Como detalles curiosos se observa que se traslada en un “coche-diligencia” tirado por caballos, que después de una llanura, “…el fresco y angosto valle para subir de nuevo, continuando las variadas ondulaciones a que por la topografía del terreno estaba supeditada la serpenteante carretera…”, tal vez sea la ahora Cuesta de los Pinos, o Los Caracolillos, o la Cuesta del Comendador. También asegura que había tren, “…y dará con una estación, desde allí tome el tren…” cuestión que han conocido muchos alhaurinos, cuando despide a “…un investigador de aguas subterráneas, con un aparato inglés…” También hace la observación, a posteriori, que ese caudal de agua mueve también un molino, “Después hemos sabido que aquella corriente se aprovecha también como fuerza motriz. Mueve un molino”. Preparo otros dos estudios complementarios a éste donde uno hablará de los zahoríes, buscadores de agua con barita de madera, ya sea en orquilla o como palo simple, o con péndulo, dando mi opinión sobre la pobre o dudosa base científica pero sin menospreciar los resultados efectivos sobre la localización de manantiales subterráneos. El segundo versará sobre el “aparato inglés”, al que hace referencia, para la detección de aguas subterráneas, el cual he tenido la curiosidad de estudiarlo físicamente, porque poseo uno en mi colección particular, y aunque tiene unos principios científicos algo rudimentarios, para aquella época, 1870 en que está patentado, era mas bien una visión futurista de lo que la tecnología conseguiría un siglo después. Ahora si hay equipos electrónicos sofisticados basados en tecnología de satélites, precisión en los datos orográficos, conocimiento de los campos magnéticos una vez que se conocen todas las interioridades de los elementos en cuanto a su comportamiento físico y químico, pero con la debida prudencia, en aquellos años era un atrevimiento basado en unos incipientes conocimientos sobre el comportamiento de la materia en su entorno. Es curiosa la historia de la incesante búsqueda de agua en las comunidades humanas bajo el principio de: “La salud y la longevidad de los pueblos está en relación directa con la cantidad de agua de que disponen para satisfacer sus necesidades” (Pietrasanta). Los primeros datos se obtienen ya en 1692, por un tal Pierre Lebrun, a partir de ahí, muchos científicos, investigadores y timadores han aportado lo que ha podido a esta ciencia que, hoy por hoy, sigue siendo algo difusa y donde predomina mucho el concepto de “casualidad”. Y este es el capítulo mencionado:
GRANDIOSO POZO ARTESIANO
Tenemos la inmensa satisfacción de que, por medio de nuestro estudio geológico, haya logrado, en su finca de Alhaurín de la Torre (Málaga), el rico propietario D. Antonio Cano y Cano, el pozo más hermoso de España, con un rendimiento superior a 3.000 litros de agua por minuto. La precedente fotografía da una idea de esta magnifica fuente. Hagamos algo de historia. Después de varios años de residencia en América regresó el Sr. Cano a Málaga, en cuya capital hizo indagaciones acerca de si en España sería fácil hallar persona competente para realizar una exploración geológica y poder determinar si en su finca de Alhaurín habría probabilidades de obtener buen éxito en un alumbramiento de aguas por medio de un sondeo o pozo artesiano. Del resultado de sus averiguaciones dio con nuestra dirección, y previamente de acuerdo, se convino y se realizó nuestro viaje. Una vez en Málaga proseguimos nuestro itinerario, y tomando el coche-diligencia salimos de la bella capital una deliciosa mañana. Rompía el monótono silencio del camino el traqueteo del coche y el acompasado trotar de los caballos, que se animaban cuando el látigo, rasgando el aire, les hacía oír el seco chasquido. Alegraba un poco el ambiente el grato cascabeleo y las voces del mayoral animando a las bestias que, atentas a sus exclamaciones de... ¡Morata! ¡Morata, que va la buena! ¡Riau! ¡Riau!, redoblaban su marcha veloz. En el incesante avanzar íbamos cambiando de paisaje, y tras la llanura se sucedía el fresco y angosto valle para subir de nuevo, continuando las variadas ondulaciones a que por la topografía del terreno estaba supeditada la serpenteante carretera. A lo lejos, y cual si se viese por unos gemelos puestos al revés, se divisaba la población, que poco a poco parecía aproximarse a nosotros, por un efecto óptico, cual ocurre en la vertiginosa marcha del tren, que parece que sean los árboles y las casas