Un ejemplo a eliminar
La Historia demuestra en sus páginas, con independencia de tiempo o lugar, que el poder de un gobierno despótico, la corrupción o la intolerancia no aceptan el disentir, tanto por el “mal ejemplo” que supone su propia pervivencia al no doblegarse, o por lo que pueda significar para los que, en contra de sus sentimientos, han claudicado en la forma de conducirse. En 1535, Enrique VIII dominaba con su poder absoluto toda Inglaterra y, sin embargo, mantenía su constante obsesión por lo que pensara en un lóbrego calabozo de la Torre, un indefenso cautivo cuyos únicos asideros eran su fe, la lealtad consigo mismo y sus convicciones. No importaba ya cuantos habían doblado sus rodillas, bien comprados o por fuerza; tampoco contaba que el terrorífico sistema de delaciones creado por Cromwell hubiera funcionado perfectamente sembrando la inseguridad de cualquier súbdito en todo el país; ni siquiera que los integrantes del Parlamento inglés fueran auténticas marionetas en manos del monarca para cualquier disposición legislativa que tomara. Había que doblegar a Moro o, llegado el caso, eliminarle. Su mente y honestidad eran para el monarca y sus lacayos el peligro a erradicar.
Humanista.
Tomás Moro nació en 1478. Estudió en la universidad de Oxford la carrera de leyes, lo que le llevó a desempeñar desde muy joven diversos cargos en la administración de Justicia. En 1499 se produjo en su vida un hecho de gran trascendencia, al visitar Erasmo de Rotterdam la ciudad de Londres y poderle conocer personalmente. De aquel encuentro nació una sincera amistad entre Erasmo y Tomás, mantenida por una profusa correspondencia epistolar en los años siguientes. Tiempo después, Erasmo volvió a Inglaterra, alojándose en el hogar de los Moro en Chelsea, cerca del Támesis. Precisamente en esa casa solariega, Erasmo escribió su libro “Elogio a la locura”, dedicado a su anfitrión. Moro realizó diversas traducciones como “Vida de Pico della Mirandola” o “Historia de Ricardo III”, pero su gran obra personal fue “Utopía”, editada en 1516. Tanto él como otros autores nórdicos, fueron sensibles a recoger la gran corrupción que primaba en la época en que les había tocado vivir, donde los diferentes poderes estaban comprados con la complicidad de la mayoría de sus integrantes; y creyendo en un futuro mejor escribieron valientemente numerosos escritos para denunciar su propio presente, indicando nuevos criterios de justicia que regeneraran al hombre y la sociedad. Esa conciencia fue la que llevó a Tomás Moro a escribir “Utopía”.
“Utopía”
Fue una isla imaginaria en la mente de Moro, gemela a Inglaterra pero, a la vez, un negativo fotográfico de la propia sociedad inglesa. Si en el reino de los Tudor se reverenciaba el oro por encima de todo, y el duro trabajo de muchos sostenía a unos pocos que vivían gozando de grandes privilegios; en “Utopía” el “vil metal” carecía de esa importancia, basándose la riqueza en la labor desarrollada en el campo, como obligación de todos los ciudadanos para el beneficio común de la sociedad. Además, se abordaba la mejora de la mentalidad a través de la lucidez, pues mientras Europa vivía en el siglo XVI en una absoluta intransigencia y fanatismo, en “Utopía” brillaba como valor imprescindible la más respetuosa y abierta tolerancia. “Utopía” fue un sueño de la razón forjado en el sentimiento humanista de Moro, o mejor dicho, la razón que daba forma a un sueño. Una esperanza al futuro de los hombres que deseando una vida más igualitaria y justa, se encontraban en un mundo egoísta, corrupto y turbulento, dominado por individuos sin valores personales ni honradez en su labor pública. Por tanto, “Utopía” era también la voz serena de la rebeldía por unos cambios consecuentes y muy necesarios.
Encrucijada y nombramiento de canciller
Para lavar la imagen despótica de su reinado, a Enrique VIII le interesó tener en su gobierno un hombre de la integridad de Moro, un insobornable que marcara la diferencia con los abyectos que habitualmente se movían en la Corte entre cacerías, comilonas y citas clandestinas. En varias ocasiones intentó nombrarlo lord canciller, cosa que el humanista rechazó una y otra vez para no comprometer su conciencia en un asunto abocado, más tarde o más temprano, a conseguir la nulidad del matrimonio del monarca con la reina Catalina de Aragón. Pero Enrique continuó su presión sobre Moro, llevándolo a una auténtica encrucijada: su integridad o la obediencia al rey sirviendo a su patria. Finalmente, sin entusiasmo alguno aceptó, con la explícita condición de que no fuera obligado a sancionar ningún acto contrario a su fe.
La fe y el poder se hicieron incompatibles con la razón y tolerancia recogidas en “Utopía”
Con los medios que le daban las leyes vigentes en su estado, Moro defendió la fe católica frente a los reformadores ingleses de tendencia luterana, a los que persiguió y encarceló. Entre 1529 y 1532 hubo tres procesos contra reformadores que acabaron en ejecución, lo que sirvió a los enemigos de Moro para acusarle de brutalidad contra los herejes. Él se defendió negándolo rotundamente, admitiendo que sólo en un par de ocasiones dos hombres fueron azotados directamente por su consentimiento. Aunque puntualmente fuera eso, el ejercicio del poder y la defensa de la fe se mostraron incompatibles con el uso de la razón y la tolerancia defendidos por Moro en “Utopía”. Ejercer el poder desde la cumbre de aquella monarquía absolutista y actuar acorde a los valores utópicos fue impracticable. El enfrentamiento de la conciencia de Moro como cristiano conservador y tradicionalista, ante su propio espíritu humanista que debía respetar la conciencia de los demás, produjo en él una profunda reflexión y un desgaste personal que sólo podría superar marchándose del poder. A esta situación se sumó que, en los años que ejerció su cargo de canciller de Inglaterra, las diferencias entre el monarca y él se hicieron muy ostensibles, dimitiendo Moro en la crisis del llamado “Acto de Sumisión”. Ya fuera del gobierno, se negó a jurar el “Acta de Sucesión”, abrazándose a su silencio, pues sabía como hombre de leyes, que por callar no podía ser juzgado.
