Capítulo XXVII. De las muchas y buenas figuras del cante flamenco que ha dado Málaga y su provincia, Juan Breva es, sin lugar a dudas, el más representativo de esta tierra andaluza desde donde su fama, sobradamente merecida, saltó a los ámbitos flamencos de España entera. Miembro de una modesta familia cuyo sustento dependía del campo, Juan Breva adoptó el sobrenombre de su abuelo, adquirido presuntamente por éste en su condición de vendedor de brevas en el malagueño pueblo de Vélez-Málaga. En la gloria de sus mejores años, en el Madrid de 1884, actuaba diariamente en tres espectáculos distintos por lo que, debido a las grandes distancias, tenía que utilizar un coche para desplazarse de uno a otro lugar de actuación. Los cafés del Barquillo y El Imparcial, y el Teatro Príncipe Alfonso, llenábanse cada día de un abigarrado y pintoresco público ávido de escuchar a éste extraordinario artista, al que el Rey Alfonso llamaba para escucharlo cantar, y del que recibió algunas joyas que más tarde hubo de vender para hacer frente a problemas y desgracias familiares. En cada uno de estos escenarios, Juan Breva cobraba la en aquel entonces extraordinaria cantidad de cinco duros, pagados en oro, además de casa para él y su familia que le proporcionaba el dueño de El Imparcial como parte del contrato.
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No obstante, y pese a todo el dinero ganado con el cante, la fortuna del Breva sufrió varios altibajos a lo largo de su vida, viéndose al final de ella en la más absoluta de las miserias hasta el punto que, cuando murió, sus amigos en el flamenco hubieron de hacer una colecta popular entre tantos aficionados que lo veneraban, para sufragar los gastos del entierro. Mucho se ha escrito sobre Juan Breva y sobre el cante que según algunas fuentes se le atribuye, esto es, un estilo personal de malagueña. Sin embargo, otras voces más autorizadas y numerosas se levantan para poner las cosas en su sitio: el Breva no creó ninguna malagueña, y de hecho, ningún otro cante; lo que sí hizo, y admirablemente bien, fue recrear las bandolás de su tierra, imprimiéndoles su sello personal y elevándolas a una categoría de la que hasta entonces carecían. Otra cosa es que los cantes abandolaos estén en el origen de la malagueña, produciéndose una evolución en esta última que la llevó a quedar tal y como hoy se canta. Que Juan Breva llegara o no a cantar malagueñas, aun cuando algunas de sus grabaciones lleven ese epígrafe carece de importancia; sus cantes no pueden disociarse de la malagueña ya que están, como queda dicho anteriormente, en su propio origen y en la evolución de la misma. Parece ser cierto un antiguo y anecdótico episodio ocurrido en Málaga, en el famoso Café de Chinitas, y en ocasión de la actuación del entonces joven Antonio Chacón, en el que Juan Breva le oía cantar por primera vez por malagueña y que dio lugar a una copla que se hizo famosa: “En el Café de Chinitas / cantó una copla Chacón / y le contestó Juan Breva / cantas tú mejor que yo / esa malagueña nueva.” De cualquier forma, Juan Breva fue la más grande figura flamenca de su época y pocas, como ella, han traspasado la barrera de los tiempos llegando hasta nuestros días como tal, cantada por poetas de la talla de García Lorca, Rubén Darío y tantos otros. Y aunque no sea correcto, creo que nunca se dejará de decir “la malagueña de Juan Breva” cuando se canten esas coplas que él supo decir como ningún otro cantaor lo ha hecho.
JUAN BREVA TINIEBLAS SONORAS
Tenía en la garganta sol, arena y marinera sal, blanca y fragante, que hacían que su voz fuera un diamante con música y sabor de mar serena.
Sufrió la oscuridad, triste condena, que ensombreció la luz de su semblante, haciendo que la estrella de su cante vagara en la negrura de la pena.
Ciego cantó, igual que lo hizo Homero, con firme voluntad, como el acero, y en lucha sin cuartel con la materia.
Y aquel que hasta a los reyes le cantaba, su desgraciada vida terminaba sufriendo una feroz y cruel miseria.
Paco Acosta Roldán |