No soy experto en la materia y sólo me permito hablar desde lo que yo creo el sentido común que nos atribuimos los seres humanos. Los perros, por más que los tengamos -guardando todas las distancias- como queridos miembros de la familia, son animales expuestos a sufrir toda clase de reacciones, buenas y malas, que se aproximan mucho a las que solemos tener sus mismos propietarios. Por eso, a pesar de que nuestra mascota, éste querido y a nuestro parecer inofensivo compañero nunca haya tenido ningún amago de fiereza, no podemos estar seguros de que nunca lo tendrá. Puede que muchos propietarios de perros disentirán de lo que digo, y puede que hasta me tachen de malintencionada exageración. Pero todos conocemos casos, más o menos próximos y recientes, que demuestran que a causa de ciertos perros, y me atrevería a decir que a la probada negligencia de algunos propietarios, ha habido que lamentar bastantes sucesos de desagradables consecuencias
Yo también tengo perros: desde hace casi cuarenta años que tengo la ventaja de vivir en un lugar en los que pueden jugar correteando a sus anchas (nunca los quise tener confinados en la estrechez de un piso), siempre he tenido, al menos, dos perros que, con los años, unos se han ido muriendo de viejos y otros aquejados de alguna enfermedad de la que no han podido ser curados. Pero a la muerte de alguno de ellos, enseguida acogíamos otro para satisfacción de toda la familia. Todos han vivido junto a nosotros sin que jamás hayamos observado en ellos el más mínimo atisbo de resabio o fiereza. Pero nunca salieron solos a la calle y, si lo han hecho, siempre ha sido en nuestra compañía y nunca sin la debida protección. Ningún vecino puede decir que ha visto a ninguno de mis perros, de las diferentes razas que he tenido, fuera de la verja que circunda mi casa, no sólo por el temor de que pudieran atacar a alguien, cosa siempre posible, sino para que nadie pudiera asustarse al verlos, incluso con bozal y correa, ya que algunos han sido y son de los considerados de raza peligrosa.
Muchas veces salimos en defensa de nuestros perros como animales inofensivos, y lo hacemos a ultranza. Y olvidamos que, por desgracia, cada vez nos enteramos de violentos sucesos protagonizados por seres humanos tenidos por normales, que sin razón que lo justifique (ningún crimen podrá ser jamás justificado), el Diablo los toca con el rabo haciéndoles cometer toda clase de desmanes y ferocidades, que llegan incluso a atentar contra la vida de sus seres más queridos.
Y si sabemos que esto puede ocurrirle a los humanos, que somos tenidos por seres racionales, ¿podemos dudar que algo parecido les pueda ocurrir a animales sin raciocinio, incapaces de dominar sus instintos más primitivos? ¿Podemos negar que un animal, por noble que sea, aquejado de algún momentáneo dolor o malestar pueda volverse irascible hasta el punto de atacar incluso a su propio dueño?
Muchos recordarán el triste caso de un hombre, médico de profesión y vecino de nuestro pueblo, que fue atacado y mordido en su propia casa por un perro de su propiedad, aquejado éste de rabia, a consecuencia de lo cual el médico murió a los pocos días entre terribles dolores. Aquel lamentable suceso dio lugar, creo que por parte del Ayuntamiento de Málaga, a algunas disposiciones legales sobre tenencias de perros, que luego se olvidaron como se olvidan tantas otras a que nos obliga nuestra condición de humanos, indispensables para convivir en respetuosa civilidad.
Toda persona adulta debe y tiene que ser responsable de sus actos, sobre todo cuando estos involucran a terceras personas exponiéndolas a situaciones peligrosas. No es mi intención criticar a nadie y mucho menos dar consejos que, por sabidos, resultan inútiles sobre todo para aquellos que no queremos escucharlos. Pero si quiero recordar ese refrán que dice que “más vale prevenir que curar”. Porque la prevención siempre puede evitar muchos males; las curas, por el contrario, además de dolorosas suelen acarrear lamentables consecuencias cuando no desgracias irreparables. |