Lola Flores fue el punto y aparte en el amplio panorama artístico de la posguerra, en el que sentó sus reales imponiéndose como la indiscutible número uno de cuantos espectáculos folklóricos se estrenaban, tan del gusto de un público ávido de sumergirse en aquel amable aturdimiento de bailes y coplas que les hacía olvidar, no fuera que momentáneamente, la dolorosa y cruel realidad del día a día que le había tocado vivir. Lola ha sido, sin lugar a dudas, la más representativa artista del folklorismo andaluz, que derrochando arte elevó el sobrenombre de La Faraona a la categoría de mito. Aquel torbellino que inspirara a Pemán su famosa redondilla no dejó, durante décadas, de llenar teatros y cosechar éxitos, y esto a pesar de no ser una virtuosa ni en el cante ni en el baile, tal como ella misma reconocía. Sin embargo, ninguna otra artista ha volcado sobre los escenarios más garra y más temperamento en cualquiera de sus facetas artísticas; cuando recitaba los versos de Rafael de León, de García Lorca o de tantos otros poetas, su actuación era digna de figurar entre las más brillantes tragedias griegas.
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Aunque Lola era ya bastante conocida artísticamente, no fue sino a raíz de formar pareja con aquel monstruo de arte que fue Manolo Caracol cuando la jerezana alcanzó el cenit de una fama que, prodigiosamente, conservó intacta hasta su muerte, sin ceder ni un ápice de ella pese a sufrir, y durante muchos años, la grave e implacable enfermedad que finalmente pudo con ella. Acababa de cumplir veinte años cuando montó su primer espectáculo, Zambra, para el que contrató a un artista admirado por ella desde siempre y que no era otro que Manolo Caracol a quien la fama, a sus treinta y tres años, ya se le había rendido por entero. Con el espectáculo Zambra había nacido la pareja más popular y admirada del cancionero español, que durante cerca de una década estuvieron en la cima de la popularidad no sólo por los éxitos cosechados dentro y fuera de España, sino por la turbulenta relación personal que mantuvieron durante ese tiempo, que les obligó a separarse artística y sentimentalmente en 1951. Tampoco fue el cine, que la llamó en repetidas ocasiones aprovechando su encumbramiento a la fama, el que daría a La Faraona la oportunidad de demostrar su verdadero talento; las películas que rodó no han dejado otra huella que el consabido tópico andaluz tan sufridamente manido; películas que, sin embargo, movían verdaderas oleadas de público en torno a títulos como Embrujo o La Niña de la Venta, ambas interpretadas junto a Manolo Caracol. Puede que no fuera, según se ha dicho de ella en repetidas ocasiones, una cantaora capaz de competir con tantas otras que se repartían el favor y admiración de un público que sabía lo que juzgaba; quizá no fuera una consumada bailaora que, como tal, haya podido ocupar un lugar en el cartel donde los nombres de tantas excelentes intérpretes del baile han quedado grabados en letras doradas...; puede que todo eso sea verdad. Pero no lo es menos que en el escenario pocas podían competir con ella: “Torbellino de colores, / no hay en el mundo otra flor / que el aire mueva mejor / que se mueve Lola Flores”, que le diría José María Pemán. Aquella jerezana nunca necesitó de escuelas de baile o de canto para electrizar al público en cada una de sus actuaciones; era tal su personalidad, que espontánea hasta la temeridad y temperamental hasta la locura, arrastraba, como cualquier otra fuerza viva de la naturaleza, en la vorágine de su arte, intuitivo si se quiere, pero que le brotaba por todos los poros de la piel en cada baile, y le subía del pecho a la garganta en cada cante. Así era Lola Flores.
LOLA FLORES TORBELLINO DE COLORES
Una oscura cascada en la cabeza y unos ojos profundos de sultana; una voz rota y triste de campana y un moreno color en su belleza.
Un entronque de duende y de majeza y una savia de cepa jerezana; una orgullosa estampa de gitana y un blasonado sueño de nobleza.
Una fragua de eterna llama viva, una zambra muriéndose cautiva y un arte arcano y rancio por corona.
Un fuego de volcán; un torbellino; un pecho generoso como el vino y un nombre universal: La Faraona.
Paco Acosta Roldán |