Después de tantos días en claro y muy claro buscando su biblioteca y no hallando más que una pared donde antes había puerta, resolvió D. Quijote algo, que sin duda no le negarían, aunque el cura pensara que la simpleza de Sancho podría reconducir de nuevo a D. Alonso a las andadas. Dicho y hecho. En su alcoba platicaba don Quijote con Sancho.
— Mira Sancho que estos me han forzado para que me retire de hacer el bien a tanto menesteroso y enmendar a todo hideputa gobernante de república que no cumpla con sus ciudadanos.
Además creen que mi sesera está tan seca, que me engañan con supuestos encantos de los magos Fritón y Muñatón haciendo desaparecer mi biblioteca.
— Eso será mi señor Don Quijote un encanto de algún mago ocioso.
— ¡Pero que sabrás tú de encantos! — respondió Don Quijote.
— ¡Que no mi amigo Sancho¡. — Que me engañan, pero no por esas, me harán desistir en mi afán de buscar aventuras que me esperan para agrandar mi nombre y grandeza de caballero más allá de los siglos.
— Pues muchas razones deberá vuestra merced dar, para que estos guardianes den la libertad que vuestra merced requiere para todos esos menesteres que dice.
Don Quijote que seguía con sus cábalas, le respondió a su ingenuo escudero:
— Sancho, sé de un mago que nos ayudará a tan noble tarea. Escaparemos con su ayuda pues es muy y gran amigo mio. Llámase él Frestón y es capaz de convertir una montaña en meseta reseca.
— Pues siendo así mi señor Don Quijote, ya me veo más cerca de mi ínsula o reino que lo mismo me da una cosa que otra con tal de gobernar, aunque sea allá en el caluroso Al-andalus.
Siguió el caballero manchego su amena conversación con su fiel escudero, cuando de repente toda la alcoba se vio bañada de una luz tan potente que pareciera que todas las estrellas del universo se hubieran dado cita alli en tan diminuto habitáculo. Y es ahí, cuando aparece el que sin duda hará cambiar el rumbo de esta historia por todos conocida. Bueno casi todos, que hay mucho analfabeto funcional que aun no ha leído las idas y venidas de D. Quijote por las Españas.
Frestón muy irritado con tanto caballero andante, advirtió a Don Quijote que estaba muy ocupado con los Doce de la Fama y que le contara rápidamente su cuita para finiquitarla lo antes posible.
— Amigo Frestón, estos hideputas del cura, el bachiller Sansón Carrasco, mi ama de llaves y su hija me quieren hacer creer que un encantamiento ha hecho desaparecer mi biblioteca. Treta inútil para disuadirme de arrebatarle la gloria al mismísimo Amadis de Gaula. Prisionero estoy de estos ingenuos que creen que estoy loco de atar; Para realizar tan ansiado deseo de socorrer a quien de mí lo necesite, es por lo que te pido la libertad de este humilde caballero andante y su fiel escudero.
Cuando quiso proseguir se encontró don Quijote con su Rocinante, lanza en astillero, adarga antigua y yelmo en lugar extraño. Su inseparable Sancho con su rucio le seguía en una postura escuderil digna de ver.
— Sancho que no sé a donde D. Miguel nos lleva. Mucho erraría si te dijera que estamos en Sierra Morena y menos aun en la Playa de Sanlúcar tierra del malicioso ventero en nuestra primera salida. Menos aun en los Percheles de Málaga o el Compás de Sevilla. Mas me pareciera que me encuentro aun en la Mancha. Tanto llano y polvo de este erial así lo atestiguan. No creo que Don Miguel sea tan visionario que en su afán de gustar a las generaciones futuras nos halla mandado al astro menor compañero de la tierra.
— No sé mi señor Don Quijote si estamos en la luna, mas paréceme que no hemos vencido a la gravedad, cuanto más, que allá a lo lejos veo algo que se mueve cerca de una colina o hacho si la mar oceana cerca estuviera.
— Sancho amigo mío, aventura tenemos y grande será según mi experiencia de caballero andante. No sé dónde nos envió el mago Frestón pero cualquier lugar en libertad es mejor que una prisión de oro aunque esta sea tu casa
— Acerquémonos Sancho que un gigante descomunal como Fierabrás de grandes brazos araña sin cesar esta bonita sierra arrasando todo por delante. Mi señora Dulcinea me ampara y su fermosura me ayudará en este duro trance para deshacer este entuerto que ese gigante a la naturaleza hace.
