Capítulo XXIV. Joven, con tan solo treinta años, moría Juan Reyes Osuna, cantaor conocido como El Canario, y que pese a su juventud ya tenía un prestigio artístico comparable al de los mejores cantaores de su época. Molofino, como lo llamaban en Álora, su tierra natal y en la que empezó cantando desde muy joven, se había presentado en Sevilla en 1984, pasando totalmente desapercibido. Al año siguiente, actuando otra vez en Sevilla, su éxito fue absoluto y definitivo. Sobre la muerte de El Canario existen varias versiones: una apunta a cierta relación sentimental del cantaor con la Rubia de Málaga, cantaora también, relación que no acababa de gustar al padre de esta; otra versión, más reciente y fundamentada, habla de rivalidades y celos profesionales entre estos dos artistas que se repartían el favor y los aplausos del público, y que cada uno pretendía para sí.
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También se especuló con la idea de que el padre de La Rubia hubiera contratado a dos matones para que dieran buena cuenta de su presunto rival. Y en esa incertidumbre se cerró la historia sin que se haya podido saber a ciencia cierta que fue lo que ocurrió y si el autor o autores de aquella muerte fueron castigados. Sea como fuere, la fatídica noche del 12 de agosto de 1885, El Canario y La Rubia habían actuado en el mismo escenario del Café del Burrero, ubicado junto al puente de Triana. Después de la función, y tras un altercado con el padre de la cantaora, los dos hombres, como era frecuente en aquellos tiempos, salieron al exterior, cuchillo en mano, a pedirse explicaciones uno al otro. La madrugada sevillana se tiñó de sangre, y el cantaor malagueño cayó al suelo con el corazón partido por una certera puñalada, truncada su joven vida y una carrera como cantaor que se prometía venturosa. Pero lejos de la leyenda que tiende a forjarse alrededor de un suceso de estas características, la triste realidad es que aquella madrugada de agosto el flamenco perdió una gran figura que, no obstante su juventud, ya había alcanzado un renombre bien cimentado y merecido. Aquel luctuoso suceso fue aprovechado para desatar una dura campaña animada por todos aquellos, con la prensa a la cabeza, que desde hacía tiempo sostenían que los cafés cantantes eran antros donde se toleraban todo tipo de desórdenes, que a veces acababan en violentas reyertas que podían desembocar, como bien ocurrió en esta ocasión, en un lamentable crimen. El Canario fue ciertamente admirado por su forma de cantar, especialmente cuando lo hacía por serranas y malagueñas y los aires de Levante. Pero su paso a la gran historia del flamenco fue, sobre todo, por ser el creador de una de las malagueñas más bellas, más intensas y valientes, y una de las más apreciadas por los cantaores que interpretan este estilo de cante. Ella contribuyó en parte a que Álora, tierra natal del genial intérprete, fuera considerada cuna de la malagueña. Poco duró la gloria del joven cantaor aloreño: si en Sevilla pudo gustar las mieles de un éxito que le habían negado tan sólo unos meses antes, también en Sevilla, apenas un año después de su rotundo y definitivo triunfo, y ya en posesión de una fama que le precedía en cada una de sus actuaciones, perdía violentamente la vida Juan Reyes Osuna, creador de un estilo propio y uno de los más importantes intérpretes del cante por malagueña, para dolor de Málaga y del flamenco.
EL CANARIO ELEGÍA FLAMENCA
Para los dos, Sevilla era pequeña; y apenas despuntando la mañana, uno cayó en el puente de Triana derramando su sangre malagueña.
La muerte, de la noche se hizo dueña aquella madrugada sevillana; en el Guadalquivir, teñido en grana, la Historia dejó escrita su reseña.
Sin que nadie evitara aquella muerte, allí quedó su cuerpo frío, inerte, con el alba tejiéndole un sudario.
Pero su malagueña no se olvida; y la muerte, quitándole la vida hizo inmortal el cante del Canario
Paco Acosta Roldán |