Capitulo IX. Málaga, paraíso de sol y sal a orillas del Mediterráneo vio nacer un chiquillo que con el tiempo sería, sin duda, uno de los intérpretes más famosos que ha tenido la canción española. Una sola canción le bastó para saltar a los primeros puestos de un palmarés compuesto por primerísimas figuras del cancionero. Pero eso fue después de pasar penurias y calamidades durante algunos años. Su padre, Francisco Molina, trabajaba como jardinero durante el día y por la noche de fundidor en una fábrica de plomo. Aun así, sus ganancias eran insuficientes para las necesidades de una familia con cuatro hijos por lo que Antonio pasó hambre en muchas ocasiones, y tuvo que desempeñar diferentes oficios en su Málaga natal.
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Después de varias escapadas, frustradas siempre por la guardia civil que lo devolvía a su casa por menor de edad, con quince años, en compañía de una mujer que se prestó a ayudarle, marchó a Madrid donde esperaba realizar su sueño de artista. En la capital de España no hizo sino continuar las fatigas pasadas en Málaga hasta que, a raíz de presentarse a un concurso de cante en la madrileña Radio España, en el que quedó vencedor absoluto, su gran ilusión empezaría, por fin, a materializarse. En 1949 hizo su primera grabación con la compañía discográfica La Voz de su Amo, disco en el que estaba incluido el pregón de “El macetero”, la canción que le dio tanta fama y que más tarde, en 1952, sería el origen de un cortometraje con el mismo título, y con el que empezó a despejarse su horizonte artístico y económico, ya que por el rodaje le pagaron treinta y cinco mil pesetas. Ese mismo año, en el Gran Teatro de Córdoba, Antonio Molina rompe su prolongada racha de mala suerte y se proclama definitivamente rey de la canción española. En la capital de la Mezquita, Antonio Molina se da su primer baño de multitudes, y recibe el espaldarazo de la crítica que, como la fidelidad del público, le sería favorable durante muchos años. Dotado de una voz que parecía frágil como los timbres del cristal, pero que nunca se rompía; de una garganta capaz de modular las más agudas y difíciles notas y de un pecho con una increíble capacidad para prolongar al infinito unos melismas que hacían vibrar a cuantos le oían cantar, hicieron de Antonio Molina el gran ídolo de un público que abarrotaba cada día los teatros donde actuaba. Más tarde fueron los cines donde se proyectaban las películas, todas de corte andaluz que a raíz de su fulgurante éxito comenzó a rodar, los que acogieron aquellas masas de incondicionales admiradores que le llevaron a alcanzar cimas insospechadas de popularidad. En total Antonio Molina rodó una decena de películas, entre ellas la versión de “La hija de Juan Simón” que anteriormente había rodado Angelillo, y “Café de Chinitas” y “Puente de coplas”, ambas con Rafael Farina. A aquellas primeras canciones que han quedado para la gran historia de la copla, le siguieron otras muchas, hasta cerca de un millar que fueron, casi todas, número uno en cuantos programas radiofónicos eran emitidas. Ininterrumpidamente, y durante más de veinte años, Antonio Molina sería el ídolo indiscutible de la copla, sin nadie que pudiera hacerle sombra gracias a las portentosas cualidades físicas que poseía para cantar y al milagro sonoro de su garganta. Luego, su fama empezaría a decaer con las nuevas tendencias musicales, y lo que fue más grave, una fibrosis pulmonar que venía arrastrando desde algún tiempo y que en 1992 le produjo la muerte a la temprana edad de 62 años.
ANTONIO MOLINA PREGÓN MALAGUEÑO
Porque su voz fue trino de jilguero que en su garganta se hizo filigrana, Málaga se despertó cierta mañana envuelta en el pregón de “El macetero”.
Porque llenó de asombro al mundo entero aquel grandioso eco de campana con timbres de cristal y porcelana, la Copla lo eligió su cancionero.
Porque en su pecho la música nacía brillante como un sol de mediodía que cambiaba las sombras y negruras
en sonorosas claridades de oro, tiene que estar cantando en algún coro dirigido por Dios en las alturas.
Paco Acosta Roldán |