Sobre los temporales no podemos actuar, seguirán azotando con más o menos frecuencia nuestras costas.
Sobre las corrientes litorales, que transportan arena de forma paralela a la costa, sí se puede actuar con la construcción de espigones que retengan esa arena, pero eso implica que las playas que hay a continuación del espigón se queden sin ella y aumentamos la capacidad de erosión y transporte de la corriente en esta zona por lo que se van quedando sin arena. Desvestimos a un santo para vestir a otro. Habría que hacer un estudio muy profundo sobre las corrientes litorales y las consecuencias de la construcción de espigones en las playas vecinas, porque podríamos dejarlas sin arena.
Sobre el aporte de arena de los ríos, debemos decidir qué nos interesa más, construir embalses que nos aporten agua para las ciudades y para el campo, que prevengan inundaciones… pero que al mismo tiempo retienen los sedimentos que regeneran las playas de forma natural o desmantelar las presas. En algunas zonas turísticas de Estados Unidos ya se lo han planteado y han decidido que obtienen más beneficios del turismo que del campo, por lo que se están desmantelando los embalses que retenían los sedimentos.
Sobre la arena litoral acumulada en épocas anteriores en las playas y que podía reponer, de forma natural, la que se pierde puntualmente por un temporal tampoco hay mucho que hacer. El urbanismo salvaje de nuestra costa ha permitido la construcción a escasos metros de la playa sobre esta zona de arena que, en condiciones naturales, debería reponer la que se pierde. Así ocurre en playas todavía no urbanizadas como las del campo de golf o la desembocadura del Guadalhorce, que mantienen toda la arena a pesar de los temporales y sobre las que no ha habido que hacer ningún aporte. Las podemos comparar con la playa intermedia urbanizada de Guadalmar, con construcciones hasta el mismo borde de la playa y que ha perdido varias veces su arena, teniendo que regenerarse con dinero público cuando, si se hubiera dejado un margen suficiente entre las construcciones y la playa, se podría regenerar de forma natural.
Visto esto lo único que queda es un aporte artificial de arena a las playas, teniendo en cuenta el elevado coste económico que supone, que pagamos todos y que hay que hacerlo una o varias veces al año. Este aporte se puede hacer con arena de los ríos, si se utiliza, como en otras ocasiones, arena de la cola de embalses próximos estaríamos reponiendo la que debería llegar de forma natural a las playas. Tal vez se podría someter a un lavado previo para que llegue más limpia.
También se puede hacer con arena del mar, pero eso supone, como acertadamente indica la Consejería de Medio Ambiente la destrucción de los bancos de organismos fijos a los fondos, por ejemplo moluscos, así como de las praderas marinas, en grave peligro ya en todas nuestras costas, que sirven de refugio a multitud de peces y a sus crías, con lo que daríamos un golpe de gracia a la muy mermada riqueza pesquera litoral. Además la presencia de estas praderas es uno de los indicadores de aguas de excelente calidad, por lo que su desaparición no haría más que empeorar la calidad del agua de nuestras costas, ya bastante deteriorada, y, por si fuera poco, resulta que al estabilizar los fondos arenosos con sus raíces y tallos retienen la arena, frenan la fuerza del oleaje durante las tormentas y son fundamentales para evitar la pérdida de arena de las playas, por lo que no sólo habría que proteger las que quedan sino fomentar su extensión por todos los fondos arenosos, saldrían enormemente beneficiadas la pesca y las playas.
Una vez que el desastre urbanístico litoral ya no tiene vuelta atrás, lo único que nos queda es la prevención, evitar que las pocas playas no urbanizadas lo hagan de forma salvaje, proteger la calidad de las aguas tomándose en serio la depuración de las aguas residuales antes de su vertido (parece mentira que en una provincia que depende en parte del turismo de playa la mayoría de sus municipios no depuren sus aguas residuales) y seguir utilizando arena de los ríos (con tratamiento previo) para la regeneración anual de nuestras playas. La utilización de arena marina no haría mas que agravar el problema.
Todo esto con cargo al erario público porque nuestros gobernantes, en su día, permitieron los desastres urbanísticos que tenemos, con considerable beneficio para unos empresarios que se enriquecieron construyendo hasta el mismo borde de la playa y que han dejado los problemas para que los solucionemos entre todos. |