Es verdad que todo el mundo tiene derecho a pensar y creer lo que quiera y a expresarlo libremente, pero lo de establecer cátedra de las creencias es un asunto que, humildemente, pensamos que está fuera del ámbito escolar, ya que la cantidad de contradicciones, de invenciones que van contra la evidencia pura y llana no son la mejor patente de veracidad. Hoy la escuela es un lugar en donde se aprende a aprender, a pensar, a convivir, pero no a creer, y menos a creer lo que otros dicen que es la verdad. Toda persona puede creer lo que crea que debe creer, pero eso no obliga a nadie a ser un enviado de Dios. Tampoco le obliga a considerar las demás creencias como erróneas. El problema está en el celo que caracteriza a las distintas creencias: a ver quién llega antes, a ver quién consigue más neófitos, a ver quién puede saldar con la mayoría, cuando quien tiene la mayoría ni tiene la verdad, ni tiene la razón: sólo tiene la mayoría. Y si no que se lo pregunten a Galileo. Con el panorama tan amplio parece ser que ninguna religión debe ser la verdadera, aunque eso no quiere afirmar que todas sean falsas, al menos totalmente y por tanto todo el mundo tiene derecho a creer si quiere.
Ahora bien, como dice el filósofo francés André Glucksmann: «Quien cree algo no miente, aunque sea falso lo que dice; sencillamente se equivoca». Por eso podemos considerar que nuestras equivocaciones son precipitados de muchas circunstancias, ya sean éstas personales, familiares, sociales, culturales…, incluso lingüísticas. Nos es difícil deslindar muchas veces las circunstancias, pues no sabemos si nuestras equivocaciones son fruto del inconsciente colectivo, del imperativo estructural de la gramática o de nuestra pequeña pero inoportuna ignorancia. Así llegamos a que se ha erigido en palabra importante para las religiones el término «revelar». ¿Es que «de la abundancia del corazón habla la boca»? ¿Es que la gramática nos descubre las intenciones, por más buena voluntad que le echemos al tema y al trabajo de verdadera sinceridad que nuestro corazón despliega? A propósito de esta última palabra, no es lo mismo «desplegar» que «replegar» (volver a plegar). Del mismo modo consideramos todas las palabras que empiezan por “re-” como reanudar, resolver, recrear, reenviar, revestir… En estas circunstancias, el resultado y el significado de la palabra «revelar» no es otro que el de «volver a velar», es poner otro velo, ya sea poniéndolo en su lugar, ya sea poniéndolo encima del anterior, y no como se nos ha dicho siempre en los libros de texto de Religión que «revelación» viene de «revelare», que según ellos es «quitar el velo». Según este pulso del significante sobre el significado, no nos cuadra el pasaje bíblico, en la tarde del Viernes Santo, en el que «el velo del templo se rasgó», velo que guardaba el arca de la Alianza. Como el velo se rasgó, ya estaba todo meridianamente claro.
Ya hace tiempo, casi inmemorial, que el espíritu humano se ha dedicado a investigar, a descubrir yendo «detrás de las huellas (vestigia)» sin esperar ni pretender que una voz «autorizada» o religiosa le desvelara (ahora sí) los secretos de la vida y la naturaleza. Es más ya no se conforma con verse obligado a verificar simplemente sus hipótesis, sino que va más allá. Un amigo mío, médico, está siguiendo una investigación para encontrar una sola excepción, para dejar de darle vueltas al coco. Él no se conforma solamente con ir verificando el tema. Sabe que la simple observación de los hechos y la elaboración de principios generales a partir de la generalización de las observaciones por medio de procedimientos inductivos no constituyen por sí solas una manera apropiada y suficiente de hacer ciencia. El científico, según el filósofo Karl Popper, debe buscar datos según su teoría previa, e interpretarlos no para confirmar sus hipótesis sobre la realidad, sino como ejemplos que pueden falsar o contradecir tales hipótesis, obligándole a reformularlas.
Según nuestro parecer ninguna religión ha pasado el veredicto de la «verificación» de sus afirmaciones y mucho menos va a superar el escollo de la «falsación». Por tanto, no es la escuela el lugar ni el foro de ninguna religión, ya que las disciplinas que en ella se aprenden están sujetas a la pedagogía de la incertidumbre con la humildad que conlleva el espíritu humano y su tarea de búsqueda. José María Barrionuevo Gil. Maestro de Primer Ciclo de Primaria
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