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Tu diario. Libertad de expresion

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Silencio, se sueña

Manuel Porcel. 21.02.06 

La foto que acompaña a este artículo se la dedico a todas las personas que se aman, ya sean homo o hetero, amigos o colegas, casados o separados, a todos los que descubren que por encima de la amistad existe algo más elevado que es el amor. Este dibujo va a cumplir treinta años, hecho a bolígrafo sobre un folio que tal vez llevase detrás algunas ecuaciones matemáticas o alguna poesía inacabada, sentimiento y nostalgia, ilusiones y utopías, un sentimiento elevado e inocente. A los escolares, a esa gente menuda entre los cuatro y los diez años que quedan impresionados por esos besitos inocentes y dulces que les proporcionan sus amiguitas de clase, a esos que alucinan con la utopía del enamoramiento hacia su maestra, su docente y su referencia, a esos que no van descaminados y que sus sentimientos van orientados hacia el amor y su felicidad, a esos que no conocen aún los matices de una relación y que en su poca formada mente ven lo ideal y lo inalcanzable, a esos que para ellos es locura y llena sus momentos de divagación y alegrías.


A los quinceañeros, la edad peligrosa, a esos que creen que lo tocable es el amor, a esos que pretenden demostrar sus deseos físicos bajo el paraguas del amor es lo que funciona, a esos que no saben distinguir entre una excitación sexual propia de la edad con la poesía de una relación amorosa, a esos que empiezan a hacer las prácticas de jóvenes adultos cuando según sus experiencias marcarán su futuro relacional en su juventud. Ni todo es amor ni todo es sexo, pero sus experiencias serán necesarias, para bien o para mal, marcarán su siguiente fase, su juventud.

A los jóvenes, a esos que viven el idilio amoroso tal vez arrastrado de años atrás sobre una persona ansiada, deseada, anhelada, inalcanzable que ahora observa que es más asequible, más próxima. A esos que su planteamiento es más de futuro, amor con respeto, la hipotética posibilidad de que ese amor transcienda y sea la consecuencia de sus propios hijos,  de su propia familia, de su historia.

Es el momento más crítico de una relación. En esta fase hay que observar al de enfrente, a su compañía con vista a la continuidad, a su futuro relacional. Será la primera y más seria decisión de su vida. Debe de procurar no equivocarse, porque si rectificar es de sabios, el ser conscientes es de inteligentes. Deben pensar a largo plazo, los incipientes problemas pueden terminar en verdaderas batallas. El chiste del lunar y la verruga es aplicable ahora, es el momento de analizar el lunar con detenimiento, no sea que la virtual verruga sea la madre de sus desgracias. Hay que elegir bien y consecuentes, que el sexo no despiste a los sentimientos. Sexo tendrán el que quieran o puedan, los sentimientos, formas de ser y composturas admiten variaciones, pero jamás se les dará la vuelta a nuestros deseos.

A los casados en su primer año. Gran trauma. Tanto uno como otro han dejado a un lado a sus mamás y a sus papás. Hay un incipiente proyecto de formar una familia propia en que lo más importante son ellos dos y lo que generen, los hijos, el entorno ayudará o entorpecerá, pero que entiendan que es solo el entorno, para bien y para mal.

Es la fase más crítica de un matrimonio, el primer año. Se han unido dos personas, normalmente de sexos opuestos, con culturas tal vez diferentes, con gustos diferentes y metas, ¿porqué no?, también diferentes. Tan solo tienen de común el amor que sienta el uno hacia el otro, ideal, pero no está exento de las influencia exteriores. Ahí deben ser fuertes y luchar contra todo lo externo a favor de la propia unidad, limar asperezas e ir los dos hacia un mismo fin. Deben comprender que ya son autónomos y por tanto responsables, que lo más importante, dentro de los distintos escenarios es que ellos son los protagonistas, deciden y hacen.

Ya pasó el tiempo en que se veían un par de veces en semana. Arregladitos, perfumados y con buena disposición a no complicar el par de horas que van a estar juntos, hay predisposición. Ahora son veinticuatro horas, mil cuatrocientos cuarenta minutos, no mucho tiempo, el normal de una vida unida a la de otra persona, ya se empieza a perder el concepto de tigre y de diosa sin llegar al tópico de cerdo y alcohólica, pero cambian algo los esquemas del noviazgo.Para eso hay que tener capacidad de aislar las utopías y asociarse con la realidad, hay una base que es el amor y sobre esa premisa se debe intentar comprender lo cotidiano, que es lo normal, la vida misma.
Una vez superada esta fase aparece la crisis de los ocho años de casados. Aún se rememoran todos los incidentes del primer año, se presume de haberlo superado, pero lo que no saben es que existe esta segunda fase-crisis, y es casi más importante que la primera.

