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EL CABRERO. CANTAOR.
José Domínguez Muñoz. Aznalcollar, Sevilla, 1944
Audio: Los campanilleros

Perfiles Flamencos. 31.07.09 

Capítulo XXVIII. Calzado con botas camperas, recias y usadas, embutido en fuertes pantalones de pana, y tocado con un sombrero de alas anchas, da la sensación de estar delante de un vaquero recién salido de un film del oeste rodado en Almería. Y no anda muy lejos de la realidad aunque esas prendas, más propias de un pastor que de un cantaor de flamenco de nuestro tiempo, no es el atuendo que él halla elegido para crearse una imagen sino que, en efecto, y hasta que la suerte y sus amplias facultades le permitieron dedicarse al cante, José Domínguez fue pastor de cabras, oficio que él reivindica con total orgullo.


      La supervivencia era aún dura y difícil en los años cincuenta. Parecían alargarse indefinidamente los efectos devastadores de la contienda civil, y José era uno de tantos otros niños nacido en la posguerra que desde muy pequeños se vieron obligados a trabajar para ganarse el sustento. Y lo suyo fue patear campos y trepar montes, soportando castigadores soles y mojaduras de lluvias torrenciales guardando cabras ajenas por un mísero jornal. Era forzoso que ese ambiente marcara para siempre el corazón de un niño que estaba, como demostró más tarde, predestinado a arder en las llamas de una de las más sensibles y a la vez terribles de las hogueras: la del cante flamenco.
     Así fue creciendo y aprendiendo en la dura escuela de la Naturaleza. Y a la par que crecía en la soledad obligada de su dura profesión, se fue creando una filosofía propia y se le fue desarrollando una oscura rebeldía contra un sistema injusto y contra una sociedad despiadada que arrancaba a los niños a sus juegos y los ataba a un trabajo, a veces durísimos, haciéndolos mayores antes de tiempo.
     Esta forma de vida lo condicionó desde el principio y lo hizo, primero, distinto a otros niños, y diferente a los demás cantaores después, envolviéndolo en una aureola de adalid muy del gusto de la gente. Al pueblo le es necesario crear mitos, y José El Cabrero reunía todas las cualidades exigidas para ello. Y el pueblo lo mitificó elevándolo a la categoría de ídolo.
     El Cabrero es sin duda un cantaor que, contra todo pronóstico, ha llegado a ocupar uno de los primerísimos puestos; que siempre ha sabido mantenerse en primera línea, y que sigue estando ahí, entre los mejores, apoyado por miles de incondicionales que lo consideran un fenómeno y para los que no hay otro como él. Como los mitos no tienen por qué ser perfectos y de hecho nunca lo son, una parte importante de los seguidores de El Cabrero no van a verlo por como canta sino por lo que canta, sobre todo cuando lo hace por fandangos, con esas letras de aires subversivos, que son compuestas en su mayoría por él mismo, y con las que llega en seguida al pueblo llano, identificado plenamente con su ídolo.   
     Pero además de un fenómeno social, El Cabrero es un cantaor al que no hay que desdeñar, ni mucho menos, en lo que a oficio se refiere. Una amplia discografía lo avala como un artista que toca todos los estilos, y que lo hace con más garra que otros muchos que navegan en este mar, a veces agitado por borrascas y temporales, que es el flamenco. Los muchos años que lleva cantado son una prueba de que El Cabrero tenía algo que decir y que lo ha dicho en repetidas ocasiones. No sea más que para esos miles de seguidores, a los que nunca deja descontentos.
     Cuando canta, parece como si se quejara un ser de alma elemental que se sintiera defraudado del mundo que le tocó vivir, y que cansado de seguir soportando maldades e injusticias, se hubiera hecho cantaor para hacer denuncia con sus coplas de ese mundo que le atormenta y le aflige. Pero al tratarlo, detrás de su estampa extraña por pintoresca, se ve a un hombre voluntarioso curtido por la dureza del trabajo y que, enormemente seguro de sí mismo, va pisando fuerte por la vida.

EL CABRERO
METAL INDOMABLE

Es acero sin mezcla, inalterable;
noble metal templado con firmeza,
que si en frío proclama su dureza
en caliente se torna maleable.

Su cante es la sentencia inapelable
rubricada con tinta de franqueza;
es protesta, y en cada copla expresa
su condición de líder indomable.

Malagueña, serrana, seguiriya,
fandango, soleá, cantes de trilla...
los pesares que Andalucía encierra,

El Cabrero los lleva en su garganta.
Y en un grito denuncia, cuando canta,
todo el dolor antiguo de esta tierra.

Paco Acosta Roldán

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