En diciendo esto arremetió nuestro hidalgo lanza en ristre contra una pala que escarbaba en las entrañas de la sierra.
— Descomunal alimaña, en feroz combate estás con el Caballero de la Triste Figura, si no es que inmediatamente dejas de sangrar esta bonita sierra con tus descomunales dientes, y clamas a los cuatro vientos que Dulcinea del Toboso luce mas que el sol en todos los puntos cardinales de España, tanta es su belleza.
El operario que manejaba la pala y vio aquella esperpéntica figura acercarse con cara de pocos amigos, quedó anonadado por el impacto de aquella visión carnavalesca que se le acercaba con los ojos desorbitados y los dientes apretados. Sancho no paraba de gritar a su señor que parara su alocada carga, pues aquel era hombre que por razones que no llegaba a entender manejaba una sofisticada y compleja maquina y no bestia o gigante.
El batacazo de D. Quijote fue tan grande después de rebotar contra las ruedas de la pala, que rodó cuesta abajo tantos metros que tardaron un buen rato en llegar hasta él, Sancho y el desconcertado operario de la pala.
— Decidme buen hombre que máquina es esa que tan terribles bocados da a esta bonita sierra y en que lugar de España nos hallamos.
— “Po que maquina va a cé ehta. Una pala no la ve uhté. Y ehta é la cantera de Alhaurín de la Torre hoé.”
En esto que Don Quijote se recuperaba del aturdimiento del golpe y dijo : “ Agi Morato debe ser este que así habla al servicio de algún malandrín hideputa.
No las tenia Don Quijote todas consigo y preguntó que donde vivía el señor de la villa, si en castillo, casa señorial o palacio ducal, que cualquiera es digna para ese rango.
— “Mire uhté que yo no entiendo ná de lo que dice, pero si pregunta por el arcarde vive en su piso. Que aquí no hay ná de lo que uhté dice y trabaja en el Ayuntamiento. Se llama Don Pampín de Casas Nuevas y é mu gúena hente.To er mundo lo quiere una hartá.”
— Muy simple es este Agi Morato, Sancho amigo, y muy agradecido por lo que se ve. Eso es de buen nacido amigo Sancho. Extraño lugar es este donde todo es blanco y grandes artificios se pelean con la sierra en un afán de herirla profundamente para después arrastrar sus piedras a lugares lejanos.
— Mi señor que esto es una sierra y en un “trocito” de ella se extrae la piedra como en cualquier cantera para las obras públicas. Que la sierra es muy grande y no es para tanto.
— Calla Sancho que este Don Pampín de Casas Nuevas, más se parece al Gigante Caraculiambro. Este negocio irá viento en popa, si este Caraculiambro confiesa en pública alocución que dejará de hacer sufrir a la montaña con sus terroríficas criaturas y además que es Dulcinea excelsa señora donde las halla, allá y acá en estas tierras molidas y hermanas del polvo serrano.
Llegados habían el peculiar dúo carnavalero a las puertas del Excmo. Ayuntamiento y en la explanada de sus puertas gritaba D. Quijote: — ¡Conmigo estás en desigual batalla malvado Caraculiambro o como quieras que te llames Casas Nuevas, si no es que proclamas aquí mismo que Doña Dulcinea es la más bella doncella por ti conocida y aún de las desconocidas. Villano y mal señor serás de este destartalado e indefenso castillo si no cejas de dañar la sierra que rodea a este bonito lugar por mi desconocido.¡
Algunos vecinos que allí estaban reunidos con grandes sábanas pintadas gritaban: ¡ viva don Quijote ¡.
— ¿ Que vocifera esta plebe y que desea de mi amigo Sancho?.
— Mi señor son carne de galeote para nuestro señor el rey, porque osan dudar de la autoridad de Don Pampín de Casas Nuevas para explotar la sierra por las máquinas y no criaturas de algunos amiguetes.
— ¿Acaso necesitó el Amadís de Gaula la plebe para resolver sus batallas con tan grandes y afamados gigantes?. ¿Cómo iba a necesitarlo el Caballero de la Triste Figura?.
