Después de muchas declaraciones sobre el derecho de las mayorías, totalmente sesgadas y oportunistas, mucho más que oportunas, a mantener o poner los crucifijos en las aulas, una vez más se alegan curiosas razones que además no son exactas, pero eso sí, por la virtud (o vicio) del redondeo, se salda la cuenta hablando de veinte siglos de tradición en Europa o de Europa. La historia o leyenda de la Invención de la Santa Cruz se debe a los desvelos de Santa Elena, que era la madre del emperador Constantino, quien con el Edicto de Milán, en el año 313, permitió la religión cristiana en el Imperio. Después de esta fecha, fue cuando a Santa Elena le dio por buscar (la invención) la Santa Cruz. Así comenzó la deriva de las reliquias. |
Es más, con lo que se ha llamado el “constantinismo”, fue la Iglesia quien se plegó a los tics del Imperio, que como bien sabemos ya existía de antes (y no el Imperio a la Iglesia). Por tanto la tradición laica o el que cada uno tenga sus dioses o no, ya sean domésticos (lares, manes y penates), ya oficiales, es anterior y en muchos años a una tradición religiosa cristiana que tuvo su tiempo concreto de gestación, nacimiento y crecimiento. Hasta entonces los cristianos tenían otros símbolos religiosos, que se conservan en algunas religiones cristianas, hoy en día. Sabemos que ninguna de estas religiones cristianas nos está dando la vara para que sus símbolos presidan las aulas. Tampoco lo hacen las demás religiones. Por otro lado, también sabemos que las aulas ya no tienen obligatoriamente una orientación o sentido determinado hacia la pizarra o la mesa del maestro. Se trabaja muchas veces en grupos y de espaldas a la pizarra, ya que un aula no es necesariamente una iglesia, donde todos están atentos a quien preside, desde su cátedra, un evento religioso y donde no tiene cabida la discusión ni el debate. Pues bien, cuando uno (o más de uno) escucha esta defensa del crucifijo en las aulas con la vehemencia de quien parece hablar “ex cathedra”, no tiene más remedio que recordar lo que decía, hace ya cuarenta años, el actual Papa. ”De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más propicia. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Se habrá de presentar a sí misma, de forma mucho más acentuada que hasta ahora, como comunidad voluntaria, a la que sólo se llega por una decisión libre. ”Como comunidad pequeña, habrá de necesitar de modo mucho más acentuado la iniciativa de sus miembros particulares... ”Volverá a encontrar su auténtico núcleo en la fe y en la plegaria y volverá a experimentar los sacramentos como culto divino, no como problema de estructuración litúrgica. Será una Iglesia interiorizada, sin reclamar su mandato político y coqueteando tan poco con la izquierda como con la derecha. Será una situación difícil. Porque este proceso de cristalización y aclaración le costará muchas fuerzas valiosas. La empobrecerá, la transformará en una Iglesia de los pequeños. El proceso será tanto más difícil porque habrán de suprimirse tanto la cerrada parcialidad sectaria como la obstinación jactanciosa. Se puede predecir que todo esto necesitará tiempo. El proceso habrá de ser largo y penoso. (Ratzinger: Fe y futuro. En “Sígueme”. 1973 pp. 76-77. Original: 1970).
Ya no sabe uno si hay falta de conocimientos históricos, si hay amnesia de lo que en un momento ha estado a mano de las autoridades eclesiásticas o la razón ha tenido a bien blindarse para no dar impresión de debilidad, pues no en vano hablan no sólo “ex cátedra”, sino de parte del mismo Dios. Ratzinger, además, habla de suprimir la parcialidad y la obstinación. Sin embargo, nosotros, con todo respeto, o aún más si cabe, suprimimos los calificativos de Ratzinger (cerrada, sectaria y jactanciosa), porque nos parecen durísimos. Los privilegios se van difuminando, con el tiempo, en aras de los derechos de todos. Todos somos iguales ante la ley, cuestión que actualmente no queda clara, como si no estuviera bien definida, ya que todavía hay privilegios políticos, sociales y religiosos. Así desapareció el antiguo “derecho de consorte” entre los enseñantes, que privilegiaba a unos, menoscabando el derecho de los demás. Hasta cuándo vamos a estar escuchando teorías o demagogias, a todas luces evitables, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que no podemos seguir atentos a tantas declaraciones y reivindicaciones, que se nos antojan añejas y no precisamente tradicionales. La convivencia en las aulas no se va a deteriorar por el hecho de que los crucifijos o símbolos religiosos estén en el sitio adecuado y no, por el contrario, recluidos y olvidados (o al menos ignorados, cuando los alumnos y profesores trabajan) en las aulas, que para más INRI tendrían que exclamar desde su Gólgota áulico actual: “¿Por qué me has abandonado?”
josemª Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |