Había una vez un niño que llegaba a la escuela siempre tarde. La maestra le regañaba, y el pobre chico, lloraba. Un día la maestra le pregunto: -Antoñito, dime una cosa: ¿por qué llegas siempre tarde? El jovencito, avergonzado, bajo la cabeza y empezó a lloriquear. La maestra, lo animo a que hablara. Lo acarició. Le dio un caramelo. Le pregunto de que equipo de futbol era. Y Antoñito finalmente abrió la boca y dijo: - Lo que pasa, señorita, que cuando me levanto mamá y papá ya se fueron a trabajar, y yo estoy solo, y no encuentro nada, y tardo mucho buscando mis cosas, y hasta que recojo todo, llego tarde, eso me pasa. La señorita lo observo, pensó, y finalmente le dio este consejo: |
- Mira, Antoñito, te voy a regalar un cuaderno, y en ese cuaderno todas las noches antes de ir a dormir anota donde dejas todas las cosas, la ropa, los zapatos, la cartera, los libros, y por la mañana, cuando te levantes, vas al baño, te cepillas los dientes, bien pero bien a fondo, porque tenemos que luchar contra las caries, y después lo primero que haces es tomar el cuaderno y con él en la mano vas recogiendo las cosas de tu casa, y cuando ya tienes todo a mano, lo pones en la cartera, te sientas a desayunar, que es muy importante, y más vale que tomes leche, por el calcio, y te pones tu chamarreta, coges la cartera y veras que temprano llegas a la escuela.
Antoñito miro a la señorita, llenos los ojos de elogio y gratitud. Ella bajó el cachete para que él le diera un beso. Pudoroso, le rozo la mejilla. Y volvió a casa contentísimo con el cuaderno que ella le dio. Llegada la noche todos vieron como Antoñito se afanaba con el cuaderno en la mano y recorría la casa y escribía: - La cartera está en la cocina, al lado del fregadero. - El libro de lectura esta en el pasillo al lado del baño. - Los zapatos, uno en el dormitorio, otro bajo el sillón de la abuela. - la chamarreta, en el altillo.. - El cuaderno de clase a la entrada, a lado de la percha. Y así todo. Cuando concluyo, contento se fue a la cama y estaba a punto de conciliar el sueño cuando, de pronto, se incorporo en la cama, bajó, tomó el cuaderno y escribió: - Yo estoy en la cama. Ahora sí se fue y se durmió, plácidamente, como nunca.
A la mañana se despertó radiante, primero el baño, después los dientes, con furia creadora, y después tomó el cuaderno y fue recogiendo cada cosa de su lugar. Luego tomo su porción de calcio y finalmente se iba a la escuela, pero se acordó. Miro nuevamente en el cuaderno, y allí estaba escrito: Yo estoy en la cama. Casi se olvidaba. Fue a la cama a buscarse, y no se encontró. Se sentó en el suelo y lloro largamente. Se busco por toda la casa, y no se encontró. Finalmente, desahuciado, llego al colegio más tarde que nunca. La maestra le pregunto qué pasaba. Él le conto que había seguido su consejo, y lloriqueando le dijo: - Encontré todas las cosas, señorita, pero a mí no me encontraba.”
Estimado señor Pérez Ríos dice usted en su excelente artículo de matizaciones sobre el Cristo Yacente: “éramos un pueblo con sus defectos y virtudes, rumbo que en la actualidad hemos perdido y creo que nos será imposible de recuperar”. Sabe una cosa cuando allá atrás, en algún rincón del tiempo, parecía que todo funcionaba, en realidad, no pensábamos, quizás otros lo hacían por nosotros. Así estábamos bien. Comenzamos a pensar cuando eso que creíamos que nos proporcionaba estabilidad, dejó de funcionar. De ahí en adelante, comenzamos la gran aventura de buscarnos, quizás con una cuota menor de soporte externo. Ya no fuimos los mismos, pero se nos abría un horizonte que nos mostraba que podríamos ser aun mejores. Y ese es entre otros los motivos entre otros que hemos tenido un grupo de vecinos del pueblo de unirnos, para que otros no piensen por nosotros, de participar juntos en recuperar el rumbo que algunos como usted sienten perdido, por qué no se une a nosotros y nos ayuda a recuperarlo. Un abrazo. Agapito |