— ¡ Te desafío gran Catilina, que muchas deben ser tus artes para derrotar a este simple caballero, desfacedor de entuertos, alivio de viudas y menesterosos. Fuerte brazo de la plebe ignorante para defender sus haciendas y su salud allá en la sierra. Ni tan siquiera el gigante encantador Malambruno te librará de la justicia de mi brazo armado.
La fiel y disciplinada guardia pretoriana de Don Pampín hizo presencia con sus motos y parafernalia militar para que el orden público no se alterara más de lo necesario allí a la entrada del Consistorio con tanto “chalao” de carnaval y defensores de la naturaleza, o de la sierra, o de la salud, que para hacer la puñeta a Don Pampín siempre hay voluntarios, lo que contradice lo mencionado por el operario de la pala allá en las canteras sobre la persona del señor de Casas Nuevas.
—Socorredme Señora en esta hora que el Catilina hideputa me quita la honra de vencerlo mandándome a sus leales lacayos. De esta victoriosa batalla amigo Sancho saldrás gobernador de la ínsula de Barataria o de Retamaria, que con tal de gobernar y bien, las dos son dignas para tan fiel escudero.
La manta de palos que le cayó a Don Quijote fue tal, que al final no había ni un solo hueso de su cuerpo que no le doliera. Solo un noble policía emulando al Conde de Eguémon se vió libre con su acto de denuncia por tan denigrante paliza a un loco caballero, salido de alguna pesadilla o sueño surrealista. Acaso alguna estratagema más de los de siempre. Rojos sin corazón que niegan lares públicos a fieles vasallos de Don Pampín de Casas Nuevas. Rebotados y resentidos Bellidos Dolfos dispuesto a cualquier cosa para granjearse el favor de Don Pampín.
— ¡Ay Sancho, dolido tengo todos los huesos y coyunturas de mi cuerpo¡. Dame el ungüento de Fierabrás que he de recomenzar la desigual batalla.
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Aquí termina este disparate de D. Miguel, que sin duda viéndose imbuido al igual que su imaginario personaje de historias imposibles, deambuló durante algún tiempo por vericuetos desconocido de su mente. No le bastó que su loco intentara poner sentido común, honradez y vergüenza a sus contemporáneos, sino que conocedor de las debilidades humanas, quiso hacer lo mismo en el futuro de un rinconcito desconocido, apenas una aldea, de nuestra soleada Andalucia.Hasta aquí la ficción y visión futurista de D. Miguel.
Hoy los libros de caballería se siguen vendiendo en formatos diversos para adormecer a las masas. Más contentos con unas palmeras , que con el aire polucionado que respiran sus hijos. Más preocupados por la imagen, que por subsanar los problemas reales de su pueblo. Más preocupados por la carcasa de su móvil que la precariedad de su contrato laboral. Más preocupados en ver el No-Do de Torrevisión que en exigir la emisión de los Plenos Municipales.
Los encantadores de serpientes en estados larvarios de ideologías reaccionarias, siguen ahí para recordarnos que en cualquier momento la eclosión y desenmascaramiento posterior de los que se ocultan detrás de centros reformadores, puede ser una realidad para cortarle las alas a todos los Quijotes y seguidores de utopías “trasnochadas” que atenten contra sus intereses o lo que es peor: el de sus amos. Don Quijote no arreglo nada. Solo recibió vapuleos, manteos befas y burlas varias .Vivió loco, murió cuerdo.
Después de cuatrocientos años no solo está vivo sino que, contagió su locura a muchos hombres que a través de los siglos imitaron su ejemplo, luchando en pro de los más desfavorecidos, los parias de la sociedad. Ser Quijote en nuestros días puede y debe ser un orgullo para todo aquel que imite tan admirable conducta. La de un hombre de ficción al que muchos jamás podrán imitar. Sus malévolas chabacanerías y soez vulgaridad amén de sus corruptas acciones, le impiden un mínimo acercamiento a tan noble ideario quijotesco.Ni tan siquiera han leído lo mejor de nuestra lengua. Llueve sobre mojado.
P.D. Pido perdón por tan pobre imitación literaria, que no quiere emular lo que no se puede. Solo es un pequeño homenaje a Cervantes en la celebración del Cuarto Centenario de su mejor obra.