bola de nieve por la ladera de la degradación: No hay empleo. Los subsidios y ayudas se agotan, ergo no se puede pagar la hipoteca o el alquiler. Empieza la desesperación cuando todos los recursos han volado y te encuentras con que no puedes vender tu casa, nadie quiere comprar tu coche, los bancos (antaño tan pródigos y amistosos) no quieren saber nada de demoras o de tu más que precaria situación. Un día, esa persona se verá en la calle, desahuciada junto a su familia, por no haber podido pagar la casa. Quizás tenga la suerte de que los padres o los suegros los acojan. Otros no tienen a nadie… ¿Adónde van?
María, que ya no encuentra ni casas en las que trabajar por horas, pasa por delante del sofá en el que está acostado y deprimido su desempleado esposo. Entra en la cocina y trastea por la despensa, abre la nevera y se le escapa un suspiro. Con lágrimas en los ojos se pregunta ¿es que no tengo siquiera ni un apio ni una zanahoria para hacerle un vegetal al niño? Y eso que ya han acudido a todos los servicios sociales, a Cáritas, a otras asociaciones… El mes pasado les pagaron el recibo de la luz pero ¿y el de éste?... El vale para alimentos que reciben para un mes no da de sí ni para una semana, los niños tienen que comer. No queda leche. Incluso acuden a la cola en la que reparten fruta y verdura descartada del mercado. Hay que aprovechar lo aprovechable, quitar lo agusanado, lo podrido…
Francisca compra dos tomates, un pimiento, un puñadito de sardinas y saca su pequeño monedero negro y cuenta los céntimos. No le llega. Con una miserable pensión y dos nietos que mantener… -“Niña, quítame los tomates”-. Y luego los nietos le piden natillas de chocolate pero “de las que salen en la tele”. Porque la nueva pobreza, el nuevo hambre, son como el suplicio de Tántalo: Tienes la abundancia bombardeándote constantemente desde los medios de comunicación, incitándote a consumir, a comprar, a saturarte, a darte el gustazo, el lujo, el capricho… Mientras que el que no tiene ni para malcomer, se va a la cama con algo bailando en su estómago, quejándose con gruñidos como las barriguitas paniaguadas de mis tíos cuando eran niños.
Señoras, señores: HA VUELTO EL HAMBRE. No se hagan los sordos porque llegue, avergonzado, pisando flojito y calladamente. No podemos mirar hacia otro lado con hipocresía, esperando a que otros lo arreglen. Pónganse en su lugar: ¿QUÉ HARÍAN USTEDES SI VIERAN A SUS HIJOS PASAR HAMBRE? Marisa García Vicepresidenta de AMAT (Asociación de Mujeres por Alhaurín de la Torre) |