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(Religión aparte XX)
Familia y religión

Jose Maria Barrionuevo Gil. 15.01.11 

En la vida doméstica en tiempos de Jesús, las tareas de las mujeres consistían, entre otras, en traer agua de los pozos a la casa. Para ello llevaban una cuerda larga y una cubeta para poder sacarla. También se dedicaban al cuidado de las cabras y del ganado menor doméstico. Eran como las pastorcillas de la familia.  En el sistema patriarcal el mando del padre era supremo. La autoridad del padre se ejercía sobre la mujer, los  hijos, los siervos...La mujer tenía una posición de subordinación, no sólo en las labores de la casa, sino en la naturaleza. Las mujeres orientales nunca son consideradas como iguales a los hombres. Así nunca comen con ellos, sino después o aparte de los hombres. Esto no quita que ella pueda ejercer influencia sobre el marido y que el marido le tenga respeto, así como que ella influya y enseñe a sus hijos en los primeros años, si bien las niñas seguían bajo la tutela de las madres hasta que se casaban.


 Cómo llegaban al casamiento es otro tema, ya que los padres tenían derecho a escoger a las chicas que iban a ser las esposas de sus hijos. Esta  prerrogativa se basaba en la costumbre que tenían establecida de que la novia formaría parte de la familia del novio y los padres tenían mucho interés en saber si esa chica (se solían casar muy jóvenes) les convenía. A veces los padres consultaban el tema con sus hijos, pero eran ellos lo que decidían.
 Para que las cosas no se hicieran a lo loco, el novio tenía que preparar una dote con la que se cerraba el trato con la familia de la novia. Ya dijimos antes que las chicas eran muy importantes en las tareas domésticas y la familia las perdía ya que se iban a formar parte de la familia del novio. Como vemos no era muy común, que digamos, la familia nuclear, como nos parece que fue la familia de María, José y Jesús.
 Así en este sistema patriarcal, todas las madres  preferían tener hijos más que hijas y, además, deseaban  no perder la oportunidad de alumbrar al Mesías. Está claro, por tanto, que el Mesías tenía que ser varón.
 En general no nos parece que la formación de la familia estuviera demasiado ligada a la religión. La boda era una fiesta en la que no había ceremonia religiosa. La religión quedaba aparte Las bendiciones no pasaban de ser felicitaciones y expresión de buenos deseos de los invitados para los que se casaban. Más o menos como las felicitaciones de Navidad y las de nuestras bodas actuales.
 Todos los pueblos tenían sus costumbres, y además se contagiaban de las costumbres del vecino, como pasa hoy día con el tan traído tema del divorcio. Nos parece que no queda ninguna religión que obligue hasta la muerte.
 Lo que sí es cierto es que la promesa de vida en común queda abierta hasta el último día de vida y , de hecho, los contrayentes, con más libertad que nunca, pueden asumir y realizar ese compromiso de por vida. Todos conocemos familias religiosas que rompen sus vínculos y familias no creyentes que mantienen su unidad hasta el fin.
 Hace unos días, recibí la visita de un creyente con su biblia y todo y, como siempre, con su escatología por bandolera también argumentaba  que la gente cada día necesita más de la religión. No tuve más remedio que estar de acuerdo con él, y le dije que admitía su afirmación: “Las personas que necesiten de la religión, pues muy bien, bendita su alma”. Pero también le dije: “Las personas que no necesitan la religión, bendita su alma”.
Nos parece muy bien que los adalides de las religiones defiendan sus derechos y hagan públicas sus manifestaciones, para que su parroquia siga con un solo corazón y un solo espíritu. Lo único que podemos aplaudir es que defiendan sus familias, y,  como la denuncia profética no ha pasado de moda, que  denuncien  a  los  suyos  que  se salen de
su ortodoxia. Lo que no nos vale es que se demonice a los demás, porque piensan de otra manera. Los demás no les obligan a ellos a pensar ni a actuarde una determinada manera. Es más, entre los anarcos, comunistas, socialistas... nadie obliga ni entre ellos ni a los demás a que se divorcien y no lleven su compromiso hasta el final.
 Ante el nerviosismo que invade a algunas personas ante estos temas de la familia y ante el montaje que parece tener tintes de una nueva y aguerrida cruzada, no nos queda más que recordar, con cierta licencia, las palabras de Jesús en el Tiberiades:
“¿Por qué teméis, hombres de tanta fe?”.
 
josemª
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