Tienen la facultad de programar nuestras emociones en función de determinados nichos de ocio que denominan fiestas. La pseudo-tristeza de la Semana Santa, la alegría del verano, la nostalgia de la Navidad. Tempos emocionales dirigidos al momento litúrgico más importante del Sistema, a saber, el consumo. Los centros históricos, durante mucho tiempo focos de sedición, han sido reservados al turismo y al consumo de alto poder adquisitivo. Echan a los pobres, a los inmigrantes. Limpian el lugar de esclavos. Siembran de cámaras las calles. Multiplican la vigilancia policial. Una determinada estética obliga. Se han convertido en atolones de la magia mercantil, mantenidos, junto al narcótico de la seducción, con la fuerza de la violencia legalizada por ellos mismos y por aquellos que votan desde la oscuridad y la lógica del metro cuadrado que le rodean (¡La Democracia, desde la ignorancia, o falta de conciencia política, y la Religión, desde la superstición, o falta de conciencia moral, son fraudulentas!).
La metrópolis es la muerte simultánea de la ciudad y del campo, en la encrucijada donde convergen todas las clases medias. El cinismo de la arquitectura contemporánea es indicativo de que la domesticación de conciencias ha empapado todo tipo de personas y de quehaceres. Un colegio, un hospital, un mercado, no son más que distintas variantes del mismo tema: transparencia, neutralidad, uniformidad. Edificios masificados, sin necesidad de saber qué albergarán, y que podrán estar aquí del mismo modo que en cualquier otro lugar.
Aunque vislumbremos algunos fragmentos de ciudad y algunos residuos de campo en la metrópolis, la vida, lo interesante, se ha asentado en los lugares de confinamiento. Estamos ante una gran paradoja. Sitios aparentemente inhabitables tienen un aspecto más poblado que esos apartamentos de alto «standing» donde sólo se pueden colocar los muebles y perfeccionar la decoración esperando el próximo traslado. Los barrios de chabolas, son en muchas megalópolis los únicos lugares vivos, vivibles, y no sorprenden que sean los lugares más mortales.
La multiplicación de los medios de transporte y de comunicación nos arranca sin cesar del «aquí» y del «ahora», mediante la tentación de estar siempre en otro lugar. Esta movilidad sólo implica desarraigo, aislamiento, exilio. Esto nos lleva a reconocer que para sobrevivir a la uniformidad que nos rodea, la única alternativa es reconstituir continuamente el mundo interior. Fortalecernos endógenamente para poder luchar contra todo lo que nos ve como meros instrumentos, como simple mercancía perecedera.
La metrópolis es una de las formaciones humanas más vulnerables que jamás ha existido. Flexible, sutil, pero frágil, profundamente vulnerable. Un cierre brutal de fronteras a causa de una gran epidemia (real o ficticia, como la última gripe aviar), el estallido de un volcán y la propagación de sus cenizas (que ha distorsionado recientemente el espacio aéreo europeo de forma radical), una carencia cualquiera en un suministro vital, un bloqueo organizado de los ejes de comunicación (Cuba, Gaza…), los últimos intentos alemanes de destruir España desde la mentira y la especulación (nuestras autoridades callan), y todo el decorado se desmorona, sin poder seguir ocultando que vivimos en un mundo que no iría tan rápido si no estuviera constantemente perseguido por la proximidad de su caída, de su final. El control permanente de los flujos de informaciones, de hombres y mujeres, de mercancías debe garantizar la movilidad metropolitana, asegurar que nunca falte un palé en un almacén de mercancías, que nunca aparezca una tarjeta robada en el comercio o un terrorista en el avión… Gracias a un pasaporte biométrico o una base de datos de ADN.
Empero, la metrópolis produce los medios para su propia destrucción. El «Poder» lo sabe, y consecuentemente lo evita, lo edulcora, lo disfraza, desviando la atención del Pueblo hacia horizontes artificiales creados con una sola finalidad: seguir amasando dinero y poder. ¿Cómo detener el «perpetuum mobile» de la metrópoli? La metrópoli es el terreno de un incesante conflicto de baja intensidad, donde amos y esclavos mantienen una guerra a muerte. Del «pienso luego existo» cartesiano hemos desembocado en el «consumo luego soy dios» de la postmodernidad. La simulación se apodera de todo. La fotografía de los paisajes, la escritura de los pensamientos, la televisión de los acontecimientos. ¿Qué ocurriría si arrojáramos a la basura todas las televisiones? Sería el gesto de un esperanzador comienzo. La aurora de un mundo nuevo. Estaríamos recuperando el mundo real. El televidente es cada vez más como el fumador pasivo. Tal vez los efectos del tabaco sean menos dañinos. Antonio Bukowski |