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Tu diario. Libertad de expresion

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¡El privilegio y el placer del silencio!

Diego Jesús Porras Romero. 14.06.06 

No hace mucho que una vecina de la ciudad de Valencia ha obtenido del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo una sentencia a su favor por la cual la Administración española deberá de indemnizarle con, aproximadamente, 8.000 euros, por haber permitido un elevadísimo nivel de ruido,  en el entorno de su residencia, lo que ha afectado gravemente a  su calidad de vida,  y al desarrollo normal de su existencia, debido a la imposibilidad de dormir durante la noche y de realizar una actividad lógica, durante la vigilia, todo ello como consecuencia del mismo, (según consta en la parte argumentativa de la disposición).


Como podrán ustedes imaginar, todo el problema, para esta Sra. y para otros muchísimos españoles, que por ignorancia, desidia o por ambas dos, no han seguido las vías legales que ella ha usado para reclamar, y continúan con la postura mucho más cómoda del mero comentario entre pasillos y con el clásico “alguien tiene que solucionar esto porque así no se puede vivir”, se derivó y sigue haciéndolo del llamado “botellón” y de los bares y locales expendedores de bebidas alcohólicas que, pese a todas las ordenanzas y legislación tanto municipal como autonómica y central, hacen lo que les da la gana, campando literalmente a sus anchas respecto a horarios de apertura y cierre,  pasándose toda la normativa citada, que existe, por determinado lugar, amén de los descerebrados que transitan con las ventanillas del coche bajadas y con algo que ellos denominan música a un volumen estridente, tanto que impide para el propio usuario un mínimo placer auditivo, pero que sí consigue, puesto que de eso se trata, demostrar que el “musicólogo” puede hacer lo que se le ocurra donde y cuando le plazca, sobretodo, fastidiar a todos los demás. Otro “amén”, puesto que hay muchos, es el de los vecinos, sea su vivienda del tipo que sea, que parten de la base de que por el hecho de estar en su casa, nadie puede ponerles límites a ninguna actividad (en este caso me estoy refiriendo a productora de ruidos), y lo llevan hasta sus últimas consecuencias, y lo que es peor, lo logran, pues al conciudadano que le toca en suerte uno de estos energúmenos, o se resigna o se va, así está la cosa.  Insisto en un punto muy importante y es que las normas reguladoras de estas actividades, cuya finalidad, como la de toda norma es la de armonizar y facilitar la convivencia de todos, existían antes de empezar esta cuestión, ya tan dramática, de los ruidos, y siguen existiendo, se podrán perfeccionar, como todo en esta vida, pero de lo que se trata realmente es de dejarse de comisiones que estudien y traten de llegar a no se sabe qué consenso y de que se apliquen.
La teoría ya nos la sabemos todos, ahora hay que actuar,  llevarla a la práctica, y ahí ya escuece, porque ese hacer que no se hace implica unas consecuencias que serán positivas para unos y negativas para otros. La gran cuestión estriba en que en este país y en esta democracia, no se sabe porqué, al menos yo lo ignoro, a todos los gobiernos de cualquier ámbito (central, autonómico o municipal), les importa más contentar y no recibir críticas por el supuesto menoscabo de unos supuestos derechos de una minoría que ser objeto de las mismas por idéntico motivo pero referido a una mayoría, lo cual, por pura definición es actuar antidemocráticamente porque, también por definición, en democracia la mayoría lleva razón.
Se pueden poner mil y un ejemplos, pero por no aburrir al personal y por concretar el argumento, vuelvo a sacar a colación el botellón. Son miles, posiblemente cientos de miles los ciudadanos que lo practican, incluso que lo consideran la manera más excepcional de divertirse: en plena vía pública, hasta altas horas de la madrugada, emborrachándose de una manera consecuente y buscada hasta no ser conscientes absolutamente de nada e incluso el coma etílico, produciendo un ruido ensordecedor, y una vez finalizada  la “faena”, y sobre la marcha, dejarlo todo cual pocilga como seña de identidad. Sin entrar en valoraciones, cada cual que haga la suya, pues a estas alturas y después de tantas campañas, consejos, apelación al sentido común e incluso al mero instinto de supervivencia de los usuarios de esta práctica, yo creo que sobran las palabras, lo cierto y verdad es que existe, que es una realidad. Pero somos millones (la diferencia es abrumadora), los que no hacemos eso, los que llevamos una vida más o menos ordenada, con un ciclo vital que implica dormir de noche un determinado número de horas, los que queremos pasar por cualquier calle y entrar y salir de nuestro domicilio tranquilamente, los que no queremos que salga de nuestro bolsillo el dinero necesario para adecentar los lugares donde esos individuos, minoritariamente minoritarios, hacen lo que les da la gana cada fin de semana. Es inevitable y evidente  que hay un conflicto de intereses y de derechos y la solución es muy simple: deben de prevalecer los de la mayoría sobre los de la minoría y, centrándonos en el botellón, así viene recogido en varios textos legales de diferente rango. Es una cuestión tan simple y tan elemental que hasta me siento algo ridículo tratando de explicarlo y a la única conclusión a la que puedo llegar es a la de que el que no lo entiende es porque no quiere además de ser un soberano egoísta.
