¿Qué circunstancias personales hicieron que un buen estudiante como era yo pasara un veranito en Campillos? Pues que suspendí Selectividad en junio, cuando me incorporaba a hacer “la mili” como voluntario el siguiente mes de octubre. Y ¿cómo es que suspendí? Pues resulta que, como recordará la gente de mi época, en la asignatura de Filosofía habían dos opciones, A y B, que, si no recuerdo mal, estaban formadas por los seis primeros temas y los seis últimos del temario. En mi curso, a eso del mes de marzo, nuestra profesora, llamada Lourdes (prefiero no recordar su apellido), se dio de baja por su avanzado estado de gestación; su sustituto se incorporó unos diez días después de su baja (hasta ahora, nada especialmente alarmante). Cuando este señor vino a clase y nos preguntó por donde íbamos, le comentamos que por Platón, no dijo que, a esas alturas del curso, le era imposible dar por falta de tiempo, ni siquiera, el temario de la opción A, esto es, ¡la mitad del temario!
Llega Selectividad y, en la opción A cae.... Renacimiento, principio de la modernidad, el último tema de la opción A que, por supuesto, no habíamos dado en clase. Resultado: del total de alumnos/as que nos presentamos, aprobó UNO selectividad, pues la mayoría teníamos un cero en Filosofía.
¿Pasó algo en el Instituto? ¿Le preocupó a alguien o se sancionó de alguna forma a la profesora? ¡Res de res!, como diría un catalán.
Primer día en el Colegio de Campillos. Como éramos los chicos de COU, los mayores, el director nos dirigió una palabras que me aclararon bastante el tema. Este señor comenzó lanzando una reflexión: “ustedes que piensan, ¿qué esto es un colegio? Pues no señores; esto no es un colegio; es un negocio que funciona de la siguiente manera; si la mayoría de ustedes suspende selectividad, el año que viene nadie traerá a sus hijos a estudiar a este colegio, con lo que el negocio no funciona; que la mayoría de ustedes aprueban selectividad con nota, el año que viene tendremos cola solicitando entrar en el colegio, con lo que el negocio funciona. Por nuestra parte, pondremos toda la carne en el asador para que el año que viene haya cola para entrar...” ¡y vive Dios que lo hicieron!
Lo que cuento es un caso particular, evidentemente. He tenido en mi carrera académica profesores y profesoras fantásticos, profesionales preparados y comprometidos con una profesión tan compleja y vocacional como es la de docente; por recordar algunos a los que les tengo mucho cariño, D. Domingo o D. Miguel Sáez en el Ciudad de Jaén, D. Carlos Criado, “El Millán” o “El Barbarroja” (no recuerdo sus nombres) en Torremolinos, y muchos más en la Universidad. Pero también recuerdo a aquellos que fueron desastrosos en mi paso por la enseñanza pública; recuerdo que a un profesor de mi mujer que daba en quinto de medicina, le llegaron a hacer hasta una manifestación porque nadie hacía nada ante la actitud despótica del individuo (se cargaba al 95 % del alumnado, y no pasaba nada). Esto, en una institución privada es impensable.
Lo dicho; tan sólo mi experiencia personal. Creo que, tanto en una como en otra, hay de todo, como en botica. |