Nos encontramos instalados en una gran paradoja, donde el trabajo ha triunfado sin rastro de los otros modos de existir, a la vez que los trabajadores se han vuelto prescindibles. Los incrementos de productividad, la deslocalización, la mecanización, la automatización y la digitalización de la producción han progresado tanto que han reducido a casi nada la cantidad de trabajo vivo necesario para la confección de cada mercancía. Estamos ante una sociedad de trabajadores sin trabajo.
El conjunto de tareas que no han podido ser automatizadas forman una nebulosa de puestos que, al no poder se ocupados por máquinas, son ocupados por cualquier individuo»: manipuladores, reponedores, trabajadores en cadena, temporeros, y un largo etcétera. Mano de obra flexible, indiferenciada y cambiante, que no puede asociarse en una fuerza, puesto que nunca se encuentra en el centro del proceso de producción. El trabajo temporal es la figura del obrero que ya no lo es, que ya no tiene un oficio sino unas competencias que va vendiendo en cada trabajo puntual que realiza. Han conseguido convertirnos en mercenarios de nuestra libertad y dignidad, por mor de cubrir una serie de necesidades mayoritariamente superfluas.
La amenaza de una desmovilización general recorre el sistema de producción actual. No hay más que detenerse a analizar la desconexión que se ha producido entre sindicatos y funcionarios en la reciente llamada a la huelga. ¡Los esclavos tienen miedo! Saben que su «señor», el dinero omnipotente, ha fracturado el orden con sus insaciables ansias de poder. Pero no importa, ellos saben muy bien que, no se ha encontrado a día de hoy mejor método disciplinario que el asalariado. Cuánto daño ha ocasionado la errónea interpretación de la autonomía ilustrada, creando individuos libres y aislados como mónadas sociales. Esta idea falaz por quimérica, de individuo autónomo, libre y racional, ha posibilitado que los dueños de nuestras vidas continúen con el desmantelamiento de los «logros sociales», a fin de hacer volver al seno salarial a los más reacios, aquellos que sólo se rinden ante la alternativa entre morir de hambre o pudrirse en la cárcel. La explosión del sector esclavista de los «servicios personales» debe continuar: mujeres de la limpieza, hostelería, masajes, asistencia a domicilio, prostitución…Todo ello acompañado de un aumento continuo de las normas de seguridad, de higiene, de comportamiento y de educación, de una aceleración en la fugacidad de las modas, que establecen por sí solas la necesidad de tales servicios.
Trabajar, hoy en día, está menos ligado a la «necesidad económica» de producir mercancías que a la«necesidad política» de producir productores y consumidores, de salvar por todos los medios el orden del trabajo. Algo que se ha conseguido haciendo que cada uno de nosotros seamos capaces de explotarnos a nosotros mismos y a toda participación. ¡Nos mintieron cuando ufanos nos dijeron que la esclavitud había sido abolida!
Antonio Bukowski |