Hacia la muerte
Pero en aquella turbulenta Inglaterra la justicia ni nada que se le pareciera en título, existía ya, siendo esa lamentable situación la que llevó al excanciller a ser ingresado en la Torre de Londres en abril de 1534. Dando pruebas una vez más de sus profundas convicciones y entereza, se negó a jurar en reiteradas ocasiones la nueva ley del Parlamento: el “Acta de Supremacía”, lo que le llevó a ser acusado de traición y comparecer en juicio en Westminster Hall. Tomás Moro sabía que estaba condenado de antemano en un simulacro de proceso carente de derechos y con todos los resortes del poder del estado dispuestos para hundirle. Fue el momento en el que Cromwell hizo desfilar a esos personajes de toda la vida, comprados con dinero y prebendas en los juicios, para mentir, difamar o decir cuanto hiciera falta, dentro de un bochornoso ambiente partidista viciado por la sinrazón, en el que, pese a todo, Moro dio toda una lección de abogacía, defendiendo su persona y causa. Vulneradas las normas del Derecho, los servidores de Enrique VIII lo condenaron a la muerte por decapitación, llevándose a cabo la ejecución en Tower Hill. Antes de morir, dijo: “Muero como buen servidor del rey, pero de Dios primero”. Hervida su cabeza, fue clavada en la Puerta de los Traidores del puente de Londres; precisamente la testa de un hombre que prefirió perder la vida a traicionar o vender el valor más importante que poseía: su conciencia.
Guionista, película y actor.
Robert Bolt escribió para el teatro una extraordinaria obra que, pocos años después, con un guión también de su autoría formaría la columna vertebral de la película “A man for all Seasons”, producida y dirigida por Fred Zinnemann. Con un total de ocho nominaciones, el film recibió seis Oscar en 1966, entre ellos, mejor película, mejor director y mejor actor. Éste no era otro que la gran figura del teatro londinense Paul Scofield. Comparado en numerosas ocasiones con Laurence Olivier, por sus excelentes interpretaciones de los personajes de William Shakespeare; Scofield hizo una soberbia interpretación de la figura de Tomás Moro, papel que ya había realizado anteriormente en teatro con la obra de Bolt, tanto en el West End londinense, como en Broadway. Y es que la identificación del actor con la integridad de su personaje preferido, llegó más lejos de los estudios y de las tablas, en cuanto a no ver mediatizada su labor profesional con títulos y reconocimientos procedentes del mundo de la política. Así, por tres veces consecutivas rechazó de la Corona británica el título de Sir. Cuando el actor murió en Sussex el 19 de marzo de 2008, el exquisito teatro inglés y el séptimo arte en general perdieron a una de sus figuras más relevantes del siglo XX.
“Un hombre para la eternidad” y Scofield en el recuerdo.
La primera vez que tuve la oportunidad de ver “Un hombre para la eternidad”, fue en 1967, en un cine de Málaga llamado “Royal”, ya desaparecido. Por entonces, contaba catorce años, estudiaba 4º de Bachiller en el Instituto de Martiricos y mostraba una especial predilección por el cine histórico. A Paul Scofield lo había visto un año antes en la película “El tren”, interpretando magistralmente a un coronel alemán con la misión de llevar hasta Berlín un tren cargado de valiosas obras de arte, esquilmadas y sacadas de París en las semanas que siguieron al desembarco de Normandía y la consiguiente retirada de las tropas germanas de Francia. En cuanto a “Un hombre para la eternidad”, hay un apartado del principio de la película, extraordinario por el mensaje que conlleva, respecto al camino que para la integridad de su conducta debe seguir un cargo público. Moro es un hombre de leyes asediado por personas que piden favores en los casos que debe juzgar, ambiente en el que, con frecuencia, se le ofrecen obsequios para comprar su voluntad. Un intento de soborno servirá para que Moro explique a un joven discípulo suyo, deseoso de medrar en la Corte, que no elija ese camino por la corrupción existente en el poder, animándole a que con su propio esfuerzo y sacrificio se haga maestro y, en ese ejercicio de la docencia, sea una persona independiente que pueda influir positivamente en la formación de los más jóvenes. Sin embargo, el discípulo optará por medrar, actuando con rencor contra el humanista (por ser testigo directo de su trayectoria), al trepar y vivir en la excrecencia de los poderes públicos donde se repartían cargos, prebendas y desembolsos económicos a dedo. Para terminar, citar que el feroz enemigo de Moro, Tomás Cromwell, tuvo cinco años después el mismo fin que su víctima, al ser decapitado por alta traición, pero con una diferencia: que el verdugo no fue hábil en su trabajo, teniendo que descargar el hacha en varias ocasiones. En cuanto al rey Enrique VIII, murió deformado por la sífilis como colofón de una vida saturada de excesos. |