Capítulo XXXI. “Un día te llamarán el Papa del cante”. Fue esta una premonición de Enrique el Mellizo que con el tiempo llegaría a cumplirse, si no con el título de Papa, si con el de “Don”, tratamiento no alcanzado por ningún otro cantaor, y que a Chacón le otorgó la admiración popular, la admiración de un público que le fue fiel hasta el final y que ha transcendido hasta nuestros días, en que se le sigue considerando uno de los mejores cantaores de todos los tiempos. Cantaor en sus comienzos de los de hatillo al hombro y caminos elegidos al azar de las circunstancias; de pernoctas al borde de la carretera tapados por la luna cuando el tiempo lo permitía, y actuaciones a veces pagadas apenas con la comida, Chacón, como tantos otros artistas de aquella época dura y difícil del flamenco, sufrió múltiples penalidades que no hicieron sino templar su voluntad y aumentar al máximo sus ansias de triunfo.
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Fueron sus primeros escenarios las ferias de los pueblos, generalmente separados por grandes distancias que había que recorrerlas las más de las veces a pie, o aprovechando la buena voluntad de algún carretero que, camino del mercado, accedía a llevarlo junto a los cajones de hortalizas o las jaulas del averío; poco importaba los medios utilizados, si el resultado era llegar como fuera a donde había que cantar. Pero como estaba tallado en madera de triunfador, desde muy joven comenzó a ser conocido y admirado por sus grandes cualidades. Sabedor de ello, y aprovechando esa fama, Silverio Franconetti lo llamó a Sevilla, contratado para su tablao flamenco pagándole veinte pesetas diarias, cantidad verdaderamente importante para aquellos tiempos, en la que la mayoría de cantaores apenas ganaban la mitad. Antonio Chacón fue y está considerado como uno de los cantaores más grandes y completo de la historia del flamenco. Quienes lo conocieron personalmente no dudaron en afirmar que el cante que él hacía no tenía nada que ver con lo que dejó grabado. Esto es fácil de entender ya que los métodos de grabación, así como los medios empleados no permitían, seguramente, plasmar en la pizarra de los discos todo lo que cantaores como Chacón y otros de su misma talla eran capaces de transmitir con su cante en vivo y al natural. Con respecto a este irrepetible artista, todos los flamencólogos coinciden en reconocerle a D. Antonio unos vastos conocimientos y unas innatas cualidades musicales que le hacían mejorar, si ello era posible, cuantos cantes o palos interpretaba. Los llamados cantes libres, sobre todo, han llegado a nosotros dotados de una gran belleza y desprovistos de cualquier clase de artificio o corrupción. Al cante por caracoles, que tanta popularidad le dio, no sólo modificó la letra, haciéndola alusiva a Madrid, sino que le dejó impresa su inconfundible huella hasta el punto que muchos aficionados creen que este estilo fue creación suya, cuando en realidad su paternidad no está aclarada, ya que hay quien se los atribuye al cantaor gaditano Tío José de Sanlúcar, mientras que otros dan por creadores a Ana María la Mica o Diego el Lebrijano. Todavía hoy, muchos años después de su muerte, aquel extraordinario cantaor jerezano sigue siendo un ídolo entre los buenos aficionados, admirado y respetado entre los cantaores, y fuente donde siguen bebiendo todos aquellos que quieren hacer el cante en toda su pureza, que es como lo entendía y como siempre lo hizo D. Antonio Chacón.
D. ANTONIO CHACÓN JONDURA JEREZANA
El arte incomparable de Chacón, tan lleno de jondura jerezana, es caudalosa y límpida fontana donde bebe y aprende la afición.
Su cante suena igual que la oración que entona, con sus quejas, la campana, una pura y flamenca filigrana a dúo entre la voz y el corazón.
Conviven en Jerez de la Frontera nobles caldos y cantes con solera que componen su rico patrimonio:
en los vinos, destacan sus matices; en los cantes, las múltiples raíces que al flamenco legara D. Antonio.
Paco Acosta Roldán |