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Tu diario. Libertad de expresion

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Mi primera afeitada
Disquisiciones sobre la vida doméstica.

Cuentos y relatos globales. 01.05.11 

Por: Walter E. Pimienta Jiménez.  Walter53pimienta@hotmail.com.  Si mis padres, comprándome complacidos el primer pantalón largo marca “El Roble”* que en mi adolescencia tuve, con voz  triunfal admitieron mi progreso camino a volverme hombre, cuando me vieron jugando a los besitos con la vecinita de enfrente y para esos mismos días contemplaron orgullosos mi primera afeitada, sin contradicciones se miraron el uno al otro, se dijeron algo confidencial y afirmando con un repetido movimiento de cabeza, esa vez, en forma oficial, lo reconfirmaron: una cuchilla marca “Barba Roja”*, de hojilla, acoplada a la maquinilla de afeitar que Jesús, mi hermano mayor, en algún tiempo trajo de cuando  estuvo trabajando en Cali*, una pequeña ponchera de aluminio llena de agua tibia, una toalla amarilla al cuello, un espejo mediano colgado en una de las paredes del corredor de mi casa y una cara –la mía- exageradamente embadurnada de espuma de “Jabón Palmolive”*, me hicieron abandonar para siempre el hermoso país de la infancia. La Naturaleza dictaba así, en mí, su orden más estricta y sin reserva y con un preocupante –“cuidado te cortas”- que los dos casi dijeron en coro, de mi labio superior y de mi mentón, más bien lampiño, se fueron en viaje triste las primeras pelusas que sin fuerzas para  bigote y mucho menos para una tupida barba, en mi rostro quisieron nacer.

-Ahora sí se fregó esta vaina. Este nos volvió viejos, Átala- le dijo mi padre a mi madre y el comentario, desde luego a ella dirigido, le inspiró la más elemental y lógica respuesta:
-Ya era hora, ¿no crees? ¿Qué esperabas?- al tiempo que agregó: así, recién afeitado, es igualito a ti en los tiempos en que nos enamoramos… ¿te acuerdas?...
-No tanto. A mi se me parece a su abuelo Hernán- dijo él con determinación inapelable.
Y así, de este simple y cotidiano modo, se dio lugar mi tan esperada primera afeitada y terminando sin afán el consagrado rito, coloqué los elementos de aseo en su lugar y ante mi madre, como diciéndome aquí me tienes, me presenté sobándome con ambas manos las mejilla y, ella, ella dándome suavemente el más maternal de los besos, me recomendó:
-Tendrás que acostumbrarte, así como te acostumbraste a dormir solo y a no orinarte más en la cama cuando le perdiste el miedo a la oscuridad y a “la mano pelua”*.
He de confesar que si en la ocasión inolvidable en que me puse mi primer pantalón largo desperté con ganas de gritarle al mundo: ¡Soy un hombre!... Esta vez, ansioso por decirlo, cuando me paraba ante un muchacho de mi edad, con aire señorial y orgulloso, en mudo lenguaje no verbal, deslizando  una de mis manos por mi barbilla, le mostraba a éste mi primera afeitada como queriéndole decir: ¡Qué va… tú todavía eres un niño, duermes con tus papá y tu mamá, te orinas en la cama y le tienes miedo a la oscuridad y a “la mano pelua”!… Y  aquél, como aceptando la realidad, sin levantamiento armado y sin vocación de hombre aún, por conveniencia estratégica, sacaba de uno de los bolsillos de su pantalón un trompo que, enrollado en su pita, indiferente lanzaba contra el arenoso suelo haciéndolo bailar con ganas de juego acumulado…
Y así las cosas, mi deserción de las tropas de la infancia era un hecho y como consecuencia de ello me enrolé enseguida en la barra* de los de la “Calle del Repaso”* (Ernesto el de Bartolo, Galo el de Conchita, Jaime el de Josefa, Romelio el de prima Clara y Edison y Tomás Ariel, los hijos de Celia Jiménez), buscando con ellos nuevas aventuras y con la secreta determinación de tener muchas novias, muchas, sin saber lo que hacer porque ya había dejado de ser niño, era cierto, pero asustado ante mi naciente juventud, sin confesárselo a nadie, me sentía estrenándome en otro y en mí mismo tratando de aniquilar recuerdos cercanos y a la vez distantes…, evocando tardes de caballitos de palo y deseando al tiempo una mujer de dormitorio porque ya el gallito quería gallina…
Metido ahora en aquella temeraria aventura, entendía que eso de hacerme joven, tenía el peso de su propio nombre y que aquello era un juego serio y que implicaba más de un deber.
-No olvides, hijo, que soy tu progenitor y que por muy hombrecito que empieces a creerte, si llego a enterarme por boca de alguno que tú le has faltado al respeto a alguien en el pueblo, todavía tengo pleno derecho de bajarte los pantalones y de darte en público una cueriza- me dijo alguna vez mi padre con convincente vehemencia y exaltando delante de mí y de los presentes las virtudes de su regeneradora correa… Y mi silencio y mi profundo respeto, sin recriminación alguna, no conmutó la pena…
Lo dicho por mi padre en tal ocasión, fue dicho con el corazón; lo sentí no en la dureza de sus palabras sino en el asombro de verme ya casi un hombre, lo que de paso le reveló que envejecía… Y, con un conforme -“yo también pasé por las mismas”-, me dijo acércate, me metió algo en el bolsillo de la camisa: era una cuchilla marca “Barba Roja” para mi segunda afeitada y, en tanto, con voz cautelosa, mirándome a los ojos, me dijo: -“…Y cuidado te cortas”…
 *”El Roble”: Conocida marca de ropa para niños, jóvenes y adultos que por allá, por los años sesenta se usaba mucho.
*”Barba Roja”: Marca de una hojilla o cuchilla de afeitar que traía en su envoltura roja el dibujo de un pirata con su parche negro en un ojo.
*Cali: Capital del Departamento del Valle del Cauca, en Colombia.
*Jabón Palmolive”: Conocido jabón de baño al que la gente también llamaba “jabón de olor”.
*”Mano pelua”: Espanto imaginario que en forma de una mano llena de pelos negros, mi hermana Cristina me hacía creer que salía detrás de los árboles de uvita.
*Barra: grupo de amigos de una misma edad.
*Calle del Repaso”: En la época, tercera calle del municipio de Juan de Acosta. Allí nací y me crié.
Walter53pimienta@hotmail.com
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