Desde hace muchos años mis alumnas y alumnos de Primer Ciclo de Primaria saben que una “Constitución es ponernos de acuerdo para llevarnos bien”. No encontré otra definición más apropiada para esta edad, y fue fruto de hacer todos los años una “Constitución de la clase”, elaborada colectivamente y articulada por orden de preferencias. Posteriormente se plasmaba en un cartel, elaborado también colectivamente, y que nos servía a veces para usarlo como lectura colectiva. Esta manera de hacer, abierta a las ideas previas de chicos y chicas, no ofendía a nadie, contentaba a todos y promovía el respeto mutuo tras la reflexión colectiva. Nunca tuve quejas de familiares ni recibí críticas de ningún profesor de Religión. |
Ahora me sorprende aún más el revuelo de una parte de la ciudadanía católica, que se rasga las vestiduras porque al alumnado de 14 y 15 años se le propone “La Educación para la ciudadanía”, cuando ha estado dando Religión desde Educación Infantil y ha podido acceder libremente a las catequesis para primera Comunión (es lástima que sea la última en algunos casos) y para la Confirmación si han accedido a la oferta. Se considera a “Educación para la ciudadanía” como la entrada del elefante en una cacharrería, con una imaginería escatológica. Sin embargo no se cuestiona la entrada del profesor de la asignatura de Religión en las aulas de Educación Infantil, donde el aprendizaje es global y contextual y no hay diferencia de asignaturas. Aquí pensamos más de uno que el elefante además de entrar en el lugar inadecuado lo hace a destiempo pedagógico. Como vemos esta intervención está fuera de lugar. Cortar una actividad que se está desarrollando con tiempo abierto para dar paso a una actividad cerrada, en el tiempo y en su temática, es bastante incongruente con la dinámica de las actividades que se desarrollan con niños pequeños. Es más grave, si además de seguir contando con el privilegio de impartir Religión en las clases, al mismo tiempo que se desalojan a varios alumnos de ellas en una flagrante discriminación por razón de sus creencias, se orquesta en la sociedad una demonización de una asignatura que se tacha de doctrinaria. Alucinamos, porque todas las noticias que no convienen a un sector de la sociedad se considerarían doctrinarias y no informaciones que están ahí y el que quiera que las admita y el que no, que no haga ni caso.
Esto último nos lleva a recordar los sesgos o falacias del razonamiento, que hacen que los sujetos consideren factores irrelevantes para el proceso inferencial. Entre estos sesgos podemos recordar el de la selección de información (que es diáfano), que consiste en no considerar toda la información que es necesaria para poder llevar a cabo un argumento, y el de confirmación, que puede interactuar con el conocimiento y sistema de creencias, que hace suponer que un argumento es válido, si la conclusión coincide con las creencias apriorísticas o con supuestos conocimientos que se adquieren por lo que digan otros, aunque las premisas estén por confirmar.
Seguimos considerando que los argumentos a base de lógica deductiva con los que se quiere convencer al personal están tocados del ala y no llegan a una conclusión satisfactoria. Y si recordamos que “la conclusión se lleva (sequitur) siempre la peor parte”, nos podemos imaginar cómo será la conclusión, cuando la premisa mayor es cuestionable de todas todas. Esta lógica deductiva es la que conlleva estrategias pedagógicas cerradas, que obvían las actitudes e ignoran los procedimientos.
Es más, no tenemos noticias de que otras religiones hayan criticado la introducción de una asignatura que ofrece conocimientos a todos y todas.
Sin embargo y por todo ello, abrigamos la esperanza, antes de coger un resfriado ideológico, de que pensar no es peligroso para nadie y nos ofrece la oportunidad de distanciarnos suficientemente de los prejuicios como para convivir pacíficamente.
José Mª Barrionuevo Gil. Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |