Una historia de intriga, donde los buenos y los malos se confunden, incluso intercambian roles e identidades. Una historia de confusión, de secretismos, de bombazos que cambian gobiernos y gobiernos que cambian bombazos y muertos destripados por Navarras y presos más cercanos, pobrecitos ellos. Una historia de mil muertos que no existen. Hasta la Iglesia se pone de acuerdo con los malos-buenos-malos y elimina el Limbo, que es donde manda Zapatero a los destripados y espanzurrados por su cromosómico hermano Otegui. Las víctimas vagan divididas en lo etéreo de las promesas incumplidas, el engaño y la manipulación, de un Peces-Barba eregido en "tonto útil". Un manipulador insertado como del "chip" de los perros, para que que los despiezados y sus familiares sigan en su tormento buscando brazos, piernas e ideas esparcidas por la goma 2. Mientras, un sonriente "joputa" se pasea ilegalizado por los despachos de Lejendacaris y Pachis Loviras pidiéndolo todo a cambio de nada, con la pistola sobre la mesa y los mil muertos en el zurrón.
La historia "Me cago en Zapa-tegui", es una historia de izquierdas, que la derecha es bobalicona y está en contra de todo porque sí. Ella es así. De ahí la pseudointelectualidad vibrante que rezuma, como la sangre de los atentados de los amigos de Otegui, esta obra que debe ser subvencionada con dineros públicos. El problema a resolver es de dónde se sacarán los fondos, porque Zapa-tegui deja a España descuajeringada y todos quieren medallas y fronteras, pero nadie suelta las pelas.
Los Oteguipresos, aquellos que brindaban con champán en las cárceles (por cierto de donde lo sacaban?) mientras los buenos-malos recogían con pala las tripas del último "reciclado" del "joputa" y sus amigos, digo que los oteguipresos están contentos en la historia: primero les acercarán a "euskalerría", un inexistente caserío por el que -idiotas ellos- han matado durante cuarenta años, para después, poco a poco, sacarlos a la calle, a lo que quede de España entonces. Podrán pasearse por la mancillada y entregada Navarra y lavarse la sangre de sus muertos en las orillas del Ebro. Lástima. A partir de entonces los cogollos de Tudela estarán teñidos de rojo y tendrán un olor dulzón de muerte. Y los espárragos serán retorcidos y serpenteantes, como el nuevo símbolo de Zapategui: La serpiente del "joputa" abrazando el capullo... del "talantoso". Serán entonces unos "joputas" liberados, reinsertados en la sociedad, y podrán montar talleres en las bajeras de los familiares de sus víctimas, que, como gilipollas, los aguantarán con cristiana resignación... ¡Joder!, ¡Me cago en Zapa-tegui"!. Perdón, que así se llama la obra que quiero que me subvencionen.
Y como elemento distorsionador, para que el lector, bobo él, no se distraiga y camine sobre ascuas, los malos-buenos no entregarán las armas ni renunciarán a matar cuando lo consideren oportuno. Ello, a nivel cromosómico, se produce en la obra añadiendo un anhelo o como se llame, escondido entre la doble espiral del ADN del "talanputa", que es como una especie de bomba-lapa susceptible de ser accionada en cualquier momento, como un 11-M por ejemplo. "El "talanputa" lo sabe, pero en la obra no tiene más cojones que tragárselo o todo el tinglado, montado sobre un armazón de mentiras, medias verdades, secretos, desprecios y promesas ocultas, se le vendría abajo. Un desastre que dejaría al descubierto su verdadero cuerpo: Un esqueleto hecho con los huesos de las víctimas del terrorismo, recubierto con la carne de los presos de Eta asesinos a punto de reinserción, y un pellejo hecho de jirones Ibéricos, desechos de la antigua España que él se encarga de desmembrar.
Y su sonrisa. Su mayor valor. Su carta de presentación y a la vez su mentira más elaborada. Una sonrisa que esconde su frialdad, su desvergüenza, su desapego a todo y a todos los que no entren en la línea de sus intereses megalómanos y casi dictatoriales. Parecido un conocido de Torremolinos. Recuerdo cuando fui de reportero a la Guerra Irán-Irak allá por los ochenta. Había muchos muertos esparcidos por el suelo, en las trincheras o despedazados por los carros de combate y los morteros enemigos. Dos cosas llamaban poderosamente la atención: una, el silencio. Allí no se movía nadie, como en la foto del PSOE de Alfonso Guerra. Y otra, la sonrisa de los muertos. Todos sonreían. El calor les resecaba los labios y se los encogía, dejando los dientes en un cadavérico rictus, una sonrisa perenne y escalofriante que te dejaba helado mientras te miraban con las cuencas de los ojos vacías. Quise preguntarles de qué se reían. Pero no estaban en condiciones de responderme. Aquella sonrisa nunca se me quitará de la memoria.
En mi historia "Me cago en Zapa-tegui" que quiero que me subvencione este gobierno pseudo-todo que tenemos, los que se ríen no son los muertos, que ni puñetera gracia que les hace lo que pretende hacer el "talanputa" pisoteándolos y apoyándose en las piernan ortopédicas de los tullidos por las bombas para llegar más alto. Los que se ríen son los vivos. Otegui se ríe de de Zapatero y Zapatero de España o lo que queda de ella. Y ambos, unidos cromosómicamente en una "unidad de destino en lo Universal", se carcajean de la Historia, la Justicia y la moral, que esto hay que resolverlo "sea como sea". ¡Me cago en Zapategui".
Perdón. Esa es la historia que quiero que me subvencionen. Aunque me hubiera gustado no haberla podido escribir. A su lado, "Me cago en Dios" es tan limpia que podría haberla subvencionado la propia Conferencia Episcopal Española. ¡Qué asco! Juan Carlos
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