los que corren y no los coches que arrastra la locomotora. Por fin alguien exclamó: ¡Ya estamos! Llegamos, y una vez en la finca, se nos sirvió una suculenta paella a la valenciana, que hacía honor a nuestra tierra. Practicamos la exploración, y examinado con detenimiento aquel terreno, perteneciese a la formación de la Época Terciaria en su tramo “eoceno” (inferior), indicamos que junto a un árbol que había allí cerca de una vereda se conseguiría un excelente resultado. Añadimos que primeramente se descubrirían dos corrientes superpuestas y que la más honda, que probablemente se hallaría a los 55 metros, daría escaso caudal, y si continuábamos perforando, al llegar a 65 metros se descubriría un venero de aguas cuya fuerza ascensional determinaría un verdadero surtidor sobre la tierra. Se procedió a la construcción del pozo artesiano en el sitio señalado por nosotros, y efectivamente, la realidad nos dio la razón. Después de las aguas someras se cortaron los dos niveles superpuestos, que se encontraron el primero a los 35 metros y el segundo a los 55, y aunque éste ya daba agua hasta la superficie, era de escaso rendimiento. Se continuó la obra, ya la profundidad de 65 metros que habíamos profetizado, aparecieron las aguas surgentes, y con tal presión, que causaba verdadero asombro. El éxito fue inmenso. Véase la fotografía y téngase en cuenta que el tubo es de un diámetro de 20 centímetros. Cuando uno contempla estos bellos espectáculos que nos brinda la Naturaleza, se queda absorto y como embobado al ver aquella hermosura de aguas saltando a borbollones. Nada más gráfico que “copiar” el siguiente párrafo de una carta, escrita por el Sr. Raggio, amigo del Sr. Cano, en ausencia de éste, a raíz del descubrimiento de tan rica corriente. El párrafo que transcribimos refleja su primera y sorprendente impresión, dice así: “...!No es posible imaginarlo! Si no conoce usted más que los de España, no ha visto cosa igual; no parece cosa de la mano del hombre, sino que un cataclismo ha abierto la tierra, dando salida a aquel enorme borbollón de agua...” Después hemos sabido que aquella corriente se aprovecha también como fuerza motriz. Mueve un molino. El excelente alumbramiento mereció los honores de ser resguardado por medio de una casa ad hoc, que mandó construir el propietario, y nadie, sin su permiso, podía entrar a ver aquel magnífico surtidor. Ahora, y a título de curiosidad, daremos la siguiente Nota como epílogo: Unos años después, y con motivo de que se hallaba por aquellos alrededores un investigador de aguas subterráneas, con un aparato inglés, y patentado por no sabemos cuántos gobiernos, aprovechó el hermano del señor Cano aquella oportunidad para que le señalara algún otro punto de la finca por si algún día les conviniese hacer alguna intentona; pero tuvo buen cuidado de no decirle que ya tenían el pozo que queda expresado. Puestos ambos señores de acuerdo, allá fue el referido investigador con su aparato, cuando al pasar por delante de la casita que guarda el artesiano se le ocurrió al Sr. Cano preguntarle si allí sería probable descubrir alguna corriente de agua. El hombre se fijó por los alrededores, como girando una inspección al terreno, montó el aparato automático descubridor de aguas, tantas veces patentado y que garantizaba sus buenos resultados, y vino a colocarlo inmediato al sondeo (ignorando su existencia, como es natural); hizo sus nigrománticas operaciones, miró, observó y reconsultó el citado aparato, y tan frescamente le dijo al Sr. Cano: “Mire usted, señor: aquí no se gaste usted un céntimo en sondear a ninguna profundidad, que en todo esto no hay agua ninguna”. Oír tal ex abrupto, montar en cólera (¡con el genio que D. José se traía de la América del Sur!) y despedirle con violencia, todo fue una misma cosa. Seguidamente de serenarse le dijo al señor del aparato: “Mire usted: váyase por este camino y dará con una estación, desde allí tome el tren y regrese a su casa y concluiremos así en paz”. Así terminó aquella excursión, de la que tan mal parado quedó el caballero del aparato, patentado por tantos gobiernos.
Así nos lo contó el Sr. Cano, y nosotros callamos el nombre por no molestar a persona alguna, aunque bien merecido lo tendría si lo dijésemos, puesto que si nosotros lealmente confesamos que podemos equivocarnos y que la hidrogeología no pertenece a las ciencias exactas, él en cambio asegura... hasta el ridículo más espantoso. “
Manuel Porcel 27-02-06 |