Como podrán ustedes imaginar, todo el problema, para esta Sra. y para otros muchísimos españoles, que por ignorancia, desidia o por ambas dos, no han seguido las vías legales que ella ha usado para reclamar, y continúan con la postura mucho más cómoda del mero comentario entre pasillos y con el clásico “alguien tiene que solucionar esto porque así no se puede vivir”, se derivó y sigue haciéndolo del llamado “botellón” y de los bares y locales expendedores de bebidas alcohólicas que, pese a todas las ordenanzas y legislación tanto municipal como autonómica y central, hacen lo que les da la gana, campando literalmente a sus anchas respecto a horarios de apertura y cierre, pasándose toda la normativa citada, que existe, por determinado lugar, amén de los descerebrados que transitan con las ventanillas del coche bajadas y con algo que ellos denominan música a un volumen estridente, tanto que impide para el propio usuario un mínimo placer auditivo, pero que sí consigue, puesto que de eso se trata, demostrar que el “musicólogo” puede hacer lo que se le ocurra donde y cuando le plazca, sobretodo, fastidiar a todos los demás. Otro “amén”, puesto que hay muchos, es el de los vecinos, sea su vivienda del tipo que sea, que parten de la base de que por el hecho de estar en su casa, nadie puede ponerles límites a ninguna actividad (en este caso me estoy refiriendo a productora de ruidos), y lo llevan hasta sus últimas consecuencias, y lo que es peor, lo logran, pues al conciudadano que le toca en suerte uno de estos energúmenos, o se resigna o se va, así está la cosa. Insisto en un punto muy importante y es que las normas reguladoras de estas actividades, cuya finalidad, como la de toda norma es la de armonizar y facilitar la convivencia de todos, existían antes de empezar esta cuestión, ya tan dramática, de los ruidos, y siguen existiendo, se podrán perfeccionar, como todo en esta vida, pero de lo que se trata realmente es de dejarse de comisiones que estudien y traten de llegar a no se sabe qué consenso y de que se apliquen.
La teoría ya nos la sabemos todos, ahora hay que actuar, llevarla a la práctica, y ahí ya escuece, porque ese hacer que no se hace implica unas consecuencias que serán positivas para unos y negativas para otros. La gran cuestión estriba en que en este país y en esta democracia, no se sabe porqué, al menos yo lo ignoro, a todos los gobiernos de cualquier ámbito (central, autonómico o municipal), les importa más contentar y no recibir críticas por el supuesto menoscabo de unos supuestos derechos de una minoría que ser objeto de las mismas por idéntico motivo pero referido a una mayoría, lo cual, por pura definición es actuar antidemocráticamente porque, también por definición, en democracia la mayoría lleva razón.
Se pueden poner mil y un ejemplos, pero por no aburrir al personal y por concretar el argumento, vuelvo a sacar a colación el botellón. Son miles, posiblemente cientos de miles los ciudadanos que lo practican, incluso que lo consideran la manera más excepcional de divertirse: en plena vía pública, hasta altas horas de la madrugada, emborrachándose de una manera consecuente y buscada hasta no ser conscientes absolutamente de nada e incluso el coma etílico, produciendo un ruido ensordecedor, y una vez finalizada la “faena”, y sobre la marcha, dejarlo todo cual pocilga como seña de identidad. Sin entrar en valoraciones, cada cual que haga la suya, pues a estas alturas y después de tantas campañas, consejos, apelación al sentido común e incluso al mero instinto de supervivencia de los usuarios de esta práctica, yo creo que sobran las palabras, lo cierto y verdad es que existe, que es una realidad. Pero somos millones (la diferencia es abrumadora), los que no hacemos eso, los que llevamos una vida más o menos ordenada, con un ciclo vital que implica dormir de noche un determinado número de horas, los que queremos pasar por cualquier calle y entrar y salir de nuestro domicilio tranquilamente, los que no queremos que salga de nuestro bolsillo el dinero necesario para adecentar los lugares donde esos individuos, minoritariamente minoritarios, hacen lo que les da la gana cada fin de semana. Es inevitable y evidente que hay un conflicto de intereses y de derechos y la solución es muy simple: deben de prevalecer los de la mayoría sobre los de la minoría y, centrándonos en el botellón, así viene recogido en varios textos legales de diferente rango. Es una cuestión tan simple y tan elemental que hasta me siento algo ridículo tratando de explicarlo y a la única conclusión a la que puedo llegar es a la de que el que no lo entiende es porque no quiere además de ser un soberano egoísta.
¿Qué hacemos en este y en otros casos con la minoría, los matamos y así ya no molestan más?, por supuesto que no. Se puede intentar llegar a un término medio. |