No deja de parecerme ridículo, a estas alturas de la película, la inquina con que nos atacamos mutuamente tachándonos de nativos o foráneos cuando hoy apenas existen fronteras que separen a los pueblos del mundo y todos gozamos de pleno derecho, respetando las leyes de cada lugar, de elegir el lugar que más nos guste o convenga para vivir. A lo largo de mi ya larga vida he tenido la oportunidad de vivir en diferentes lugares dentro y fuera de España. En todos ellos, (incluida ésta Málaga que me vio nacer y que tanto quiero) he tenido que soportar diferentes situaciones, desagradables unas, violentas otras, que me han hecho dudar de la calidad moral de algunas personas en las que creí y a las presté mi apoyo y di mi confianza; alguna vez he tenido que aguantar cierta hostilidad racista de algún desaforado por encontrarme en SU tierra.
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Pero cuantas veces he creído que me asistía la razón o no tenía por qué aguantar insultos, me he enfrentado a la PERSONA, reprochándole su conducta sobre lo que he creído desleal o vejatorio en su comportamiento para conmigo, sin permitirme nunca criticar el LUGAR donde haya podido ser ofendido o decepcionado, y mucho menos mencionar despectivamente su nombre No hay que esperar que todos nos gustemos mutuamente, ni que nadie obre a la entera satisfacción de todos; pero si la libertad de expresión nos permite criticar cualquier actuación que nos parezca incorrecta, no nos puede permitir poner en duda el buen nombre y la dignidad de un lugar con palabras que alguien pueda tomar como injuriosas. Y creo que en el caso que nos ocupa, como en tantas otras ocasiones en que se acaba en un intercambio de duras críticas muchas de ellas rozando el insulto, el origen está en unas manifestaciones, cuando menos desafortunadas, de alguien que no piensa que las palabras se han de medir con todo rigor a la hora de hacerlas públicas.
El trozo de tierra donde se nace, por pequeño y poco importante que éste sea es para cada cual tan sumamente querido, respetable y honroso como el propio apellido, y es una obligación legítima defenderlo contra todo y contra todos. Pero no sólo hay que defender nuestro lugar de nacimiento: cuando elegimos un lugar determinado para vivir y realizarnos, y mientras estemos en él por propia voluntad éste se convierte en algo al que debemos, cuando menos, consideración y respeto si es que no somos capaces de apegarnos a ésa porción de tierra en la que tratamos de echar raíces. Se puede estar en desacuerdo con alguien y criticar su conducta o actuación si ésta no nos perece correcta. Pero las descalificaciones personales o sobre las ideas de cada uno, el juego de palabras sobre nombres y apellidos o sobre los símbolos con los que cada cual pueda identificarse deben quedar al margen de discusiones y críticas para que nadie, ajeno a enfrentamientos personales, pueda sentirse agredido o simplemente molesto. Por eso me extraña que se critique con tanta virulencia a los que con toda razón se sienten ofendidos por que se descalifique a su pueblo o porque se haga mofa distorsionando su nombre. Aunque a tales descalificaciones se las pretenda dar un tono de dudosa jocosidad. A NADIE nos gusta ni consentimos que hieran nuestros sentimientos. |