Aparecen otros parámetros distintos a los del noviezazo y los primeros años de matrimonio. La pareja ronda la treintena y tanto uno como otro se resisten a entender que su capacidad de ligue ha decaído.  Por parte del hombre, a sus treinta años se siente como un “valentino”, tiene a su mujer controlada aparentemente y él se quiere marcar un o unos faroles, quiere comprobar que aún tiene su valor de mercado y pretende tirar las redes, las mismas con las que conquistó a su mujer. La pesca ya no es la misma, el pescado auténtico ya lo tiene él, pero aún así quiere probar con otra especie, quiere, luego puede. De los resultados y autosatisfacción ya no dirá nada, pero ha pescado.

La mujer por su parte piensa lo mismo pero con menos frivolidad, si aún no conoce las “redadas” de su marido tendrá unas infidelidades mentales que la pondrán al borde del precipicio, porque la infidelidad de una mujer es más profunda que la de un hombre, por educación, el hombre se conformará con “pescar” algo y contárselo a sus amigos, la mujer no, si decide dar ese paso, la cosa es grave, hay un problema de afectividad y autoestima y en el momento que encuentre un campo abonado, se afincará en él, los sentimientos y la desilusión son más fuertes y decisos que los de un hombre.

El colmo es que conozca los devaneos de su marido y, o prefiere ignorarlos y admitirlos, lo que tiene un nombre y una actitud, o plasmar su postura. Actitud que puede solucionar el matrimonio tragándose su ego y demostrando que hay mucho más amor en ella que en él, o tira por la calle de en medio, se pone a la altura del hombre y cuando se entra en un mano a mano, eso ya no tiene solución, porque aún todavía, el hombre de educación clásica “es mucho hombre” y ¡como va a perdonar una infidelidad!, aunque sea compartida!. Es el fin del matrimonio.

Si se tiene capacidad para superar la crisis de los ocho años, hay unos diecisiete años para pensar y reorganizarse, la crisis de los veinticinco años de casado.
El hombre, rondando los cincuenta, se siente ya menos “valentino”, esos poderes naturales que le da la edad se van perdiendo pero se recuperan otros más banales, el dinero y la posición. Por esta edad, si quiere echar las redes, tiene que pagarlas, él ya ni sabe echarlas, pero al menos le dirá a sus amigos que ha estado de pesca y les contará sus batallitas, que si pezqueñines, que si económico, que si lo mejor de lo vedado, etc. Sus amigos se reirán con él pero no tiene más trascendencia.

La mujer no se queda atrás, aparecen las despedidas de soltero esporádicas donde se exterioriza todo lo que se lleva acumulando durante años, hablan con morbo de los “gavilanes”, ¿dónde habrá gavilanes?, se preguntan. Son felices porque han entendido su sitio, pero conocen el del otro pero como en la fase anterior, la mujer necesita algo más que unas expresiones frívolas, tal vez algo de venganza, que para eso son especiales, pero salvo excepciones, les gusta el nido.

Esta edad, en la que aparentemente el sexo ha decaído bastante, también es muy peligrosa. Creo por un lado positivo que se han asentado todos los sentimiento de una pareja con veinticinco años de experiencia, pero a favor de las desavenencias existe la realidad de que ya no tiene hijos bajo su responsabilidad, se supone que se han emancipado, y lo que años atrás necesitaba de una explicación o una solidaridad hacia ellos se ha convertido en una libertad para decidir, además, si se les explica lo entienden.

Me llamaba la atención hace unos años que un matrimonio cincuentón se separara,  si ya habían superado dos épocas críticas y ya lo que les queda es vivir felices y en paz, ¿porqué?, pues entiendo que de todo. Por un lado la mujer piensa y dice que ¡ya está bien de aguantar! Y por otro lado la simpleza del hombre en indicar, ¡pues las tengo más jóvenes que tú!, aún sabiendo que su red está fuera de servicio.

Tanto una salida como la otra, deplorables, pero es una realidad, ahí está.
Hay que vivir el amor mientras exista, con toda su intensidad, y cuando se sea consciente de que no existe nada más que una convivencia de años, asumirla y llevarla con dignidad.
Hasta lo descrito son tres fase de la vida contrastadas, con solución inteligente y con cierta dosis de amor, la última, y no hay ninguna más.
Desde los cincuenta hasta los setenta existe un vacío psico-social que no puedo describir, no puedo entender.
En esta fase se suele morir uno de los dos y ahí me quedo sin argumentos para describir a la pareja, no existe físicamente aunque sí en el recuerdo, y con tal fuerza que parece que aún continúan los dos juntos, pero aparecen los matrimonios que rompen mi disertación y las estadísticas, los matrimonios setentones que se matan el uno al otro sin motivo aparente. Eso es un motivo de estudio aparte porque es incomprensible salvo que se asocie a la senilidad o a los trastornos típicos de la edad, no es comprensible.
No pretendo aleccionar a nadie en este asunto, he transmitido las sensaciones que he vivido en mí mismo y con muchas amistades, pero el echo de poder escribirlo y comentarlo creo que ya estoy curado de espanto.
Sed felices y vivir intensamente mientras dure el amor.
Manuel Porcel
21-02-06

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