Anoche estuve en el Teatro Echegaray de Málaga, era una animada noche de viernes, con la gente aquí y allá, sentadita en las terrazas de los bares tomando la primera caña de la noche. En el teatro tocaba Toni Zenet, un malagueño que, visto lo visto, debe llevar toda la vida tocando de bar en bar animando el cotarro incluso cuando el personal está mirando para otra parte. Anoche no fue así, hace muchas noches que a Toni le llegó el éxito, no sé si de casualidad, pero como a otro malagueño (humorista para más señas) le ha llegado después de mucho currar y es entonces cuando se saborea con mucho más gustito. El caso es que anoche, en el primero de los dos conciertos que dará en este teatro, la sala estaba hasta la boca, como se dice vulgarmente. Yo ocupaba mi asiento con cierta expectación dubitativa, más que nada porque había escuchado el disco y no me había gustado demasiado, quizá porque tengo un poso rockero que a veces filtra la música que escucho de un modo inconsciente, aunque a veces consigo que no se salga con la suya.
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Ante mí, un escaso mobiliario hacía presagiar un espectáculo intimista. A la izquierda, un contrabajo esperaba tumbado dando la espalda al público, como una mujer tumbada en una cama, destapadita y con la espalda iluminada por la luz de la ventana, en este caso los focos. A la derecha, una silla que esperaba a su ocupante tanto como nosotros esperábamos la salida del artista. En el centro, un taburete y un micrófono, que como la silla esperaba a su dueño, el artista. Una escena de bar de jazz, de mini cabaret, de taberna malagueña con cartel de "se prohíbe el cante y el baile". Solo faltaba la nubecilla de humo en el ambiente, pero yo, antitabaquista como soy, no lo eché de menos.
No se hizo esperar, Toni Zenet apareció en escena un segundo después que sus músicos, para ofrecer a continuación la canción que le ha llevado al estrellato, esa que sirvió de sintonía del anuncio promocional de la serie "Anatomía de Grey" y que hizo que todo el mundo se preguntase quién cantaba aquella canción. Con ella, se metió a la gente en el bolsillo y yo, espectador escéptico, me di cuenta de que echaba muchas cosas de menos en la música. Me reencontré con la música en estado puro, con tres tipos con sus instrumentos (contrabajo, guitarra y voz) que ofrecían su sonido desnuditos, sin grandes efectos luminosos, sin grandes producciones que esconden una nota mal tocada, una letra mal interpretada. Cualquiera que haya intentado tocar música sabe que es muy fácil meter la patita y que algo que debía sonar fantástico se convierta en una especie de chirrido inaudible. Eso no ocurrió. La guitarra, el contrabajo y la voz se deslizaron por el ambiente y para la tercera canción Toni Zenet ya tenía al público entregado (aunque hay que reconocer que estaba predispuesto a ello).
Y así, entre canción y canción, Toni presentaba las canciones como un monologuista experimentado. Monólogo interrumpido por el público que participó en el show que se mezclaba con las canciones, y Toni respondía haciendo que la comunión entre artista y público fuese completa. Artista y público entregados. Ante dicho espectáculo intimista descubrí que, aunque premeditado, era verdad. Lo era en los gestos del guitarrista que disfrutaba tanto de la música como de sus compañeros de escenario, como en los gestos al interpretar de Toni Zenet, vitales y enérgicos, en los momentos de lucimiento de cada uno de ellos, donde el cantante no es el único protagonista. La verdad en la música, algo que también echaba de menos.
Al final, sin ser un fan de su música, uno sale del teatro confirmando que pueden escribirse letras de amor cotidianas y distintas, uno sabe que ha estado escuchando buena música, muy buena, más allá de que a uno le guste más o menos, uno sabe que ha estado presenciando un gran espectáculo. Esta noche, sábado 2 de octubre de 2010, se repite el espectáculo para aquellos que han tenido la fortuna o la anticipación para haber sacado la entrada y para aquellos que, en un acto de fe, se acerquen a las taquillas para adquirir una de las pocas localidades que han quedado libres. Intentadlo, puede que la suerte os sonría, si es así no os arrepentiréis. Si no, siempre podéis tomaros unas tapillas por el centro, y para eso, cualquier excusa es buena. |