 Capítulo VIII.- No sólo los flamencólogos, sino la mayoría de tantos buenos aficionados a los que sus conocimientos sobre el cante les permite opinar acertadamente, están de acuerdo en que Pepe Pinto es uno de los casos más notables de frustración en el flamenco. Conocedor profundo e intérprete de calidad de casi todos los estilos, con facultades sobradamente demostradas, con una voz agradable y bien dotada para la interpretación de cualquier palo, Pepe Pinto eligió un camino que lo llevó, ciertamente, a cosechar grandes éxitos discográficos y de público, pero que lo alejó para siempre del sitio que le pertenecía por derecho propio en tanto que cantaor de jondura. Que lo era fuera de toda duda. |
Cuesta aceptar esta elección más que lamentable si tenemos en cuenta la profunda admiración que sentía por el cante de su esposa, Pastora Pavón, Niña de los Peines, que ha sido, quizá, la mejor intérprete que en mujer haya dado jamás el cante flamenco. La misma que sentía por Tomás Pavón, su cuñado y hermano de Pastora, al que tenía por ídolo. Sin embargo, y pese a esa admiración por el cante puro que se hacía dentro de su propia familia, decantándose hacia la línea más fácil que artística y más comercial que ortodoxa como era la tan llevada y traída ópera flamenca entonces imperante, abusando sin razón y hasta la saciedad de pretendidas innovaciones estilísticas y recitados entre cante y cante que no hacían sino apartarlo de su verdadera grandeza como cantaor, Pepe Pinto privó al cante jondo de una figura ciertamente notable. Aunque ese no fue el solo giro que Pepe Pinto dio a su carrera como cantaor. En 1917, con solo catorce años debutaba cantando en el Teatro Novedades, de Sevilla, con una gran ilusión de llegar; sin embargo, después de varios escarceos con el espectáculo cambió de sentido sin darle continuidad a su arte, ya que durante diez años ejerció como croupier en el Círculo Mercantil, de Sevilla, trabajando también en esa misma profesión en otros casinos extranjeros donde se le conocía bien y era bastante requerido por su habilidad para dar las cartas sobre el tapete. También fue organizador de espectáculos llegando a contratar a su futuro cuñado, Tomás Pavón, así como a Manuel Torre, Pepe Marchena o El Gloria, entre otros. Sin embargo, al ser prohibido el juego en España, Pepe Pinto opta por dedicarse de nuevo al cante, y es en 1927 cuando inicia su verdadera trayectoria flamenca con el comienzo de sus giras y sus primeras grabaciones. Por ese mismo tiempo, actuando en el espectáculo de Pastora, totalmente enamorados uno del otro, contrajeron matrimonio en 1931, convirtiéndose en una de las parejas de más solera flamenca: la formada por Pepe Pinto y la Niña de los Peines. Quizá sea fácil lamentar que un cantaor extraordinario como él se perdiera para el flamenco puro, para un flamenco sin las fáciles concepciones que él se permitía; pero, ¿hasta que punto se puede criticar su decisión? Pepe eligió ese camino por voluntad propia, dándose por entero a su público y ofreciéndole lo que este pedía. Pero no hay que olvidar que esa elección también lo llevó a convertirse en una primerísima figura durante mucho tiempo en infinidad de espectáculos flamencos y variedades teatrales, ni que tenía un numerosísimo público, incondicionales admiradores suyos y de su cante. Ni que cuando había que ceñirse a los cánones del flamenco más puro, él lo hacía cantando por derecho. Como los mejores.
PEPE PINTO CAMPANA DE DUELO
Sevilla enmudeció. Fue la mañana de un seis de Noviembre crudo y frío: su pena navegaba por el río ahogándose en el Puente de Triana.
La Alameda, abriendo con desgana sus flores invernales al rocío sintió en la piel el vivo escalofrío que la muerte ponía en La Campana.
La guitarra flamenca y el piano se fundieron en un abrazo humano para entonar el último concierto.
Y las cuerdas, por la tristeza rotas, compusieron con sus más graves notas plegarias de dolor al Cante muerto.
Paco Acosta Roldán |