El gato es el enemigo público número uno en mi urbanización. Pueblo Cortijo no lo quiere. Un grupo, organizado o no, adscrito a los poderes públicos o no, ha optado por un método cruel para desembarazarse de esas vidas independientes y bohemias. Un método silencioso y ancestral, que ocasione la menor molestia al verdugo cobarde que lo ejecuta: el veneno. El mismo veneno que ha eliminado a tantas especies de nuestros campos y que la misma ley proscribe por su fuerza destructiva indiscriminada.
Pienso que esos asesinos de pacotilla le conceden poco espacio a la reflexión y sí mucho a su interés puramente egoísta. ¿Acaso no hay en algún sitio espacio para albergar a estos pequeños seres indefensos? ¿Es sólo el cálculo de costes lo que les induce a utilizar el medio más barato, expeditivo y repugnante? ¿No podrían contar con alguna sociedad protectora de animales y cederles su custodia?
Me ha sobrecogido contemplar a la última víctima de esta locura, con una mancha de sangre junto a la boca y un postrero testimonio de su sufrimiento en la cola: heces huidas de un estómago cargado de veneno. Las fotografías ahorran cualquier descripción. Por sí solas deberían valer para que el envenenador de turno exprimiera su escaso talento y cayera en la cuenta de su extrema crueldad.
Para terminar, reproduzco unos párrafos que un día me inspiraron el extraordinario ser que ahora es combatido por el más destructor de los animales: el ser humano. _____________________
EL TIEMPO SE DETIENE
Parecía una estatua hiperrealista, ya que ni un sólo movimiento se advertía en su forma perfecta. Los ojos, grandes e inmóviles, vigilaban con plena atención al latente peligro que inspiraba aquel observador. Las orejas eran dos eficaces controles auditivos y los bigotes y los pelos por encima de los ojos y debajo de la barbilla, repletos de haces de nervios, podían detectar la más ligera vibración de la amenaza que se cernía sobre él.
Además, el tapetum lucidumque, tejido reflectante situado detrás de la retina de sus ojos, aumentaba 50 veces el rastro del débil rayo de luz que reflejaba el oponente, a lo que ayudaba también la gran adaptabilidad de las pupilas, abiertas en círculo máximo en la penumbra para recoger la mayor cantidad posible de luz y que se reducían a dos finos hilos verticales en condiciones ordinarias.
Transcurrió una eternidad para aquel observador curioso, embelesado con la soberbia y oscura estampa del gato, que resaltaba el brillo ancestral de sus ojos y cuyo minúsculo cerebro permanecía extraordinariamente atento. Eran dos apuestas abismalmente distintas: el hombre miraba algo atractivo y salvaje, sin riesgo alguno. El pequeño felino se jugaba la vida.
Tras un sabio cálculo del conflicto, el mau, como lo llamaban los antiguos egipcios por su maravillosa capacidad de visión, relajó sus potentes detectores y distendió los músculos, consciente de que había pasado la alarma. Pestañeó dulcemente y luego giró levemente la cabeza. Su apariencia retornó a ser suave y formidablemente delicada.
De las entrañas del observador humano emanó un confortable bienestar, que no era sino un eco de la absoluta serenidad que mostraba el ahora vulnerable animal. Entendió que allí no había habido pensamiento y sí sólo un momento de existencia sin tiempo, en el que ambos fueron un simple hálito del universo.
Saludos cordiales para todos, menos para los envenenadores. |