¿Qué hacemos en este y en otros casos con la minoría, los matamos y así ya no molestan más?, por supuesto que no. Se puede intentar llegar a un término medio (ceden unos y ceden otros). Pero esa idílica manera de actuar tampoco ha dado resultado porque, cuando en alguna localidad se les ha ofrecido la posibilidad de que desarrollen su divertimento en lugares en los que no molesten a nadie, a las afueras de la urbe, dotando el emplazamiento con una determinada infraestructura de servicios e incluso de autobuses urbanos para evitar el peligro de conducir ebrios, la respuesta ha sido un categórico no porque, al parecer, pierde su encanto, el ambiente no es el mismo. Pero asómbrense, al menos yo lo hago, en una municipio gallego de cuyo nombre no me acuerdo, fue el propio alcalde el que, ante esta posibilidad apuntada por la propia administración autonómica y central, se negó en redondo argumentando que “el botellón es un modo de expresión y una manifestación cultural de la actual juventud, a la que tenemos que adaptarnos todos”. En la ciudad de Córdoba, la Sra. Concejala de Asuntos Sociales, y ante las reiteradas protestas de asociaciones de vecinos del casco antiguo, manifestó que el que no estuviera a gusto donde vivía, lo que tenía que hacer era vender su vivienda e irse a otra parte. Yo, y estoy seguro que al igual que muchos otros, lo mínimo que le deseo es que le ocurra lo mismo que a esos “pesados” que tanto protestan, aunque también es cierto que a ella pronto le solucionarían el problema para general humillación. Bien, es una manera de ver las cosas, pero digo yo que los demás también podremos tener nuestra propia visión y el derecho de que “los otros se amolden a nosotros”. Por ello se me ocurre que los afectados podrían aplicar el principio de que “si no puedes vencerlos únete a ellos”, o lo que es lo mismo, los vecinos sufridores de tan vituperable práctica, el mismo día, a la misma hora y durante igual tiempo, es decir, toda la noche, se irían a las inmediaciones de los domicilios del alcalde, ediles, autoridades administrativas varias e incluso judiciales, que no hubiesen considerado oportuno intervenir en cuestiones tan “baladíes y de tan escasa trascendencia” y con silbato soplador y estruendosamente sonoro en la boca,  ejercerían el derecho que, por la aplicación de un principio básico de igualdad, ellos también tienen de divertirse supuestamente cuando, como  y donde quieran. La situación, además de curiosa, sería digna de ver, sobre todo cuando llegara, porque en estos casos seguro que sí haría acto de presencia, la fuerza pública e incluso conminara a los osados a que declinaran en su actitud y estos les contestaran que en determinado lugar, (su lugar de residencia) de la misma localidad, había otro grupo de “personas” que, como todas las noches de los fines de semana, estaban montando un jolgorio insoportable y que, en vista de que se les permitía de manera continuada, ellos habían decidido imitarles en la certeza de que ese era un derecho que amparaba a todos los habitantes de la localidad por igual. Los agentes no intervendrían en ese momento, ni contra unos ni contra los otros, pues el problema tanto jurídico como de orden público que se podría originar sería monumental y seguro que trascendería al ámbito meramente local, cosa que el Sr. Alcalde no podría permitir,  pero estoy seguro de que, con posterioridad, la cuestión, en todo o en parte se solucionaría para consuelo y dicha de los que tienen la tonta manía de dormir por las noches. A los próceres de la patria no les gustaría sentir el dolor en su propia carne, como a ningún ser viviente, ni tampoco les agradaría las lindezas que sus vecinos les largarían por muy ínclitos que fueran los personajes en cuestión.
Pues ni media palabra más, para quién interese y esté afectado, aquí tiene una solución que puede funcionar. Cualquier cosa antes que seguir formando parte de esa denominada mayoría silenciosa, a la que están avasallando y dando palos por todas partes y, a grandes males grandes remedios.
Continuando comentando la encomiable acción de la Sra. valenciana, es turbador que haya tenido que ser una instancia internacional la que venga a sacar a algunos los colores de la vergüenza, si es que la tienen, la que recuerde a quién corresponda que, en un país supuestamente civilizado y democrático hay derechos cuya aplicación y reconocimiento  no admiten discusión, ni hay que perder el tiempo en grupos de trabajo que estudien no se sabe qué, sino que hay que defenderlos taxativa e inmediatamente a como de lugar y pese a quién pese, y eso significa lo que significa:  si es necesario, usando los medios coercitivos que fueran necesarios para ello. Que nadie se rasgue las vestiduras por esta afirmación, es perfectamente democrática, aunque puede que sea políticamente incorrecta,  y en absoluto está reñida con ese sistema político, hago hincapié, siempre y cuando se haya intentado todo y se use como último recurso pero, llegados a ese punto, lo verdaderamente antidemocrático injusto e ilegal es permitir que se den situaciones que, manifiestamente, lesionan los derechos de una mayoría en beneficio de los de una minoría.
Para concluir, quiero expresar mi más profunda admiración por la antedicha Sra. levantina que ha tenido el valor y la dedicación suficientes como para salir de la “mayoría silenciosa”, aquella que piensa igual en éste y en otros muchos temas, que está harta de ésta y otras muchas cosas, pero que nada hace, ni tan siquiera “gritar y patalear”, para solucionar los problemas que a ella misma afectan. Lo logrado por esta ciudadana sirve para recordarnos nuestras miserias y nuestra reprochable comodidad y, también y muy importante, para ridiculizar a la administración española y restregarles por la cara el desprecio que a muchos nos merece por éste y  tantos motivos más.
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