Tierra de la infancia me condenan sin ti bajo laurel de hojalata y grillos apostolados donde Dios no miró.
Sólo heces de perros alfombran los pies y en la cabeza corona roja de ocaso tiñendo la frente. Héroe de nada.
Porque estoy en presente y su voz no está en mi boca para rezarle credos.
Soy y seré caracol en los campos de alfalfa que la espadaña otea, andares desventurados, gorriones ladrándole a la luna, profetas de trapo.
Donde Dios no miró yo no miraré porque soy menos. Y cerrando los ojos, la boca, en el latido ingrato del tiempo masticaré la vida que me corresponde.
Acomodo los pasos frente a la ventana virtual, donde el silencio de la palabra acompasa al grito.
Los arroyos sin agua secan las adelfas y el brezo murmura en el campo; - dónde están los que son, voces de bronce- sin casa, sin árboles, sin veredas.
Sólo grillos apostolados bajo el laurel de hojalata donde Dios no miró.
Soy y seré tosco sarmiento de olivo en los campos de alfalfa, que la espadaña otea caminos desventurados.
Y pondrán medallas de latón a los profetas de trapo excomulgando sabios.
El laurel de los potajes corearán los grillos en las veredas de palma y esparto, donde Dios no miró.
La luna dorada de todos se estrangula bajo el brazo como revuelto de ajos, falsa estampilla de comunión.
Soy y seré grito mudo que desordena apóstoles de cáñamo, en la valía inconsciente que dejo, en un nombre que se pronuncia con recelo y a hurtadillas, en un terreno de alfalfa donde Dios no miró.
Del poemario "Convergencias" |