Después de lo que nos ha caído con la burbuja inmobiliaria, que esa sí que ha sido una llamada con “efecto llamada” sobre los empobrecidos de muchos países, no podemos silenciar ni pasar por alto lo que podemos tildar sencillamente de burbuja industrial. La burbuja industrial se ha tejido sobre la inocente conciencia del estado del bienestar, que se ha confundido con el estado del consumir. Hay que consumir, ya que se ha inoculado la doctrina que iza y “rabiza” la banderola del tener sobre el mástil del ser, que queda oculto bajo la tela, que tanto tiene que cortar y recortar. El traje nos ha salido grande y para colmo nos lo ha dejado todo lleno de hilachas que sólo convocan al polvo. |
La gente, o el pueblo, se ha dado cuenta de que la espiral del tener no abre el futuro ni aumenta la circulación del aire limpio, sino que ha ido obstruyendo los poros de libertad, que han ido asfixiándose y taponándose por mor de la mugre y el lastre que arrastra el consumismo. La gente se ha dado cuenta de que entre el tener y el ser surge una opción, aunque fuera sólo gramatical, técnica, que es el estar. La gente está cansada y, a veces, está harta, de tanta mentira. Y resulta que en eso estamos. Y estamos en condiciones de poder reflexionar sobre varios hechos, sencillos, cotidianos, de andar por casa, como puede ser el de tropezar con una cantidad de relojes de pulsera, que nos han abandonado y se han recluido con la última pila que los mantuvo alerta pero olvidados. Eran relojes que nos llegaron de manos de representantes de libros, ollas y otros enseres, como colchones, que nos vaticinaban que los relojes se podían echar a dormir sin que nos diéramos cuenta que ya no estaban para muchos trotes. Sus agujas se han anquilosado y han dejado de hilvanar y, mucho más, de coser esos segundos, minutos y horas, que se nos derraman en este actual estado de cosas. No podemos seguir llenando nuestras casas de relojes, que no tienen garantizada la inmortalidad ni pueden acompañarnos vivos eternamente. La burbuja de los relojes no puede seguir autofagocitando nuestros recursos ni nuestro limitado tiempo, porque no puedan descubrir un mundo empobrecido, que tiene todo el tiempo del mundo, pero que carece de capacidad para darse cuenta de qué hora es. La burbuja industrial de los coches ha chocado y, por no llevar seguro, se encuentra en la cuneta, porque el talud o muro de los bolsillos hipotecados, no le permite rehacerse y seguir el precioso viaje del consumismo al que tan alegremente se había lanzado. Todos sabemos que los coches son más difíciles de aparcar que los relojes. No los podemos dejar olvidados en un bolsillo o un joyero. La burbuja industrial no puede proyectar sus ofertas sobre la falta de recursos de los países empobrecidos, porque ahora el único viaje que pueden permitirse es el de volver a casa para comer algo. Todos los países empobrecidos no pueden asumir de ninguna manera las ofertas de los países industrializados. Los países emergentes tampoco pueden paliar los stocks, siendo víctimas de la vesania industrial global, que los explota sin miramientos, porque no ve más allá de las narices de su propio lucro. Nosotros tampoco podemos hacernos cargo de tanta ganga (tanto por oferta como por lastre). En la burbuja industrial ya no impera la ley de la oferta y la demanda, sino el sencillo precepto de la “no demanda y la excesiva oferta”. Todos los días podemos ver que bajan los coches de precio y aumenta en exceso la propaganda de vehículos, incluidos los todoterrenos, que nos tememos, y mucho, que puedan no ir a ninguna parte. Ahora casi nos estamos enterando de lo que verdaderamente valía un coche y un piso. Falta poco para enterarnos de lo que vale un peine. No necesitamos agotar la nómina de la burbuja industrial ni queremos cansar más, no sea que no le quede a nadie ganas ni fuerzas, ni siquiera para darse un paseo, ya sea por nuestros alrededores o nuestros adentros.
Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.
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